CAPITULO 61





«La dicha suprema de la vida es la convicción de que somos amados, amados por nosotros mismos; mejor dicho, amados a pesar de nosotros.» VICTOR HUGO




Treinta y nueve semanas cumplidas, Belen estaba próxima a nacer.


Paula se sentía muy pesada y no veía la hora de que eso ocurriera.


Tras muchas deliberaciones, finalmente ese fue el nombre que eligieron para la niña: Belen.



Pedro y Paula estaban saliendo de la consulta médica con gran expectación: el cuello del útero había comenzado a ablandarse y eso significaba que estaba preparándose para el parto. Era un muy buen momento, ya que Belen nacería mediante parto programado. De esa manera, podrían coordinar bien el tratamiento de su hermano.


Al salir del consultorio del doctor Applewhite, llamaron al doctor Rogers para saber si podía atenderlos, ya que se encontraban en el hospital.



***


—Perfecto. Entonces hoy ingresaremos a Alejo para empezar a prepararlo para el trasplante. Os pido tranquilidad. Sé que estáis muy angustiados, que es fácil pedirlo y muy difícil lograrlo, pero... necesitamos que nada se adelante por la ansiedad de Paula; es crucial que trabajemos en equipo para que el trasplante de células madre sea casi inmediato tras la recolección de la sangre del cordón umbilical.


Los días que siguieron no fueron nada fáciles para ninguno. 


Alejo lo pasó muy mal con la quimioterapia agresiva que estaba recibiendo, combinada con radioterapia y terapia hormonal.


—No, papi. No quiero comer. No quiero vomitar. Estoy cansado. Déjame dormir.


—Alejo, por favor. Es necesario que te alimentes.


—Me duele la boca, me duele la barriga. Ya basta.


El niño presentaba todos los síntomas típicos del tratamiento. Tenía náuseas y vómitos, diarreas y llagas en la boca y los labios, a causa de la irritación que las sustancias químicas producían en su estómago.


—Vamos, Alejo. Come un poquito, solamente un poquito.


—No, no. Quiero a mi mamá. La echo de menos. ¿Por qué tuvo que morirse?


Pedro tenía el corazón en un puño. Era desgarrador verlo sufrir tanto.


—¿Quieres que llame a Elisa para que venga?


—No. Ella también me obliga a comer.


—Es que tienes que hacerlo. No es un capricho nuestro. Tú sabes que las personas deben alimentarse para vivir.


—Pero estoy harto de vomitar, y cada vez que como lo hago. Estoy cansado de que me pinchen. No quiero nada más. —Se refería a las inyecciones intratecales que le ponían alrededor de la médula —. Por favor, dile a Paula que venga. Quiero que ella esté conmigo. Pídele que venga, y diles a los doctores que me saquen todo esto. No quiero que me den más medicamentos, papá.


—Alejo, hijo, por favor. Tienes que tranquilizarte.


Pedro apartó la bandeja con la comida y se tumbó a su lado para tenerlo entre sus brazos. El pequeño estaba muy dolorido y lloraba sin parar, hecho un ovillo y agarrado a su cuerpo.


—Quiero a Paula. Llámala. Quiero que venga conmigo —le dijo exigente.


Pedro no sabía cómo calmarlo. Se sentía impotente. Se levantó y, rendido y agotado, llamó a Paula.


—Está imposible hoy. Ahora mismo no para de llorar y no quiere probar bocado. Exige que vengas.


—Ahora voy.


—No, no podemos permitirnos otra complicación más. No quiero que se acelere el parto. Puede perjudicarte verlo así.


—¿Y tú crees que estoy bien aquí sabiendo que estás afrontando todo esto solo? Me subo por las paredes.


—¿Afrontándolo solo? ¿Acaso te olvidas de que Belen está en tu barriga?


—También quiero estar con Alejo. No me pasará nada. Ahora le digo a Elisa que me lleve, porque con esta barriga que tengo ya no puedo sentarme detrás del volante; además, odio conducir en Londres; no termino de acostumbrarme a que el volante esté al otro lado.


Tras algunos minutos, Paula llegó y la carita de Alejo se iluminó de inmediato al verla.


—¡Has venido!


Pedro la ayudó a sentarse en la cama mientras le daba un beso de bienvenida y le acariciaba la barriga.


—Sí, aquí estoy, porque me han dicho que hay un niño muy peleón en esta habitación.


—Te echaba de menos.


—Yo también a ti. Mira lo que te he traído. —Paula sacó un recipiente y Alejo frunció el ceño al advertir de qué se trataba.


—No voy a comer —comunicó testarudo y sin relajar los músculos de la frente.


—Humm, pero esto no es comida del hospital. El doctor Rogers me ha dejado que te prepare sopa de pollo como te gusta a ti, y también he traído tarta de arándanos. ¿Qué más tenemos aquí? Ah sí, rosquillas de maíz. Y para beber, un zumo de naranja recién exprimido.


—No voy a comer. Ya le he dicho a Pedro que no lo haré y no lo haré.


—¿Por qué no? Quiero que me des una explicación. Porque, dicho así, suena a niño caprichoso.


—No quiero hacerlo porque después me duele la barriga y me dan náuseas y vómitos, y también voy mucho al baño y... tengo la boca como fuego con las úlceras que me han salido. Me duele mucho.


—Bueno. Parece un buen motivo, pero lo cierto es que a veces todos tenemos que hacer cosas que no deseamos hacer, y que son necesarias no solo por nosotros mismos, sino también por los que nos rodean y nos quieren mucho y se preocupan si nos ven mal.
»Espera. Déjame tumbarme a tu lado, que me duele la espalda.


Pedro la ayudó y le puso algunas almohadas en la cintura.


—Ven, papá. Acuéstate con nosotros. Ven a mi lado.


Pedro dio la vuelta y lo complació de inmediato, al tiempo que extendió su brazo para abrazar a los cuatro, porque Belen estaba más que presente entre ellos.


—Voy a contarte algo —dijo Paula—: pasado mañana nacerá Belen.


—¿En serio?


—Sí, los doctores la ayudarán a nacer porque ya está muy apretada dentro de mi barriga, y ella también nos quiere conocer. Ahora ella se alimenta de lo que yo como.


—Sí, ya me contaste que hay un cordón unido a su barriga que le pasa el alimento que tú comes.


—Sí, pero por ese cordón no pasa exactamente comida, sino una sangre que tiene muchos nutrientes y que la alimenta, y que reemplaza a los alimentos que normalmente comemos. Esa sangre que hay en el cordón es la que los doctores necesitan recolectar cuando tu hermanita nazca y ya no la necesite para alimentarse. Ellos la meterán en una bolsa, y por medio de un catéter te la pondrán a ti.
Porque no solo tiene nutrientes, sino que también tiene las células sanas que a ti no te funcionan porque están enfermas de cáncer. Me contó el doctor Rogers que estas células, además, son muy inteligentes, y viajarán solitas hasta tu médula y reemplazarán a todas las células enfermas de tu cuerpo. Y es muy posible que te curen. Pero para poder ponerte estas células nuevas y sanas primero hay que matar a todas las que están enfermas dentro de ti. Por eso te están dando tantos medicamentos estos días y te encuentras tan mal.


El niño asintió mientras procesaba todas las palabras que Paula le decía.


—Ahora te contaré otra cosa. Al poquito tiempo de que los doctores metieran a Belen en mi barriga, todo lo que comía lo vomitaba. Tú no te diste cuenta porque yo no quería asustarte y entonces trataba de que no te percataras para no preocuparte. Pero yo sabía que debía comer aunque me doliera, porque, si no lo hacía, tu hermanita no tendría alimento para seguir creciendo en mi barriga. Así que, aunque no me gustaba vomitar, comía de todas formas para alimentarme a mí y a Belen, porque ella tiene que nacer para alegrarnos la vida y también para que los doctores consigan esa sangre del cordón para ti.


—Pero es muy feo vomitar.


—Sí, ya lo creo que lo es. Es horrible, y también los dolores de barriga. Ahora necesito que extendáis los dos la mano y prometáis que esto no se lo contaréis a nadie, porque no quiero que nadie se burle de mí.


Pedro extendió la mano y le guiñó un ojo a Aaron, animándolo.


—Está bien. Te guardaremos el secreto —dijo el niño, mientras apilaba su mano sobre las de los demás, y antes de que cada uno posara la que les quedaba libre.


—Tengo mucho, pero mucho miedo a las agujas y, pasado mañana, para que nazca Belen me tendrán que poner medicamentos por un catéter y también una inyección donde te dan a ti las intratecales. Pero como sé que es por tu bien, por el de ella y también por el mío, porque es hora de que tu hermanita nazca, voy a dejar que me hagan todo lo que sea que tengan que hacerme aunque me muera de miedo.


Los tres permanecieron en silencio. Pedro y Paula lo estaban dejando reflexionar.


—Está bien. Comeré. Haré el esfuerzo por ti, por mí y por mi hermanita. Y también lo haré por ti, papá, y por Elisa, para que no os preocupéis.


—Gracias, hijo. Te acompañaremos en todo.






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