CAPITULO 14
Pedro subió hasta la planta donde estaban los dormitorios y, pasando de largo el suyo, se paró frente al de Paula. Ansiaba entrar, tomarla entre sus brazos y consolarla con palabras bellas, pues sabía lo mal que se había sentido con las locuacidades de su madre. Se apoyó en el quicio de la puerta y reposó su cabeza en la dura madera; al cabo de un rato, exhaló con fuerza para deshacerse de todo el pesado aire que inundaba sus pulmones, cerró los ojos y finalmente desistió de la idea. Pero en ese momento, un grito que partió desde dentro reprimió toda su determinación de irse. —¡No puede ser, mamina, nooooooo! Pedro abrió la puerta y Paulaa, sin pensárselo siquiera, se lanzó a sus brazos y comenzó a llorar, buscando en su refugio el consuelo y la cura a tanto dolor como sentía. Entonces él le quitó el móvil y, mientras la sostenía, comenzó a hablar con la persona que estaba al otro lado del teléfono: —Nosotros en este mome...