CAPITULO 63
«El amor es una parte del alma misma. Es de la misma naturaleza que ella, es una chispa divina; como ella, es incorruptible, indivisible, imperecedero. Es una partícula de fuego que está en nosotros, que es inmortal e infinita, a la cual nada puede limitar ni amortiguar.» VICTOR HUGO
Un año después...
Paula había llegado en un vuelo proveniente de Londres junto a los niños y Elisa. Pedro los había recogido en el aeropuerto.
—¡Guau! Qué grande es esta ciudad. Los rascacielos son mucho más altos de lo que yo imaginaba.
Alejo iba con la carita pegada al vidrio sin querer perderse absolutamente nada.
—Hoy nos instalaremos en la nueva casa y mañana te llevaremos a que conozcas el restaurante. También haremos un recorrido por la ciudad —informó Paula mientras cogía la mano de Pedro, que descansaba sobre la palanca del cambio.
Feliz por la familia que habían formado, no pudo resistirse a mirar a Belen, que dormía en los brazos de Elisa.
—Te encantará la vista de la ciudad desde la altura donde está el restaurante —aseguró Paula, mientras se detenían en un semáforo y aprovechaba para apoyar su rostro en el hombro de su esposo.
Pedro la miró sonreír y se enterneció. Paula tenía una expresión secreta y afectuosa que le provocó una punzada de placer.
—Papá, ¿iremos a la casa de la tía Amelia?
—Por supuesto. —Lo miró por el retrovisor mientras le contestaba—. Mañana por la noche nos esperan a cenar. Ahora que ya no necesitas estar más aislado, iremos a todos los lugares y haremos todas las cosas que en dos años no has podido hacer.
—Y el lunes —agregó Paula incorporándose— te llevaré a que conozcas tu nuevo colegio. ¿Nos acompañarás, Elisa?
—No me lo perderé por nada del mundo. Estoy casi tan ansiosa como Alejo de verlo.
—Me muero de ganas por empezar las clases. Por fin podré ir al colegio como lo hacen todos los chicos. —Alejo estaba exultante, excitado—. Quiero ver también la piscina que me dijiste que hay, y el campo de deporte. Paula, ¿seguro que podré bañarme en la piscina?
—Claro que sí. Podrás hacer todas las actividades que quieras. El doctor Rogers dijo que puedes apuntarte a todo.
Hacía unas semanas que a Alejo le habían sacado su Port-a-cath, el dispositivo por donde le administraban la quimio y por donde le sacaban sangre para su revisión. La operación había sido muy sencilla y no había necesitado ingreso en el hospital. Su médico les había asegurado que la enfermedad de Alejo se encontraba en remisión completa y su médula, desde hacía varios meses, estaba funcionando con normalidad. Por esa razón, ahora las revisiones pasarían a ser anuales.
Costaba creer que atrás hubieran quedado las angustias, las inseguridades, las carreras al hospital, las infecciones, el aislamiento, las sesiones de quimioterapia y radioterapia, las complicaciones por causa del alotrasplante y las noches interminables al lado de Alejo, a la espera de un milagro que les devolviera la normalidad a todos.
Pedro, Paula y los niños, en compañía de Elisa, se estaban mudando e instalando definitivamente en Nueva York, donde comenzarían una vida sin sobresaltos y lejos de ese miedo afilado que por tanto tiempo les había helado el corazón.
El Templo, por su parte, se había convertido en uno de los restaurantes griegos más top de Nueva York. Y ya habían abierto dos sucursales más, una en Miami y otra en Los Ángeles, ambas con el mismo éxito que el local de Manhattan. Según los planes, y aprovechando la conquista del mercado, muy pronto se llevaría a cabo la apertura de un local en San Francisco y otro en Las Vegas. La ilusión de Pedro y Paula se estaba convirtiendo poco a poco en una de las cadenas más famosas de restaurantes griegos de Estados Unidos.
Pedro ya casi había dejado por completo su profesión de modelo. Tan solo aceptaba participar en algunas campañas de marcas muy renombradas y de gran prestigio, y había encontrado la forma de dosificar su tiempo para repartirlo entre el trabajo y su familia.
Paula, asimismo, estaba dedicada de lleno a los niños y disfrutaba de su nueva vida de ama de casa; ellos y Pedro se habían convertido en su universo más preciado, pero ahora que estaba en Nueva York y que Alejo y Belen no requerían tanto de sus cuidados, pensaba empaparse un poco más en el manejo de los restaurantes griegos para colaborar con su marido.
Hacía trece meses exactos que ambos habían soñado con este momento, pero cuando lo habían hecho parecía muy lejano y casi imposible de cumplir.
Llegaron a Sands Point, en las afueras de Nueva York. Era apenas media mañana cuando cruzaron el enorme portón de hierro que se abrió así que Pedro activó el mando a distancia. Circuló algunos metros más y luego estacionó frente a una lujosa casa. Bastaba con mirar su fachada para dilucidar su tamaño interior.
—¿Y esta casa de quién es? —preguntó Alejo intrigado.
—¿Te gusta? Esta será nuestra casa a partir de ahora —le informó Pedro mientras se quitaba el cinturón de seguridad para descender del coche.
—¡Guau! Es muy bonita y se ve muy grande.
Paula también se quitó el cinturón y, de inmediato, le abrió la puerta a Elisa para cogerle a la niña de los brazos. En aquel momento, la pequeña, algo soñolienta aún, se frotó los ojitos y se acurrucó sobre su pecho mientras estudiaba el entorno.
—Mira, Belen. Dice papá que esta será nuestra casa. —Le dijo Alejo, que ya había bajado y estaba cogido de la mano de su padre. La pequeña curiosa, al escuchar la voz de su hermano, se incorporó para buscarlo.
Elisa bajó del coche y sonrió al observar la naturaleza de la que estaba rodeada la casa.
—¡Qué precioso lugar! Es el sitio ideal para que crezcan los niños —dijo, sin poder ocultar su fascinación.
—Ya te he dicho que te ibas a llevar una sorpresa —le respondió Paula con gran entusiasmo—. Y espera a verla por dentro. Estoy segura de que os encantará. A mí me tiene enamorada.
—¿Entramos?
Pedro lanzó la propuesta al tiempo que abría la puerta, y de inmediato se aproximó a ellos una mujer de mediana edad que los recibió en el atrio octogonal desde donde se accedía a todas las habitaciones de la casa.
—Buenos días, señor, señora. Bienvenidos.
—Hola, Georgia. Habíamos quedado en que solamente me llamarías por mi nombre.
—Lo siento, Paula. Me cuesta hacerlo.
—Te presento a Alejo, nuestro hijo mayor. A Belen ya la conoces.
—¡Uy, sí! Cómo ha crecido desde la última vez que la vi. Hola, Alejo. Tenía muchas ganas de conocerte a ti también. Eres muy guapo y mayor.
—Gracias.
—Y ella es Elisa. —Ambas se saludaron con un beso en la mejilla—. Georgia nos ayudará con la limpieza y el orden de la casa —le informó Paula.
—Hola, Georgia. Encantada.
—Igualmente.
—¿Ya ha llegado mi abuela?
—Así es. Aquí estoy, y con las manos en la masa —dijo la anciana, saliendo de la cocina y limpiándose las manos.
Estaba preparando un pastel de manzana y organizando el almuerzo.
—Abuela Blanca, ¡tú también estás aquí!
—Hola, mi precioso muchacho. Qué grande estás.
—¿Has visto nuestra casa, abuela?
—Sí, ya la he recorrido. Y creo que tu padre y Paula han hecho una excelente elección del lugar donde creceréis.
—¿Te quedarás con nosotros?
—Solo algunos días. Hasta que terminéis de instalaros.
Alejo se agarró a la cintura de la anciana y esta le besó la base de la cabeza y le acarició la espalda.
Pedro y Paula también la saludaron de forma muy afectiva, y Belen se tiró tácitamente en sus brazos. Tenía predilección por la abuela Blanca, a la que reconoció de inmediato, pues en Londres los visitaba con bastante frecuencia.
—Papi, ¿podemos recorrer la casa?
—Ahora vamos.
Pedro alivió a la anciana del peso de su hija al cogerla en sus brazos. A cambio, recibió de Belen un beso lleno de babas en el carrillo.
—Humm, qué buen beso.
La pequeña lo observó y le sonrió para mostrarle su sonrisa de conejito de cuatro dientes superiores y dos inferiores centrales.
Alejo ya iba corriendo por delante de ellos. Escudriñaba cada rincón. Su aspecto físico había cambiado durante los meses en que había dejado de recibir quimioterapia: la alopecia ya no existía y el pelo de color castaño claro había crecido. La cara, además, ya no presentaba la palidez de meses atrás, y si uno lo miraba con detenimiento podía advertir más fehacientemente el parecido con su padre; su nuevo aspecto así lo revelaba. Su energía, que jamás había perdido del todo, ahora se encontraba renovada.
Pedro estiró su mano para coger la de Paula y empezar el recorrido.
Tras investigar cada rincón interior de la casa. Alejo no paró de asombrarse. Salieron afuera y la brisa del verano que estaba llegando a su fin los recibió.
—¡Guau! Tenemos piscina.
—¿Has visto? —habló Paula sin ocultar su felicidad por verlo tan contento—. No solo tendrás piscina en el colegio. Aquí en casa también podrás disfrutarla a gusto.
—Luego nos bañaremos los cuatro, ¿quieres? —lo interrogó Pedro.
El niño lo abrazó por la cintura agradecido mientras aceptaba la propuesta. Alejo se sentía tan emocionado como sus padres por todo lo que ahora podía hacer y tanto había deseado. Caminaron hasta dar con una verja que bordeaba la piscina por precaución para los niños y bajaron hasta la playa privada. La casa estaba enclavada en la Rivera de la bahía de Hempstead. Alejo corría enloquecido por delante sin esperarlos. En cuanto llegó a la arena, se arrodilló y la palpó con sus manos antes de dejarla escurrir en forma de lluvia.
—¿Te gusta, Alejo? Es nuestra playa —puntualizó Paula.
—¿Nuestra y de nadie más?
—Bueno, al lado tenemos vecinos que en algún momento veremos. Pero sus casas están lejos de la nuestra, y esta porción de la costa nos pertenece a nosotros.
Alejo miró hacia la zona costera y se encontró con un muelle de secuoya que se adentraba en elagua. De inmediato, se percató del yate que se encontraba amarrado a él.
—¿Y ese muelle? ¿Y ese bote?
—Es nuestro también —corroboró Pedro—. Ese bote me lo regaló mi abuelo hace muchos años y siempre estaba en Fort Lauderdale, donde yo vivía antes. Lo he hecho traer a nuestra casa. Saldremos a navegar y te prometo que te enseñaré a pilotarlo.
Alejo salió despedido hacia el atracadero.
—Despacio, Alejo. Con cuidado, hijo, por favor. —gritó Paula algo alarmada y haciendo el amago de salir tras él.
—Déjalo. No le pasará nada. Está feliz. —La detuvo Pedro.
—¿Viste a tus padres cuando fuiste a recoger el bote?
—Te dije que no quería hacerlo, así que me encargué de que no estuvieran cuando fui a recogerlo.
—Son tus padres a pesar de todo. Yo he perdonado muchas cosas imperdonables a mi madre.
—No quiero hablar de eso.
—Amelia ya los ha perdonado, y Alejandro poco a poco está cediendo. Tu hermana dijo que están bastante cambiados y que la última vez que los vio preguntaron varias veces por ti.
—Basta, Paula. No me convencerás. Aún tengo en mi pecho demasiado metidas cada cosa que nos hicieron.
—Tú sabes que el rencor no es bueno, y que lleva a hacer cosas de las que a veces uno se arrepiente. No permitas que el resentimiento te ciegue.
—Basta. —La miró terco y advirtiéndole con su mirada del fastidio que le producía el asunto.
—Alejo y Belen deben conocer todas sus raíces. Aunque luego no tengan trato asiduo con ellos, debes permitirles saber que existen y que son personas reales y físicas y no solo dos nombres.
*****
Había pasado la primera semana en la nueva casa y la vida parecía simplemente perfecta.
Alejo había insistido sobremanera en que quería conocer la casa de su madre en Fort Lauderdale.
Y como Pedro nada le negaba, terminó dejándose convencer. De paso, aprovecharía para dejarse caer por el restaurante griego de Miami.
Llegaron de madrugada y se instalaron en un hotel. A la mañana siguiente, después de desayunar, Pedro alquiló un coche y partieron hacia Fort Lauderdale. En la casa de Rebecca, Alejo lo miraba todo con muchísima ilusión. Aún recordaba las anécdotas que su madre le había contado; fisgón, ansioso, quiso salir a la terraza. Desde allí se podía ver claramente la casa de los padres de Pedro, que estaba en la orilla contraria.
Paula y Pedro advirtieron de inmediato que Geraldine y Benjamin Alfonso estaban sentados fuera, en la terraza.
—¿Los has visto?
—Sí, vamos dentro.
—¿Por qué esa señora nos saluda, papá? —Pedro miró hacia su madre.
—¡Hola, Alejo! —gritó Geraldine, quien reclamó por completo la atención del niño.
—Sabe mi nombre —dijo asombrado.
—Ella es... tu abuela, es... mi madre.
—Pedro, hijo —pronunció Geraldine. El nombre quedó flotando en el aire, porque él cogió a sus dos hijos y los metió dentro, casi arrancando a Belen de los brazos de Paula.
—Vamos, Alejo. Ya hemos visto la casa como querías y ahora regresaremos al hotel.
—Quiero saludarla. Quiero ver a mi abuela —indicó el niño terco y curioso, como siempre ante cada nueva información que descubría.
—Ya la has visto.
—Pero la he visto desde lejos, papá. ¿Por qué no has saludado a tu mamá? ¿Quién era el señor que estaba con ella?
—Ese es tu abuelo —le informó Paula, mirando fijamente a los ojos a su marido.
—Ni se te ocurra preguntármelo —le advirtió Pedro—. Simplemente, no.
Ya habían vuelto a cerrar la casa y se preparaban para irse.
Paula acomodaba a la niña dentro de la sillita de paseo; Alejo ya estaba sentado a su lado y Pedro permanecía agarrado al volante esperando que su esposa se sentara en el asiento del copiloto para arrancar el coche y salir cuanto antes de allí.
—Perdón. Te pido perdón.
Pedro se giró y, tras la ventanilla, se encontró con el rostro de su madre, que lo miraba con una expresión para nada altanera.
—A Dios debes pedírselo. La vida me ha enseñado que no tengo el poder suficiente para eso. Te acepto las disculpas, pero olvidarme del daño que nos hicisteis no me es posible aún.
Ella asintió con la cabeza y miró a sus pies. Sin levantar la vista le dijo:
—¿Puedo saludar a los niños?
Recibió una respuesta afirmativa aunque muda.
—Paula —dijo una voz masculina—, lamento todo lo que os hicimos, y... te agradezco lo que has hecho por estos niños. Hemos sido muy injustos y desalmados. El tiempo no tiene retroceso, pero siempre se puede recomenzar.
—Disculpas aceptadas, Benjamin.
Geraldine ya estaba hablando de forma fluida con Alejo, que contestaba muy locuaz ante cada pregunta. Pedro, al escuchar que su padre se había acercado, permaneció enfurruñado y cogido al volante, con la vista puesta al final de la calle.
—Pedro, sé que tal vez piensas que no tengo derecho siquiera a pretender tus disculpas, pero quiero que sepas que necesito hacerlo, que he aprendido la lección y que me he dado cuenta de que la soberbia y la codicia solo han envenenado mi alma y me han alejado de las cosas verdaderamente importantes en la vida. Me siento orgulloso de que tú afortunadamente no hayas aprendido nada de mis malos ejemplos. Me hace muy feliz la familia que has conseguido formar, y también siento mucha ilusión por verte realizado como hombre y como padre.
Pedro giró lentamente la cabeza y lo miró a los ojos con una expresión gélida.
—Habéis destruido tantas cosas tú y mi madre a lo largo de todos estos años que me cuesta creer que podáis tener palabras sinceras para mí. Te oigo a ti y a Geraldine y mientras lo hago no puedo dejar de preguntarme qué beneficio obtenéis diciéndome todo esto.
—El beneficio de tu cariño. Aunque es un poco tarde, nos hemos dado cuenta de que es lo único verdaderamente importante. El cariño de nuestros hijos es el único desinteresado y verdadero. El resto son solo momentos que compra el dinero.
—Te digo lo mismo que a mi madre. Acepto tus disculpas, pero por ahora todo está muy clavado aquí —se tocó el pecho— y duele demasiado. Sé que este sentimiento no es un buen ejemplo para mis hijos e intentaré remediarlo, pero por ahora no puedo.
Benjamin Alfonso asintió con la cabeza.
Pedro le permitió saludar a sus hijos y luego se marcharon.
****
Estaban de regreso en Nueva York desde hacía una semana.
—Basta de recomendaciones, ya me aburrís los dos. Iros de una vez. Elisa, Georgia y yo nos ocuparemos de los niños como vosotros. A disfrutar por una semana de la luna de miel que no tuvisteis —dijo Blanca, empujándolos para que por fin se fueran.
—Mamina, cualquier cosa que ocurra nos llamas y te juro que regresaremos de inmediato. Pedro se ha asegurado de que siempre tengamos señal en los móviles.
—Hija, no ocurrirá nada. Quiero que os vayáis y que disfrutéis como merecéis. Vamos, fuera de esta casa los dos.
—Paula, papá —dijo Alejo antes de que ellos partieran y estiró su mano para que entre todos armaran una pila, a la que también se sumó Belen.
Volvieron a darles más besos a sus hijos y, cuando estaban a punto de irse, el niño añadió:
—¿Por qué le dices mamina a la abuela Blanca?
—¿Cómo?
Alejo volvió a reformular la pregunta y Paula, con paciencia, le explicó:
—Porque ella no es mi mamá. Sin embargo, es mi mamá del corazón y es la que conocí desde muy pequeña. Mi madre verdadera no me podía cuidar puesto que estaba enferma.
—Si no te molesta, a mí también me gustaría decirte mamina a ti, porque yo ya tengo una mamá que está en el cielo, pero a ti también te quiero como se quiere a una mamá.
Paula, conteniendo las lágrimas, lo abrazó con mucha fuerza.
—Me encantará ser tu mamina, Alejo. Me siento muy feliz de que quieras que lo sea.
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