CAPITULO 5
«Es prudente no fiarse por entero de quienes nos han engañado una vez.» RENÉ DESCARTES
Aterrizaron en Austin-Bergstrom y, al pasar por la cinta para recoger los equipajes, Pedro y Paula coincidieron inevitablemente, ya que sus maletas venían a la par. Pedro, con buen tino, se hizo cargo de la situación y se la alcanzó.
—No es necesario que demuestres lo que no eres. Sé de sobra que de caballero no tienes nada; es tarde para impresionarme.
Se quedaron mirando fijamente y luego Paula tiró de su maleta y continuó caminando como si él no existiera.
Un silbido se escuchó de pronto tras la nuca de Pedro.
—No eres santo de la devoción de la rubia, por lo que veo —se mofó el agente del FBI—. Por cómo os vi la última vez, debo decir que no pensaba que la dejarías escapar tan pronto.
Pedro destinó una mirada letal a Christian, que se reía burlonamente mientras hablaba y recogía su equipaje.
—O sea, que Paula está libre.
—¡Y una mierda! Paula no está libre. Más vale que te mantengas alejado de ella si no quieres que estampe mi puño contra tu cara.
—Yo me mantendré alejado, pero, si ella me tira la caña, uno no es de piedra.
—Mira, Crall, sé que como amigo de Alejandro no querrás arruinarle la boda, ¿verdad? Así que no me provoques porque me encontrarás. Pongamos un poco de nuestra parte para que el acontecimiento salga bien.
—¿Qué pasa? —preguntó Miller.
—Nada, que Pedro parece muy susceptible y nada apto para las bromas.
—Ah, entiendo: habláis de Paula.
—¿Tú también estás de broma?
—Y tú estás de muy mal humor por lo que veo. Cambia esa cara. Eres mi padrino y se supone que debes acompañarme en este paso.
—No lo dudes. Estoy feliz, amigo, por ti, por mi hermana. Seremos familia, Alejandro.
Le palmeó la espalda para demostrarle lo satisfecho que se sentía.
Camionetas pertenecientes a la finca La Soledad aguardaban en la entrada del aeropuerto para trasladarlos allí. La villa estaba ahora habitada por muchas personas que cuidaban de que nada les faltara a Ana, la madre de Alejandro, y a Josefina, la madrina, a quienes este no les permitía que hicieran nada más que disfrutar de la vida y de los cotilleos interminables con sus amigas. Ana se había mudado a la finca para acompañar y consolar a su querida amiga, que aún no se había repuesto de la nefasta pérdida de su fiel compañero Julián.
Paula aceleró el paso para sentarse junto a su amiga. Alejandro se acomodó en el asiento contiguo al del chófer, y Pedro insolentemente se sentó junto a su rubia debilidad.
Paula cerró los ojos y exhaló con desagrado. El roce de su cuerpo la descontrolaba. Más allá de la ira que le provocaba recordarlo con aquella mujer, no podía negar que aún la afectaba. Estaba temblorosa y odiaba sentirse así, porque temía que él lo notase. Quien por supuesto sí lo notó fue Amelia, que cogió de inmediato su mano y se la aferró con fuerza para infundirle confianza; ambas se comprendieron sin hablar.
—¿Con quién hablabas? —se interesó Paula, en un mero intento por ignorar la presencia de Pedro a su lado.
—Con Tiaré. Alejandro y ella ya han llegado a la villa.
—Oh, estoy intrigada por conocer a su canijo.
—Es muy agradable. Alejandro y él se cayeron muy bien cuando estuvimos en Sevilla, ¿verdad, mi amor? —le dijo mientras le tocaba el hombro.
—Sí, es un tío muy entretenido. Lo pasamos de lujo los días que estuvimos allí, y fueron además unos excelentes anfitriones.
—Y al hermano de Maximo... deberías conocerlo, es modelo publicitario. Creo que podríais conectar —dijo Amelia, provocando adrede un ramalazo de ira en Pedro—. Es un rubiazo muy guapo.
—Por Dios, cómo es posible que la santa y correcta Amelia se haya atrevido a ponderar a otro hombre en presencia de mi caramelito preferido —Amelia se mordió el labio inferior y puso los ojos en blanco—. No te enfades, que estoy bromeando; de todas formas, tu idea no me seduce ni un poquito. Para muestra un botón. Y otro dandi con cabeza hueca y la entrepierna siempre lista no es lo que busco.
—Gracias por lo de dandi con cabeza hueca. Tú siempre tan peyorativa en tus descripciones. A estas alturas deberías saber que muy pocas cosas me ofenden.
—No, si ya sé que tienes la cara de piedra.
—Además, te recuerdo que las rubias no tienen mejor fama que los modelos, y según la gente sí mucho en común —le espetó mordaz Pedro—. Con respecto a la entrepierna, hasta hace poco no te quejabas.
—Pedro, no estamos solos. —Amelia miró al chófer, que estaba intentando contener el acceso de risa.
— Yo no he empezado —contestó él a la defensiva.
—Amelia, sabemos de sobra que la lengua de Pedro y Paula no tiene mesura. Así que no los provoques, cariño. Además, prometimos mantenernos al margen, ¿recuerdas?
—De acuerdo, Alejandro.
Un profundo silencio invadió el momento, pero pronto fue interrumpido por Paula, quien, fiel a su esencia, no iba a dejar que la última palabra la tuviera él.
—El problema es que no solo la tenías lista para mí; es obvio que de tener exclusividad no me hubiera quejado.
—¡Paula!
—¿Qué, Amelia? No te hagas tantas cruces por lo que pueda escuchar el señor; yo no me las hago, y eso que soy la cornuda —continuó—. Uno debe asumir los títulos que gana por idiota, y por enredarse con gente que no vale la pena. Yo asumo mis errores. No como otros, que intentan
fabricarse una historia tan inverosímil que lo único que les falta por decir es que los adormecieron con láudano para no recordar. Son verdaderamente asombrosas las leyendas que los inmorales pueden llegar a inventarse con el único fin de que se los perdone por todos sus pecados.
—Te vas a tragar tus palabras, rubia. Este inmoral, como tú dices, te demostrará que no es tal, o al menos no lo fue el tiempo que estuvo contigo. —Él era un gran libertino, pero estaba seguro de sus sentimientos por ella y tenía la plena seguridad de que cuando encajara las piezas del rompecabezas, todo lo que ahora no podía explicar cobraría sentido.— Y cuando eso suceda —sentenció, tomándola por la barbilla y obligándola a que lo mirara—, te aseguro que no te alcanzará la vida para arrepentirte.
—No, si de eso no me caben dudas, Pedro Alfonso —rebatió ella mientras apartaba su mano—. No me alcanzará la vida para arrepentirme por haber caído en tu juego. Parece que te olvidas de la forma en que te encontré.
Paula no permitiría que notase su debilidad. Tenía los ojos acuosos, pero haría lo posible para no derramar ni una lágrima; jamás la habían humillado tanto como lo había hecho Pedro, y rememorar tan irreverente escena la quebraba por dentro.
—¡Basta! Basta, por favor, ya aburrís. Os oigo y parece que el tiempo ha retrocedido, y os aseguro que lo que menos quiero es que el tiempo vuelva atrás. Madurad ambos y lavad los trapos sucios en privado; lamento el infortunado comentario tonto que se me ha ocurrido hacer.
—Pues hermanita, la próxima vez piensa antes de abrir tu boca.
—Te aseguro que lo haré, Pedro —zanjó Amelia, harta de tanto drama.
Continuaron el viaje en silencio.
Llegaron a la villa, donde fueron recibidos con gran alegría y entusiasmo. Tras el almuerzo, las damas tenían prevista una sesión de spa, así que todas se fueron a la ciudad para disfrutar de un día de acicalamiento, mientras los hombres se quedaron en la mansión enclavada en lo alto de las colinas de Austin, jugando al tenis y disfrutando de la piscina y de la sala de juegos
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