CAPITULO 51
Por la mañana, mientras terminaba de desayunar, Pedro llamó al hospital.
—Hola, Elisa. ¿Alejo ya está despierto?
—Sí, ya se ha despertado y también ha desayunado. ¡Por poco me come a mí! Y lo mejor de todo es que no tiene fiebre.
—¡Qué buena noticia! En unos minutos estaré por allí. En este momento salgo del hotel. Vendré con mi novia Paula, pero no se lo digas porque quiero sorprenderlo.
—Os esperamos.
El hotel estaba muy cerca del hospital, así que no tardaron en llegar.
—¿Estás preparado? Seguramente hará muchas preguntas.
—Ayúdame si de pronto no sé qué decirle. Paula, gracias por estar a mi lado.
—Seguro que sí sabrás. Estoy convencida de que tu corazón hablará por ti.
Ella lo tomó del mentón y le encajó un beso. Luego se colocaron las mascarillas y entraron.
—Hola, Alejo. Mira a quién te he traído para que la conozcas. Es Paula, ¿qué te parece?
—Tenías razón, Pedro. Tu novia es muy guapa, y rubia.
—Hola, Alejo. Eres como te imaginé cuando hablamos, aunque creo que eres aún más guapo personalmente. Esto es para ti —el niño abrió el paquete—. Es una gorra de los Yankees de Nueva York. ¿Sabías que es el equipo favorito de Pedro?
—¿En serio? ¿Dónde vives, Pedro?
—Es verdad. No te lo he contado. Yo vivo en Estados Unidos.
—Mi mamá también nació allí.
—Lo sé. Cuando tu madre y yo nos conocimos éramos niños. Ambos vivíamos en Fort Lauderdale y mis padres y los suyos eran muy amigos. Luego crecimos, y ella, durante algún tiempo, vivió en mi casa; fue allí cuando nos llegamos a conocer mucho mejor, tanto que nos enamoramos y fuimos novios.
—¿Tú fuiste novio de mi mamá?
—Sí, fui su novio por algún tiempo hasta que nos separamos, pero como consecuencia de ese amor que nos teníamos ella tuvo un hijo, o sea tú. Lo que sucede es que yo no supe de ti hasta hace unos días, porque Rebecca y yo tuvimos varios desencuentros y ambos dejamos de saber del otro. Pero nos volvimos a encontrar en Estados Unidos, y bueno, aquí estoy porque quería conocerte y que tú supieras de mí. ¿Qué dices? ¿Te gusta que yo sea tu papá?
Pedro adornó un poco la historia, ya que bajo ningún concepto pensaba decirle que su madre había decidido arbitrariamente por él y que por eso había crecido sin un padre.
—Siempre he querido tener un papá, pero mi mamá me contó que no sabía dónde vivías y que por eso no venías a verme. Me dijo que por eso no podía hablarte de mí.
—Pues ya ves entonces que no estoy mintiéndote.
—Me gusta tener un papá. ¿Debo llamarte papá?
—Si quieres.
—Por ahora creo que seguiré llamándote Pedro. Debo acostumbrarme a saber que ahora tengo un papá.
—Me parece bien. Yo también debo acostumbrarme a que tengo un hijo. Pero quiero que sepas que no me separaré de ti ahora que sé que existes.
Chocaron sus puños como la primera vez que se vieron, pero Pedro no se contuvo y lo abrazó.
Cuando se separó, le dijo:
—Ahora, tenemos que hablar de otra cosa, Alejo. —Pedro aclaró su voz y continuó—: Elisa me ha dicho que tu mamá te contó que sus padres murieron en un accidente de coche.
—Sí. Los papás de mi mamá están en el cielo y desde allí nos cuidan.
—Exacto. Bueno, lo que pasa es que la otra noche, cuando tu mamá conducía su coche, chocó contra un bus y se hizo mucho daño. La trajeron al hospital para curarla, pero sus heridas eran muy graves y los doctores no pudieron impedir que su corazón dejara de funcionar; como sabes, si un corazón deja de latir uno se muere.
—¿Mi mamá se ha muerto? —preguntó él con una carita que partía el alma.
Pedro asintió simplemente sin poder responder, porque de pronto la voz le falló.
Paulaa estaba de pie a su lado y Elisa al otro. Pedro permanecía sentado en la cama sosteniéndole la mano mientras le daba la noticia, pero el pequeño de manera automática se agarró a Paula y lloró sobre su vientre. Ella lo besó, le acarició la espalda y le dijo palabras bonitas incesantemente.
—Sé que es muy triste y está bien que llores, porque seguramente estarás teniendo mucho miedo ahora mismo. Y eso es normal, Alejo —Los tres le acariciaron la espalda. Elisa se mordía el puño para no ponerse a llorar desconsoladamente—. Pero debes saber que Pedro te quiere, yo te quiero y Elisa también te seguirá queriendo. Todos te adoramos.
Pedro los abrazó a los dos y así permanecieron por un buen rato. Cuando el pequeño se calmó entre los mimos de todos, volvió a fijar la vista en Pedro.
—¿Tú también te morirás?
—¿Te preocupa que yo no esté aquí para cuidarte? —El niño expresó un sí mudo que acompañó con una afirmación de cabeza. Pedro le secó las lágrimas con sus dedos y le acarició el carrillo—. Espero tardar todavía mucho en morirme. Ahora que te he encontrado, quiero estar aquí para cuidarte todo el tiempo que necesites; pero si yo faltara, siempre habrá gente para cuidarte. Paula, ahora que te conoce, no creo que te deje solo; Elisa, que ha estado a tu lado desde que eras un bebé, tampoco creo que quiera alejarse de ti. ¿Sabes? Cuando tu mamá se quedó sin papá y sin mamá, yo le presté por un tiempo a los míos. —«Aunque hubiera sido preferible que ni los hubiera conocido, pero eso no puedo decírtelo. Estoy seguro de que cuando crezcas lo descubrirás por ti mismo»—. Ella tampoco se quedó sola. Siempre hay alguien para querernos, y ahora estamos todos nosotros para quererte y también para cuidarte.
—Entonces, ¿no volveré a ver a mi mamá nunca más? —volvió a preguntar entre sollozos.
—Lo siento, pero no. Ella ya no respira y su corazón dejó de funcionar. Elisa me ha dicho que tú crees en Dios. —Alejo volvió a afirmar con su cabecita calva. Mientras se sorbía los mocos, se había quitado la gorra de los Yankees—. Y también me ha contado que en las noches siempre rezas y les pides a tus abuelos que están en el cielo que ayuden a los médicos a curarte. Bueno, ahora tu mamá está allí con ellos y desde el cielo también ayudará a los médicos para que obtengan conocimientos y puedan curarte. Tu mamá también tuvo que despedirse de sus papás cuando era una niña, bien lo sabes.
Él asintió nuevamente. Luego, dijo muy afligido:
—Yo no quiero morirme. Quiero ver a mi mamá otra vez, pero no quiero morirme. No quiero verla en el cielo. Quiero hacerme mayor, ir a la universidad, casarme, tener hijos. ¿Soy malo por eso?
—No, Alejo. No eres malo por eso. Claro que no. Y, además, te aseguro que es lo que ella quiere. No hay nada que tu mamá quiera más que verte realizado en la vida.
—Y cuando me den la quimioterapia, ¿quién estará conmigo? Mi mamá siempre estaba aquí. No me gusta vomitar, y mi mamá me hacía masajitos en la panza y me contaba cuentos. También me duele mucho todo el cuerpo cuando me la ponen y ella se quedaba a mi lado para acompañarme y yo me dormía abrazado a ella, escuchando el sonido de su corazón. Mi madre me contó que cuando yo era un bebé, ella me ponía en su pecho y dejaba de llorar.
—Alejo, sé que nada será igual que cuando estaba ella, pero intentaré hacerlo lo más parecido posible; solo tienes que enseñarme cómo te gusta. Prometo poner todo de mi parte y hacerlo lo mejor posible. Ahora no tienes una mamá, pero tienes un papá. Sé que no es lo mismo y realmente quisiera que ambos pudiéramos estar aquí contigo, pero no es posible; sin embargo, no la tenemos que recordar con tristeza, sino celebrar su vida y todos los buenos momentos que ella te regaló mientras vivía.
El niño quedó pensativo, pero ya no lloraba. Enroscaba las sábanas en sus manitas una y otra vez.
—También Elisa seguirá estando aquí contigo, ¿verdad? —dijo Pedro, en un intento por tranquilizarlo.
—Por supuesto, mi niño. Ya he hablado con tu papá y cuando él no pueda cuidarte lo haré yo; eso no cambiará.
—También me ofrezco para colaborar —dijo Paula—. Yo quiero mucho a tu papá, Alejo. — Extendió ambas manos y los tres quedaron enlazados—. Así que también te querré mucho a ti, porque eres su hijito.
—¿Hay algo más que nos quieras preguntar, Alejo?
—¿Dónde tendré que vivir, Pedro?
—Por ahora seguiremos viviendo en Londres. Tu doctor será quien nos diga cuándo puedes mudarte conmigo a Estados Unidos. En algún momento tendremos que hacerlo. Sabes que los adultos debemos trabajar para poder comprar comida y medicación, entre otras cosas; y mi trabajo está allí. También mi casa.
—¿Y Elisa se quedará en Londres cuando nos vayamos?
—Si ella quiere puede venir con nosotros.
—¿Quieres venir con nosotros, Elisa? —le preguntó esperanzado.
—Claro. Yo voy adonde vosotros vayáis.
El teléfono de Pedro sonó y se levantó de la cama para atender. Era un número desconocido.
—¿Señor Pedro Alfonso?
—Sí, ¿quien habla?
—Mi nombre es Lesslyn Cameron. Soy abogada y me encargo de los asuntos legales de la señorita Rebecca Mine. Le llamo para darle una mala noticia.
Pedro se fue fuera para hablar más tranquilo.
—Ya estoy al corriente del fallecimiento de Rebecca.
—Le doy mi pésame, entonces.
—Muchas gracias.
—Tengo entendido que usted es el padre del hijo de la señorita Mine. Hay algunos papeles que deberíamos poner en orden. La señorita Mine dejó una carta para usted y necesito entregársela también. ¿Cuándo cree que puede venir a mi despacho en Londres?
—Hoy mismo, si puede recibirme.
—¿Usted está en Londres?
—Así es.
—Perfecto. Eso agilizará mucho las cosas.
—Envíeme un mensaje a este número con la dirección, por favor.
—Muy bien, señor Alfonso. Le espero a las tres de la tarde. ¿Le parece bien?
—A las tres de la tarde estaré allí.
Pedro colgó la llamada y cuando entró explicó entre dientes de quién se trataba. Mientras lo hacía, el móvil de Elisa sonó. La abogada también quería hablar con ella.
Por la tarde, él y Elisa acudieron al despacho de abogados y Paula se quedó con Alejo.
—Adelante, por favor. Tomen asiento.
Pedro corrió la silla para que Elisa se sentara y a continuación lo hizo él.
—Bien, vayamos a lo nuestro. Como les dije por teléfono, lamento mucho lo sucedido. Soy la abogada de la señorita Mine. Desde hace algún tiempo me encargo de sus asuntos legales, pero ahora hará aproximadamente un mes que se acercó a mi despacho para realizar algunas modificaciones en su testamento. En esa ocasión me manifestó su temor ante la posibilidad de que pudiera pasarle algo; bueno, en realidad ella siempre tenía ese miedo. Totalmente comprensible debido a la pérdida que sufrió de pequeña con los suyos. Sin embargo, últimamente parecía haberse acrecentado más su preocupación con la enfermedad de su hijo. Necesitaba estar tranquila ante cualquier cosa que le pudiera ocurrir y pretendía dejar bien atada su custodia. Me indicó que el niño sí tenía un padre y, a pesar de que Alejo no mantenía contacto con usted —miró fijamente a los ojos a Pedro—, me facilitó todos sus datos.
»Señor Alfonso, ahora mi pregunta es: ¿desea usted hacerse cargo del menor? Porque la señorita Mine ha dejado dos documentos diferentes, donde da algunas indicaciones pertinentes para el caso de que usted decida comprometerse con su vida, o para el caso de que no.
—Por supuesto que quiero. Si no lo he hecho hasta ahora es porque no sabía de la existencia de Alejo.
—Muy bien. En ese caso desestimaremos este documento y lo siguiente será realizar un ADN para verificar ante la justicia que Alejo efectivamente es su hijo. Con ese resultado en mano podremos cambiar su apellido actual por el suyo. Al no estar la madre viva debemos hacerlo de esta forma, ya que usted no puede hacer un reconocimiento voluntario.
—Perfecto. ¿Cuánto tarda ese trámite?
—Aproximadamente unos sesenta días. El resultado del ADN lo tendremos en unos siete o diez días aproximadamente. También me encargaré de poner las propiedades de la señorita Mine a nombre del menor, pero eso quizá se demore un poco más, puesto que ahora deberemos esperar al cambio de apellido. Los bienes que el menor heredará son un apartamento en Londres en el barrio de Knightsbridge con todo lo que contiene; ella pidió expresamente que se guarden los recuerdos para que su hijo no pierda sus raíces, y también le ha dejado una propiedad en Fort Lauderdale. El resto está todo hipotecado. Usted podrá ver el detalle en la copia que le entregaré y, si tiene alguna duda, no dude en consultarme. Pero me temo que el resto de los bienes que le menciono serán embargados. Tengo entendido que mi clienta tuvo que hacer estos gravámenes para solventar los gastos de la enfermedad del niño.
«¿Por qué no me pediste ayuda, Rebecca, por qué?», pensaba Pedro sin dejar de prestar atención a lo que le explicaba la abogada.
—Como usted ha aceptado reconocer su paternidad, en este supuesto la señorita Mine no ha dado mayores indicaciones para el trato del menor. Tampoco le impone un lugar de residencia. Ella simplemente deja a su criterio todas las decisiones a tomar, pues considera que es una persona idónea mentalmente para decidir por su hijo. De todas formas, le entregaré una copia que indica todo lo que le estoy trasmitiendo, para que no sea tan frío este proceso. Lo único que me ha pedido particularmente y que encontrará muy bien detallado es que, en el caso de que usted se hiciera cargo de las responsabilidades paternas, deberá garantizar por escrito que mantendrá todos los tratamientos médicos que el niño necesite. También una buena educación. Y que, en la medida de lo posible, impedirá que sus padres intervengan en la misma.
Pedro sonrió mientras asentía con la cabeza.
—No se preocupe. Prepare el acta que sea. Tampoco yo deseo que ellos intervengan en nada.
—También ha pedido que usted permita que la señora Elisa Lowell continúe en contacto con Alejo, y que este sea lo más fluido posible.
—Delo por descontado. No quiero alterar el mundo de mi hijo más de lo que ya se alterará; es catastrófico que haya perdido a su madre como para que también lo apartara de Elisa. De hecho, ya le he propuesto a la señora Lowell que viva con nosotros.
—Perfecto. En ese caso lo último que me queda es hacerle entrega de estas tres cartas. Una es para usted, señor Alfonso; la otra es para Alejo; y la otra para usted, señora Lowell.
Ambos se prepararon para abrir los sobres.
—Ella pidió expresamente que no la leyeran aquí, que lo hicieran en algún lugar donde puedan reflexionar mejor sus palabras.
Ambos asintieron.
—Señora Lowell, tengo que hacerle entrega también de esta documentación. Se trata de una cuenta bancaria en la que la señorita Mine depositó una cantidad de dinero a su nombre.
—¡Oh, Dios! ¡Qué ha hecho esta mujer!
—Calma, Elisa. Si Rebecca le dejó eso seguramente es porque usted lo merece.
—Pero... el niño lo necesitará.
—Yo me encargaré de todo lo que Alejo necesite. Por eso no se apure —la tranquilizó Pedro.
—Ahora llamaré al notario para que firmemos esta acta, que indica en qué ha consistido esta reunión y lo que les he entregado a cada uno y también lo que queda en mi poder. Tomen una copia para que vayan leyendo, mientras tanto.
El proceso de firmas no se alargó mucho y luego la abogada les dijo:
—Bien, eso es todo por el momento. Les agradezco que hayan venido tan rápido. Nos volveremos a ver muy pronto, señor Alfonso. Cuando salga, dele la documentación a mi secretaria para que pueda sacar copias y con eso empezar los trámites de filiación del menor. Lo llamaré para que hagamos la prueba de ADN en estos días. Seguramente, mi secretaria se pondrá en contacto con usted y le indicará dónde debe dirigirse. Deberá llevar a Alejo también.
—Alejo está hospitalizado en este momento en el Royal London Hospital.
—Entonces, tramitaré todo para que puedan hacerla allí.
—Muy bien. Buenas tardes y gracias por todo.
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Por la tarde, el resultado del tipaje HLA en sangre les había quitado la poca ilusión que les quedaba. Pedro no era donante compatible con Alejo.
—¿Qué haremos? Guardaba la esperanza de que pudiera hacer algo para salvar su vida.
Paula le acarició la frente y luego lo abrazó.
—Debemos tener fe. Estoy segura de que aparecerá un donante no emparentado que podrá donarle su médula y se curará. Quiero hacerme las pruebas.
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