CAPITULO 53




«El amor es nuestro verdadero destino. No encontramos el sentido de la vida por nuestra cuenta, lo encontramos junto a alguien.» THOMAS MERTON



Con la ayuda inestimable de Elisa organizó un funeral muy sencillo para Rebecca, al que asistieron unos pocos amigos que ella había cosechado en el mundo editorial.


El entierro se llevó a cabo en el City of London Cemetery & Crematorium. La capilla funeraria estaba en la entrada del cementerio y un sacerdote dio el responso a cajón cerrado. 


Le explicaron a Alejo que no asistiría mucha gente, no porque a su mamá no la quisieran, sino porque él no podía estar en contacto con una multitud de personas. Él lo entendió perfectamente. El médico le autorizó a asistir, pero luego debía regresar al hospital.


En el emotivo funeral Pedro, Elisa y Alejo fueron los encargados de leer un panegírico. Cada uno había dedicado unas palabras en su memoria. Las más emotivas habían sido las del niño y las había escrito la noche anterior con la ayuda de Paula y Pedro. Las pronunció en compañía de su padre, quien permaneció a su lado en todo momento mientras él recordaba momentos felices vividos junto a su madre. Y al final le prometió que los guardaría para siempre en su memoria. La emoción obviamente lo traicionó y acabó llorando en los brazos de Pedro, que lo cogió y le ofreció su hombro para que se desahogara. Pedro caminó con él, se sentó y lo acunó en su regazo. Le puso bien la mascarilla porque se le había caído.


—Cálmate, Alejo. Sabes que a tu mamá no le gustaba verte triste. Ella quería que siempre rieras. —Lo consoló Elisa—. No lloremos, porque si no ella se pondrá triste también; recuerda que ahora nos ve desde el cielo.


El niño asintió, pero permaneció aferrado del cuello de su padre, que se erigía como una roca para él.


Según las costumbres de Gran Bretaña, para celebrar la vida del fallecido se proyectó un vídeo muy cortito donde se podían ver imágenes de Becca y Alejo que recordaban brevemente lo felices que habían sido.


Terminado el funeral y el entierro, los cuatro regresaron al hospital en la camioneta de Elisa.


Los siguientes días Paula y Elisa se dedicaron a empaquetar todas las cosas de Rebecca, precisamente para que cuando regresara el niño a su casa no se encontrara con todo.


Había transcurrido una semana desde que habían llegado a Londres; aquel día, cuando el doctor Rogers se acercó a ver a Alejo, Pedro y Paula le pidieron cita para hablar con él.


De inmediato, le informaron de la decisión que habían tomado en lo referente a la fecundación in vitro; y que usarían el vientre de Paula para traer el bebé al mundo. El médico se mostró sumamente optimista, y de inmediato los alentó y los puso en contacto con el médico especialista en ginecología, reproducción humana y medicina reproductiva, y también con el médico especialista en genética, que serían los encargados de llevar a cabo dicho procedimiento. 


Asimismo, les explicó que el “alotrasplante” o trasplante alogénico que Alejo necesitaba no era infalible, pues traía consigo ciertos riesgos que no podían desconocer. Paula y Pedro se pasaron varias horas atendiendo las explicaciones del médico, que con mucha paciencia les aclaró cada uno de los problemas que podían surgir tras el trasplante. Preguntaron todo lo que desconocían y fueron informados y ayudados a razonar cada paso a seguir. Cuando terminaron de conversar, no se encontraban más tranquilos que antes de empezar a hacerlo, sino saturados de información nueva que los había asustado. El médico también les facilitó nombres de textos que podrían leer para informarse mejor. Demostró, a fin de cuentas, ser un gran guía y acompañante en el proceso.


—Lo otro que no sé si saben es que la aseguradora social no cubre este procedimiento, puesto que lo considera un tratamiento experimental. Así que deberán pagarlo ustedes, al igual que el ingreso y todo lo que surja. Ya les advierto de que el coste es elevado. Se puede conseguir que la aseguradora social lo pague presentando una interpelación judicial, pero como saben eso llevaría tiempo; en el caso de que no tuvieran los medios para realizarlo de forma particular, esta sería la vía para acceder a conseguirlo —les dijo la cifra aproximada con la que deberían contar.


—Por eso no hay problema —aseguró Pedro, aunque aún no se había puesto a pensar cómo conseguiría el dinero—. Lo haremos de forma privada — aseveró.


—También tendrán que costear ustedes todo lo referente a la fecundación in vitro y a la técnica de PGD que se utilizará para crear un bebé histológicamente compatible con Alejo.


Salieron de allí para encontrarse con el genetista y el especialista en fertilidad. Iban cogidos de la mano y en silencio.


En el ascensor, se miraron y se abrazaron y se contuvieron el uno al otro.


—No me preguntes lo que estás a punto de preguntarme, porque te juro que te mando a freír espárragos, Pedro.


—¿Y cómo sabes lo que estoy a punto de preguntarte?


—Sí. Quiero seguir con esto —le dijo testarudamente y abriendo unos ojos como naranjas—. Estoy segura de lo que quiero hacer.


—¿Te he dicho que te amo, rubia?


—Creo que últimamente me lo has dicho muy a menudo, pero debo confesar que me encanta cuando me lo dices.


Llegaron al piso de genética y fertilidad asistida, se anunciaron a la secretaria del médico que los estaba esperando y esta los invitó a que se sentaran en la sala de espera.


Una mujer que estaba acompañada por su pareja y sentada junto a Paula le preguntó:
—¿Hace mucho que intentan tener un bebé? Nosotros hace tres años. Por eso nos decidimos a buscar otras alternativas.


—En realidad nunca lo hemos intentado, pero vamos a hacer una fecundación in vitro y a implantarme el embrión. Necesitamos un diagnóstico genético preimplantacional para salvar a nuestro otro hijo —le explicó Paula mientras se agarraba a la mano de Pedro, que respiraba desacompasado, estaba nervioso y le costaba disimularlo.


—Ah —contestó la otra mujer sin terminar de entender la explicación. Al cabo de un rato se acercó a Paula y le dijo:—Disculpe, no quiero parecer metomentodo, pero si nunca lo han intentado, ¿cómo es que ya tienen un hijo?


—Es el hijo natural de él, pero su madre murió y ahora yo seré la encargada de llevar en mi vientre al hermanito o hermanita que le salvará la vida.


La mujer puso la boca como una O sin poder ocultar el pasmo, y no preguntó más.


—Señor y señora Alfonso, adelante. Los están esperando —dijo la asistente del médico.


—Mucha suerte —le deseó aquella mujer cuando se pusieron de pie. Ambos contestaron al unísono:


—Igualmente.


—Ojalá que pronto lleves un bebé en tu barriga —agregó Paula.


Entraron en la consulta y el doctor Applewhite, ginecólogo, estaba acompañado por el doctor Gardner, especialista en genética. Ellos ya estaban al corriente del motivo por el que acudían a verlos, ya que el doctor Rogers les había informado con antelación. Por esa razón, ambos especialistas los esperaban para explicarles con pelos y señales cada procedimiento que llevarían a cabo.


—Si desean pueden grabar todo lo que hablemos, porque la información que les daremos será mucha y es posible que no asimilen todo lo que les expliquemos.


De inmediato Pedro sacó su iPhone y comenzó a grabar.


Después de que el genetista les explicara cómo se llevaría a cabo la fecundación in vitro y cómo se implementaría la técnica de diagnóstico preimplantacional para seleccionar el embrión más compatible con Alejo, llegaron las explicaciones del especialista en fecundación asistida.


Lo primero fue hacerle varias preguntas a Paula; obviamente, lo más esencial era que ella dejara de tomar los anticonceptivos y que comenzara a ingerir ácido fólico. Luego le indicó una serie de chequeos que debía hacerse, entre ellos una ecografía intravaginal y un análisis de sangre para controlar sus valores hormonales. De esta manera, podrían decidir de acuerdo con los resultados cuál era el mejor momento para hacer la implantación del embrión.


—Este momento se denomina ventana de implantación y va desde el día 20 del ciclo menstrual hasta el 24, alrededor del día 6 o 7 después de la fecundación —explicó el médico.
»La fijación en el endometrio de Paula no será una certeza. No es algo que pueda garantizarles que ocurrirá con seguridad.


—¿Qué quiere decir? —Preguntó Pedro.


—Que, a pesar de estar dadas todas las condiciones, en el momento en que hagamos la implantación podría resultar que el embarazo no se anidara en el primer intento. Las posibilidades de que resulte son de un 60 por ciento debido a que utilizaremos un embrión fresco la primera vez.
»En el caso de que el primer intento falle, entonces comenzaríamos a intentarlo con los embriones que estarán congelados, y, como les explicó el doctor Gardner, confiamos en que podremos fecundar más de un embrión histocompatible con Alejo.


—¿Y cuál será el porcentaje de éxito con los embriones congelados? —quiso saber Paula.


—La tasa de éxito caerá entonces a un 45 por ciento.
»En casos típicos de maternidad subrogada o de bebés de diseño, de entrada se implantan dos embriones por si uno no anida, pero en el caso de ustedes no podemos desperdiciar ningún embrión histocompatible, ya que solo contamos con cierta cantidad de ovocitos y no hay manera de obtener más de los que hay. Por tal motivo, la implantación será de uno por vez.


—Me gustaría saber en qué consiste el procedimiento de implantación —preguntó ella.


—Paula, formaremos entre todos un gran equipo. Cada uno tiene una tarea que cumplir; tú tendrás que controlar el momento de tu ovulación. Ten —el doctor Applewithe abrió uno de los cajones y de él sacó un blíster y un papel planificador—. Este termómetro digital sirve para tomar la temperatura basal; deberás tomarte la temperatura vaginal. También puede ser la bucal o la rectal, pero siempre debe ser la misma temperatura. Lo más importante de este proceso es la perseverancia.
Debes tomártela siempre con el mismo termómetro y hay unas reglas que no debes pasar por alto. Tienes que intentar que sea siempre a la misma hora. —Ella asentía mientras escuchaba atentamente —. Deberás hacerlo solamente si has dormido por lo menos cinco horas. Te recomiendo que sea por la mañana, antes de levantarte a orinar. No debes tomar ni siquiera agua. Tampoco debes fumar ni hablar. Es preciso que tu cuerpo esté en reposo cuando lo hagas y en este papel has de llevar todo el registro.


—¿Cómo me daré cuenta de cuándo estaré ovulando?


—Lo importante no es cuándo estés ovulando, sino tu fase lútea. Te explico. En teoría, la mujer tiene una temperatura más baja en la primera parte del ciclo menstrual y antes de que se produzca la ovulación. Y, una vez ocurrida esta, alrededor de dos días después, se produce un alza de no más de dos décimas que se prolonga durante aproximadamente diez días. Ese es el momento en que el cuerpo empieza a prepararse para una posible implantación. Cuando la temperatura aumente nos avisarás, y nosotros te indicaremos cuándo implantaremos el embrión. En ese procese deberás aplicarte unas inyecciones diarias de progesterona —hizo la receta y se la entregó—, ya que esta hormona cumple la función de preparar al útero para alojar al embrión, y esto será durante unos diez días.
»Obviamente, debéis tener particular cuidado de que Paula no quede embarazada antes de la implantación, pero no utilicéis preservativos porque estos contienen espermicidas.
»Pedro, necesitamos que el día que vengas a dejar tu esperma hayas tenido una abstinencia sexual previa de entre tres y cinco días.


Calculó la fecha menstrual del ciclo de Paula y le indicó qué día debía ir.


—El procedimiento de implantación se realizará introduciéndote en la vagina, a través del cuello del útero y hasta el interior de este, un tubo delgado (un catéter) que contendrá el embrión. Y todo se hará bajo control ecográfico. Estarás despierta en todo momento. No es necesaria ninguna sedación, ya que es un proceso indoloro; y te irás después. Por precaución ese día harás reposo, pero el siguiente ya podrás retomar tu vida normal; aunque, obviamente, no harás grandes esfuerzos porque debemos cuidar al embrión implantado. Si conseguimos que este se anide en el revestimiento del útero y crezca allí, entonces prosperará el embarazo. Regresarás en diez u once días para hacer una prueba de sangre y detectar la presencia de la hormona HCG. De resultar positiva, significará que el embarazo se ha producido y este se controlará como si hubiera ocurrido de forma natural. ¿Alguna pregunta?


Ambos dijeron que no.


—Muy bien. Debéis depositar el dinero el día que vengas a dejar la muestra —se dirigió a Pedro específicamente—. Estos son los honorarios que debéis pagar. También habréis de rellenar estos formularios, que no son sino los contratos por los procedimientos. La recogida de los ovocitos de la señorita... —leyó el apellido— Mine ya está en nuestro poder. Es más, nosotros mismos realizamos el procedimiento y ella ha dejado todo estipulado con su abogado especialista en bioética. Se deben fecundar con sus espermatozoides, señor Alfonso, con la finalidad de conseguir un bebé modelo para usarlo como donante de su hermano mayor.


—Sí. Nos pondremos en contacto con nuestra abogada y ella se encargará de todo.


—Perfecto.


Salieron de la consulta muy silenciosos. Agobiados, huidizos, asustados. En el camino hasta la habitación de Alejo, solo se dirigieron la palabra para decidir si iban al hotel. Ninguno manifestó nada de todo lo expuesto en aquel consultorio.


—¿Crees que puedes quedarte con Alejo, Elisa? —preguntó Pedro. Los tres estaban fuera de la habitación conversando.


—Por supuesto. ¿Va todo bien?


—Sí, todo bien —aseguró él.


—¿Seguro? Porque venís con una cara los dos...


—Todo bien —la tranquilizó Paula—. Es solo que hemos recibido demasiada información de golpe y nos gustaría ir al hotel a repasarla. Tenemos toda la consulta grabada.


—Pero, ¿hay algún problema?


—No, no es eso. Simplemente, que no es tan fácil como pensábamos; se trata de un proceso bastante complicado. Pero lo lograremos, Esther. No te preocupes por nada.


Entraron para despedirse de Alejo.


—¿Por qué te vas, Pedro?


—Debo ir a trabajar, hijo. Y lo haré desde el hotel.


—Por la tarde volveremos para que Elisa pueda ir a descansar un rato —estableció Paula.


—Está bien —dijo el pequeño cabizbajo.


—Eh, y prepárate porque cuando vuelva pienso ganarte todos los partidos a la Play y todas las carreras en el juego de mi móvil.


—Y a ver si leemos un poco y hacemos también los deberes que te dejó miss Piper —acotó Paula.


—Pero hay tiempo —se quejó Alejo.


—¿Has visto? Yo te he dicho lo mismo —afirmó Elisa.


—Menos mal que tú y yo estamos para poner orden en la vida de este muchachito, Elisa, porque si fuera por ellos dos...


Pedro se acercó y le habló en secreto al oído.


—Yo te ayudo con los deberes cuando vuelva y luego jugamos. O Paula y Elisa se enfadarán con los dos.


Chocaron los puños.


—¿Qué cuchicheáis?


Alejo negó con la cabeza mientras se reía pícaramente.


En cuanto llegaron al hotel se metieron en el jacuzzi, y Pedro puso el audio grabado en el consultorio médico.


—Lo lograremos —dijo él convencido.


—Yo también estoy segura.


Pedro apagó el audio. Estaba sentado tras ella y la tenía envuelta entre sus brazos y también con sus piernas. La movió para que quedasen frente a frente y el agua borboteó alrededor de ellos formando una espiral.


—Esta mañana, cuando salí, no fui a la cafetería como te dije.


—¿Ah, no?


—No. Fui hasta la oficina de registro que corresponde a la dirección del hotel. Quería averiguar cuáles eran los requisitos para casarnos aquí en Londres.
»Me dijeron que se necesita una prueba de siete días de permanencia ininterrumpida en el distrito registrador elegido. También algo que acredite nuestra identidad. Pueden ser nuestros pasaportes o documentos. Luego hay que pagar las tasas aplicables, y presentarnos con dos testigos mayores de dieciséis años.


—¿Quieres casarte aquí en Londres? ¿Lejos de todos nuestros seres queridos? —dijo ella con los ojos como platos.


—Quiero regresar a Estados Unidos siendo tu esposo.


Ella se sorprendió de su franqueza, aunque en realidad ya eran pocas las cosas que de él le sorprendían; Pedro era el paradigma de la improvisación.


—Mamina va a matarme si lo hago sin avisarla. Ella siempre soñó con este momento, por no hablar de Amelia y Eduardo cuando sepan que no les hemos avisado.


—De Amelia me ocupo yo. Por ella no te preocupes. ¿Qué dices? Pasado mañana se cumple una semana desde que estamos aquí, así que ya estaríamos en condiciones de hacerlo.


Pedro, ni siquiera tengo un vestido bonito. Lo mínimo que toda mujer anhela.


—Compraremos uno. Te prometo, además, que cuando todo esto acabe haremos una gran fiesta en Estados Unidos y nos casaremos por la iglesia de la forma en que tú quieras. Y lo mejor de todo, con Alejo recuperado.


El juntó ambas manos a modo de súplica. Las palabras contenían tanta emoción que ella se sintió plenamente halagada.


—Por favor, acepta. Dime que sí.


—Es increíble el poder de convicción que tienes sobre mí. Está bien. Lo haremos como tú quieres.


—Gracias, gracias, gracias —expresó mientras la besuqueaba.


—Al menos me has dado dos días para preparar nuestra boda. ¿Crees que el doctor Rogers dejará salir a Alejo para que nos acompañe?


—Sí, lo dejará. El doctor y Elisa serán los testigos.


—¿Cómo?


—Ya he hablado con ellos y han aceptado.


—O sea, ¡que soy la última en enterarme que pasado mañana me caso! —Él asintió risueño con la cabeza—. No tienes remedio, Pedro.


Paula le salpicó los ojos con agua y él la acercó más a su cuerpo hasta que la tuvo pegada a él. La besó interminablemente y luego le hizo el amor.


Falto de aliento por la forma demencial en que la había amado, se retiró de ella y se puso de pie como si de pronto hubiera recordado algo que no podía esperar.


—¿Adónde vas?


—Ahora vuelvo. Me falta algo.


—Estás empapado. ¿Qué te falta?


Desnudo y chorreando agua, salió del jacuzzi. Su cuerpo apareció como un gran conjunto de músculos y se deslizó con la arrogancia de un felino, sin preocuparse siquiera de secarse. Se lo oía corretear por la habitación buscando algo y Paula, curiosa, se levantó del agua, cogió una toalla y la enroscó en su cuerpo. Estaba con una pierna fuera y lista para salir cuando él entró casi desbocado.


Dicen que un resbalón no es caída, pero en este caso sí lo fue.


Sin poder evitarlo debido a las prisas, resbaló en el charco que él mismo había dejado al salir y fue a parar de bruces contra el suelo. Cayó justo a los pies de Paula.


La postal del momento era verdaderamente muy graciosa: Pedro estaba desnudo, en el suelo cuan largo era, y con una caja de joyería en la mano, a la que había tenido que pillar al vuelo para que no terminara dentro de la bañera.


—Sé que lo normal es con una rodilla en el suelo. Pero, ya sabes, no me caracterizo por ser muy romántico y, por lo general, me gusta romper bastante las reglas. Así que... rubia, tendrás una muy buena anécdota de cómo te entregué el anillo: de culo en el suelo.


Él abrió la caja roja con las letras de Cartier y descubrió un solitario con un diamante de talla brillante engastado en el centro, que estaba entrelazado por la C de la marca y rodeado por varias filas de diamantes más pequeños alrededor de la banda. Era una pieza bellísima y de elegancia absoluta.


Sin poder disimular su admiración, Paula se cubrió la boca y, emocionada hasta el llanto, extendió su mano para que él le colocara la sortija.


La admiró un buen rato y luego le dijo:
—Esto ha debido de costarte una fortuna. Con todos los gastos que tienes... No era necesario algo tan costoso.


Pedro se puso de pie y la agarró de la cintura.


—Ya que no tendrás una boda soñada, es lo mínimo que podía regalarte. Y por el dinero no nos preocupemos más. Ya veremos cómo lo hacemos para pagar todo lo que hay que pagar. Encontraremos una solución.


—La vida que estamos construyendo juntos es mi mayor regalo. Nunca creí que llegaríamos a tanto. 


—Ni yo.




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