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Mostrando entradas de abril 22, 2017

CAPITULO 40

Era casi mediodía y estaba sentada al escritorio inventariando las nuevas piezas de arte que habían  llegado, pero su poder de concentración estaba sumamente afectado. No había parado de recordar el  encuentro sexual de la mañana con  Pedro . Él se había mostrado sumamente erótico y la había  empalado por un largo y extensísimo rato, como si con cada embestida sus ansias, en vez de remitir,  se acrecentaran más y más. Lo había hecho suave, fuerte, suave otra vez, más fuerte aún. Había rotado  las caderas para un lado, para el otro... Tenía en su mente grabados a fuego sus roncos gemidos, sus  dolorosos quejidos cada vez que se enterraba en ella, cambiando el ritmo, dilatando el encuentro,  aplazando el estallido. Entró Eduardo e instintivamente Paula cerró las piernas y comprimió los muslos. Su respiración  era entrecortada y un fuerte rubor se apoderó de todo su rostro hasta teñir su piel de color carmesí. Edu se quedó mirándola y l...

CAPITULO 39

«Parecemos tan libres y ¡estamos tan encadenados!» ROBERT BROWNING Poco a poco, todo regresaba a la normalidad. Blanca estaba muy repuesta y, contra su voluntad pero  para su propia tranquilidad, su nieta le había conseguido una persona que la acompañaba y la ayudaba  con los quehaceres de la casa.  De esta forma, Paula pudo reanudar su trabajo. De vuelta en Nueva York, verse con  Pedro  era menos complicado. Retomando su ritmo y de regreso en la galería, pasó su primer día de trabajo. —Bien, hermosa. Me voy. ¿Te encargas tú de cerrar? —Sí, vete. Yo cierro. Ya he terminado con esta base de datos. —Ok, corazón. Hasta mañana. Qué bien que estés de vuelta. Hoy el día se ha hecho muy corto  contigo aquí. —Te quiero, Edu. Te he añorado mucho. Se dieron un beso y un abrazo de despedida. Luego, Eduardo se marchó y cerró la puerta con un  repiqueteo notorio. Paul a apagó el ordenador y sacó de su bolso un espejo para arregla...

CAPITULO 38

«Para el hombre, como para el pájaro, el mundo tiene muchos sitios donde posarse, pero nidos solamente uno.»  OLIVER WENDELL HOLMES SR. Entraron en el ascensor tras pasar por la recepción del hotel, donde  Pedro  solicitó una habitación. En  sus ojos se proyectaba un abatimiento que resaltaba sus rudos y fuertes rasgos. Sentía el estómago  como plomo y, aunque llevaba a Paula sujeta a su mano, por alguna razón permanecía en silencio,  cabizbajo, pensativo. Miró fijamente el suelo del ascensor, que reflejaba las luces que iluminaban el  recinto, y con movimientos flojos desató la pajarita de su cuello y la dejó colgando; también se  desabrochó el botón de la camisa. Se sentía asfixiado. Paula era sumamente consciente de que  Pedro  estaba sumido en su propio juicio, luchando tal vez  con sus demonios. Decidió respetar su silencio, pero necesitaba demostrarle que estaba a su lado, así  que simplemente se soltó de su ma...