CAPITULO 7




Tras un larguísimo día en La Soledad, todos se retiraron temprano para un merecido descanso.


Paula se alojaba en la habitación que había ocupado el tiempo que había vivido en la finca con Amelia. Se sentía agobiada. Eran demasiados recuerdos y pesaban mucho, pero su amiga bien merecía el esfuerzo. Amelia más que nadie era merecedora de los días felices por los que estaba atravesando.


«Serán solo unos pocos días —intentó convencerse una vez más, como cada día desde que se enteró de dónde sería la boda—; simplemente tengo que centrarme en ignorarlo y todo pasará pronto.»


Cerró los ojos tras meterse en la cama y un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo; era muy difícil no abrigar sentimientos y sensaciones cuando se encontraba precisamente en el sitio donde todo había comenzado. 


Recordó la primera vez con Pedro. Él se comportó como un energúmeno


—«como lo que es», pensó de inmediato, y al instante juzgó que tal vez hubiera sido oportuno pedir que le preparasen otra habitación, pero eso habría comportado que Pedro se diera cuenta de que aún sentía algo por él, y bajo ningún concepto dejaría que nadie notara su debilidad por ese imbécil, del que debía olvidarse cuanto antes.


Dio la vuelta a un lado y otro, pero en esa cama era imposible no pensar en él. Evocaba los momentos compartidos como un rayo de sol al amanecer que se colaba sin pedir permiso. Los susurros entre jadeos no tardaron en hacerse presentes, como si las paredes estuvieran impregnadas por ellos. Hasta fue capaz de oír las palabras que dijeron mientras se amaban —recordó las que fueron calladas porque no eran necesarias— y también sentir las sensaciones que vivió: notó en su cuerpo las caricias, los besos, y en su delirio creyó volver a experimentar la fatiga de sus cuerpos tras haberse amado desmedidamente. Pero era consciente de que recordarlo no era comparable con experimentarlo.


Añoraba las sensaciones que Pedro producía en su cuerpo, la serenidad que encontraba en su pecho y la seguridad que probaba entre sus brazos.


En aquel momento, invadida por un ramalazo, lanzó un largo suspiro, y solo entonces permitió que las lágrimas aparecieran. Enfadada consigo misma, afligida por una enorme tristeza, no pudo evitar el deseo de que todo hubiera sido diferente.


—¿Por qué, Pedro? ¿Por qué no pudiste sentir y comprometerte con la relación al igual que yo?


Sin encender la luz, se levantó y abrió la contraventana para salir a la terraza: necesitaba aire.


Sentía que allí dentro se estaba asfixiando.


Otra ráfaga de recuerdos volvía a invadirla —todo parecía un interminable déjà vu— cuando lo vio apoyado en la barandilla fumando. Pedro la miraba fijamente mientras le daba una fuerte calada al cigarro. Estaba como aquella vez, solamente vestido con ropa interior, y Paula sintió ganas de adorar con la vista su cuerpo torneado. Aquella aura de intensa potencia masculina era desmedida. Había una perfección absoluta en cada línea de aquel cuerpo varonil, desde los firmes músculos de las piernas hasta los hombros anchos y los bíceps, pasando por el tórax y la espalda. 


Tozuda, Paula giró la cara para ocultarse entre las sombras y secó con disimulo las lágrimas. Ambos permanecieron en silencio, sin hacerse caso durante algunos minutos y sumidos en sus propios pensamientos. Hasta que él decidió hablar:
—Te echo de menos.


Ella no contestó, pero él continuó hablando. Paula no quería mirar hacia Pedro, así que concentró su vista en la nada, en la inmensidad de la noche.


—Sé que me oíste en el avión, pero quiero contártelo yo mismo: voy a presentar mi tesis, quiero mejorar y dejar la carrera de modelo. Me he propuesto cambiar la vida que llevo, darle otro enfoque. Quiero ser digno de ti.


—Es tarde para todo. Haz lo que te plazca pero no me tengas en cuenta en tus planes. Yo ya no formo parte de tu vida y nunca volveré a tener algo contigo.


Advirtió el calor de su cuerpo, la tibieza que irradiaba; aunque no lo miraba, sabía que estaba muy próximo a ella porque podía sentir su aroma masculino mezclado con su perfume. Temblorosa, volvió la vista hacia él y le sostuvo la mirada. Ansiaba que entendiera que ella no tenía dudas de que todo había acabado.


—Te echo de menos —volvió a decir él, instigándola con su aliento.


La tomó de la barbilla y las sensaciones, placenteras y palpitantes, parecieron surgir de las manos masculinas allí donde la palpaba. Luego la rozó con sus carnosos labios en la mejilla, en la nariz, en la unión del cuello y por todo su rostro. Apartándose levemente, la miró a los ojos; clavó su mirada azulina en sus iris verduzcos sin decir nada. Luego, se retiró y la dejó tambaleante. A continuación, paseó su vista por todo su cuerpo con ansia y se percató de su excitación. Levantó la mano y con su dedo índice le recorrió el cuello, bajó hasta su escote y por encima de la seda del pijama presionó la punta de uno de sus pezones, que se advertía erecto y punzante.


—Sé que me extrañas tanto como yo a ti, pero también sé que no te das permiso para ceder. No te culpo. Haces bien. Me gusta que seas así, orgullosa, difícil, íntegra. Paula, te prometo que me convertiré en alguien digno, y entonces te demostraré que soy el hombre que esperas que sea. Te demostraré que puedo amarte sin condiciones y que tú también puedes amarme sin temor a equivocarte. Seré paciente. Me ganaré tu amor y tu respeto.


Le dio un beso en la comisura de los labios mientras enredaba sus dedos en sus mechas y con el pulgar le acariciaba la mejilla.


—Seré todo lo que anhelas.


Tras pronunciar esas últimas palabras dio media vuelta y se marchó, dejándola con el pecho agitado y con una sensación de la que sabía que sería difícil despojarse.


Pedro Alfonso era su amor y quería creerle, pero su sentido común le decía, como al principio de todo, que a su lado nada sería como él insinuaba. Conocía muy bien a los tipos como él. «Esa clase de hombres no cambian, tan solo descansan; ya lo comprobaste en el pasado —se dijo mientras tragaba saliva—. No caigas otra vez en sus encantos, no te dejes llevar por las frases que ha dicho. Es un gran mezquino que únicamente piensa en su satisfacción y sabe muy bien lo que una mujer desea escuchar.


No lo permitas, no dejes que vuelva a hacerte daño.»


Giró sobre sí y entró en la habitación con poca convicción pero decidida a no ceder.








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