EPILOGO




Estaban a bordo del Neptuno y habían fondeado mar adentro. Ese era el plan que tenían por una semana. 


Navegar y alejarse de todo y crear un mundo para ellos donde solo pudieran disfrutarse como hacía tiempo que no lo habían hecho.


La noche había caído y Pedro ya estaba metido en la cama dentro del camarote principal.


—¿Qué haces? ¿Por qué tardas tanto?


—Espera, no seas ansioso. Tengo una sorpresa para ti.


—Una sorpresa, ¿qué sorpresa?


—Ya te enterarás.


Paula salió del baño solamente vestida con una bata de seda negra y bajo ella se vislumbraban unas exquisitas medias de seda, que se encargó de mostrarle levantando la prenda para que pudiera ver los ligueros con que estaban sostenidas. A Pedro de inmediato se le secó la boca y su sexo palpitó y se hinchó ante la visión de las piernas de su esposa. La recorrió con una mirada oscura de deseo, comenzando por los tacones en que estaba subida.


Paula, sin abrir del todo la bata, la dejó caer por un hombro, descubriendo la desnudez de su piel y un sexy conjunto de ropa interior en color negro con transparencias en tul. Se paró en el quicio de la puerta y separó ligeramente las piernas. Luego sacó la lengua y chupó uno de sus dedos para luego inclinarse y recorrer con él su piel, que ardía de pasión. Recorrió la extensión de su pierna, subió por su pelvis, transitó su vientre y pasó por el valle de sus senos bajo la atenta mirada de Pedro, que arqueaba una ceja y ponía una oscura sonrisa mientras se relamía de antemano al imaginar todo lo que le haría.


—Ábrete la bata —le ordenó él, lujurioso.


—¿De verdad quieres que lo haga?


—Quiero ver cómo te desnudas.


—Ok. Pero antes de seguir con el show, tengo otra sorpresa para ti.


Paula abrió la bata y en su vientre se podía leer:
Disfruta los ultimos dias de mis curvas.
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Pedro abrió los ojos sin poder ocultar su asombro y, tartamudeando, le preguntó:
—¿Estás? ¿Tendremos otro bebé?


Ella asintió risueña y él se abalanzó sobre Paula cubriéndola de besos.


Como de costumbre, los besos en ellos obraban de forma automática y conseguían transportarlos a un mundo de deseo incontrolable del que disfrutaban con todas sus ansias.



****


Ocho meses después...


—Llama a la enfermera, Pedro. Me arrepiento. Quiero la maldita epidural. Esto duele mucho. No quiero seguir sufriendo. Quiero un parto sin dolor y disfrutar del nacimiento de mi hijo —gritaba mientras le retorcía la mano—. Si sigo sufriendo así, te prometo que en tu vida volverás a tocarme.
Ahora mismo estoy odiándote por haberme embarazado. Apaga esa jodida cámara o te la estrello contra la pared.


—Chis, chis, tranquila. Ya le he dado al pulsador. Ahora vendrá alguien.


—Mierda... esto es un calvario. ¿Cómo cojones hacen las mujeres para soportarlo? No sé cómo lo hizo Amelia y no sé cómo dejé que me convenciera. Esto no es para mí.


Otra contracción había llegado y lo cogió por la ropa para acercarlo hacia sí.


—Mueve tu culo, Pedro Alfonso, y consigue a alguien que me ponga la epidural ¡ya! o te juro que te retuerzo las tan preciadas joyas que llevas entre las piernas para que tú también sientas un poco de dolor. 


—¿Qué pasa? —preguntó la enfermera que en ese momento entraba en la habitación.


—¡Póngame la epidural ya! —exigió Paula claramente desencajada—. O le juro que dejaré sin testículos en este instante a mi marido para que no pueda volver a embarazarme.


—Hágalo. Le prometo que lo hará.


Tras regresar la calma, el trabajo de parto continuó avanzando y pronto tuvo lugar el nacimiento; tres empujones fueron suficientes para que Alan llegara al mundo y demostrara de inmediato que poseía unos muy sanos pulmones.


Lo pusieron sobre el pecho de Paula y al instante se calmó. 


Los médicos entonces comenzaron con la recolección de la sangre del cordón umbilical, ya que Paula y Pedro habían decidido conservarla con criopreservación, previniendo que su hijo pudiera necesitarla ante cualquier enfermedad. 


Después de todo lo pasado con Alejo, habían aprendido que era preferible prevenir que curar. —Es precioso —acotó Pedro mientras capturaba todas las imágenes con su videocámara—. Es igual a ti. Tiene el pelito muy rubio.


—Perdón por cómo te he tratado, mi amor. No sé lo que me ha pasado.


—Chis. —La hizo callar con un beso—. Te amo. Me haces el hombre más feliz de la tierra.


Continuó grabándolos y luego bajó la cámara y le dijo:
—Ni tú ni yo somos los príncipes de un cuento. Sé perfectamente que no soy el príncipe azul que para llegar a ti tuvo que matar a miles de dragones por el camino, pero así me siento. No puedes negarlo, rubia, nuestro amor... es de leyenda.









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