CAPITULO 52




«La oración alcanza más cosas de las que el mundo puede imaginar.» LORD ALFRED TENNYSON



Por la noche, Elisa volvió a quedar al cuidado del niño. Paula y Pedro ya habían cenado. Se habían dado una ducha y se preparaban para meterse en la cama.


—¿Cuándo piensas darle la carta que le dejó su madre?


—Tal vez mañana. Quiero dosificar sus emociones. Hoy ha tenido demasiadas para sumarle una más. ¿Crees que seré un buen padre para Alejo?


—No tengo ninguna duda de que así será.


—Quisiera leer la carta que me dejó Rebecca. ¿Me acompañarías a hacerlo?


—No es necesario que lo hagas junto a mí, Pedro.


—No te lo estoy pidiendo por compromiso. Necesito hacerlo contigo. Si es que tú quieres, claro.


—Si nos apoyamos no nos caemos, ¿cierto?


—Exacto.


Él se sentó contra el respaldo y ella se acurrucó en su abrazo. Entonces Pedro le besó la cabeza y comenzó a leer:



Pedro:
Es obvio que si esta carta está en tu poder es porque yo ya no estoy en este mundo y, lo que es peor, no he podido sincerarme contigo.
Antes que nada quiero pedirte perdón.
Sé que es una palabra que tal vez no tenga sentido en este momento para ti, porque sé que me comporté de manera muy egoísta, tanto contigo como con Alejo, pero el ser humano es un ser imperfecto y estamos hechos de errores y aciertos.
Cuando tomé la decisión de ocultarte su existencia creía que era lo mejor, y tal vez en el fondo lo fue, porque de otra forma tus padres no hubieran permitido que naciera.
Tal vez sí es cierto que hace tiempo debí ponerte en conocimiento de su existencia, pero durante muchos años el rencor fue alimentándose en mi pecho, hasta el punto de que llegué a creer que era el motor que me impulsaba a continuar. Sin embargo, cuando recientemente regresé a América y te volví a ver, me di cuenta de que dejé que ese sentimiento tomara más preponderancia de la que en verdad merecía, y que eso hizo que viviera amargada y recelosa todo el tiempo.
Sé que mi arrepentimiento ahora mismo no basta, porque lo que te quité no regresa; también sé que te privé de que lo vieras crecer, de que te llamara papá, de que te diera un abrazo manchado de caramelo y lo vieras dar sus primeros pasos vacilante, de oírlo decir su primera palabra —que por cierto fue «agua»—. En casa hay muchas fotografías que suplirán en cierta forma esto que te estoy contando ahora. No obstante, debes sentirte afortunado, porque si estás leyendo esta carta significa que tú serás el encargado de verlo hacerse hombre, cosa que yo no podré.
Es increíble. Dios se encarga siempre de poner cada cosa en su lugar, y está dándote la responsabilidad que yo te robé. Porque no me cabe ninguna duda de que él vencerá a la leucemia y se hará hombre, y será todo lo que quiera ser.
Pero para eso... es necesario que tú y yo hagamos algo.
Siempre he vivido con miedo a faltarle a Alejo. Tal vez porque a mí me faltaron mis padres desde muy pequeña; sí, creo que por eso la vida siempre me ha llevado a ser precavida con él.
Como bien sabes, nuestro hijo necesita un tratamiento más agresivo, porque las dosis que le dan de quimio y radioterapia no son suficiente para matar todas las células cancerígenas que hay en su organismo; sin embargo, si lo hacen ahora, todas las células sanas de su médula dejarán de funcionar por completo. Por tal motivo, necesita un “alotrasplante”, que es el que se puede hacer con un hermano “histocompatible”. Consiste en obtener células madre del cordón umbilical.
Mi abogada, la doctora Cameron, está advertida de esto y será la encargada de que sea posible.
Ella y el médico de Alejo están en contacto y te pondrán en comunicación con un abogado especializado en bioética y con los profesionales más idóneos, pero tú deberás encargarte del resto.
He dejado cantidad suficiente de ovocitos congelados para que los fecunden con tus espermatozoides. Tú deberás conseguir un vientre en el que implantar el embrión. Sé que suena muy frío, y hasta de laboratorio, pero esto es mucho más que eso. Es un acto de amor inconmensurable. También sé que tal vez no sea el hijo que quieras tener, pero a Alejo tampoco lo quisiste tener y, sin embargo, estoy segura de que si ya lo has conocido habrá conquistado por entero tu corazón.
Traer al mundo a ese niño o niña será un gran acto de amor.
Si no quieres hacerlo, te eximo y te entiendo. Te juro que te entiendo, porque no solo deberás afrontar la responsabilidad de criar a un hijo, sino que te tocará hacerlo con dos; además, no es algo que hayas podido asimilar poco a poco. Todo te está llegando de sopetón.
Si decides seguir adelante con esta posibilidad de vida para Alejo, no permitas que el niño que nazca se sienta agobiado por la necesidad de ser usado para salvar a su hermano. Ofrécele una vida en la que pueda sentirse pleno; si eso ocurre, y él siente que es un peso estar siempre a mano por si Alejo puede necesitarlo, exímelo y ayúdalo a conseguir su emancipación médica. Sé que sabrás cómo hacerlo para que ninguno se sienta defraudado. Eso es algo de lo que deben
mentalizarse desde el momento en que esto comience. Por último, sea cual sea la decisión que tomes, quiero pedirte un póstumo favor: no dejes que Alejo me olvide, y si ese otro bebé nace, haz que de alguna forma sepa cómo fue la persona que puso su ovocito para que él viniera al mundo.
Cuida a nuestro o nuestros hijos. No tengo dudas de que serás un gran padre. 
Becca



Permanecieron en silencio algunos minutos, sin moverse. 


Tan solo se oía el sonido de sus respiraciones. Finalmente, se rebujaron en los brazos del otro: Paula y Pedro se abrazaron interminablemente y lloraron juntos. Se bebieron las lágrimas del otro y se acariciaron mientras se dedicaban miradas mudas. El uno sostuvo a la otra, inmersos en el silencio durante largo rato.


Paula secó sus lágrimas y las de él, tomó una profunda bocanada de aire y le preguntó:
—¿Qué vas a hacer?


Pedro cargó con aire sus pulmones y, mirándola fijamente a los ojos, le contestó:
—Tengo que salvar a Alejo. No puedo detenerme a pensarlo porque él no tiene demasiado tiempo; además, no hay mucho que pensar. No tengo ni idea de cómo se hace esto, pero sé que si puedo querer a un hijo también puedo querer a dos.


Ella acunó su rostro entre sus manos. Le acarició los labios con sus dedos y, mirándolo a los ojos, le habló desbordada y con total convicción:
—Quiero que uses mi vientre. Quiero traer a tu hijo al mundo. Quiero hacer mi aportación.


—¿Estás segura? Paula, rubia, creo que debes pensarlo bien.


Pedro, no tengo nada que pensar. Te amo. No niego que si alguna vez imaginé tener un hijo tuyo, también lo imaginé mío, pero sé que lo amaré como si lo fuera. Alejo ya ha conquistado mi corazón y apenas lo conozco. Imagínate entonces con uno que lleve en mi vientre durante nueve meses.


—Yo también te amo. Eres la paradoja a todo lo que nunca creí que sentiría. No sé cómo podré pagarte lo que haces por mí.


—Queriéndome siempre, como yo te quiero a ti.


—Nací para quererte, Paula.


—Yo también.


—Tienes un corazón gigante.


Se besaron con sosiego y de manera interminable. Fue uno de esos besos que quedan por siempre en la memoria porque acompañan además un momento inolvidable. Sin embargo, después de palpar la calma de ese beso, no resultó muy extraño que todo se volviera rápido y audaz. Un beso entre ellos siempre tenía otras implicaciones. La proximidad y el contacto parecía activarlos, y el deseo se tornaba incontenible.


Pedro deslizó la mano tras su nuca para profundizar más el beso. Palpó la suavidad de sus labios, la calidez de su respiración, y enroscó su lengua con la suya. Sabía a deseo y a pasión y las zonas más erógenas de ella se sintieron afectadas.


Paula se aferró a su torso y pegó su cadera a la de él a fin de estimularlo a perder la noción del tiempo. Excitado y entregado por completo, buscó dentro de su boca esos lugares más recónditos, donde solo él podía acceder con su lengua. La sensación de poder hizo que un gemido desvariado escapara de su boca. Al unísono, y con la certeza absoluta de querer poseerla, Pedro bajó su otra mano para tomarla de la cadera y acercarla un poco más a su cuerpo. Delirante y posesivo, vehemente y hambriento, movió su pelvis y le clavó su potente erección. Y ella, incapaz de resistirse, arqueó la espalda y tensó sus extremidades, además de crispar sus dedos.


Con maestría él abrió la palma de su mano y resiguió la redondez de su nalga. La apretó, la separó y corrió la braguita hábilmente, mientras con el dedo corazón acariciaba el surco y se detenía en esa entrada prohibida. Lo hizo con serenidad y con un movimiento circular que la atormentó y que se extendió hasta su necesidad más íntima, lo que provocó que su brote mágico se hinchara palpitante.


Sus pezones también se endurecieron y él los sintió erectos sobre su pecho. Las caderas de Pedro no pudieron detenerse. Ansió de pronto enterrarse dentro de ella. Su necesidad se había hecho evidente y probó a frotar su abultada entrepierna masajeando su glande con el roce que le provocaba su pelvis.


Paula movió su mano y lo cogió por la muñeca para llevar la suya hasta donde su necesidad lo reclamaba, pero él, obstinado, le habló sobre los labios.


—Tranquila. Déjame hacer a mí. Relájate y siente.


Volvió a besarla. Volvió a adueñarse por completo de sus labios, mientras su dedo intrépido continuaba con ese masaje enloquecedor. Bajó la mano y perdió su dedo en la humedad de su sexo.


Lo sacó y regresó a la otra entrada mágica que ambicionaba traspasar.


Pedro, jamás he tenido sexo por ahí —le informó Paula, inquieta cuando se dio cuenta lo que él deseaba.


Él la miró a los ojos mientras insertaba su dedo lentamente en ese lugar privado y tabú, y de pronto ambos se encontraron conteniendo la respiración.


—Avanzaré solo hasta donde me lo permitas. Si quieres, retiro el dedo. —Lo movió lentamente mientras le hablaba.


—Es agradable.


—¿Sigo?


Ella asintió con la cabeza, entreabrió la boca y se lamió los labios entregada a la caricia, hasta que se encontró sollozando de placer.


Pedro metió otro dedo.


—¿Me detengo?


Paula no podía hablar. Negó con la cabeza.


Pedro los retiró de todas formas, dejando un vacío inesperado que la indujo a protestar.


—No pares.


De inmediato él le quitó las bragas, levantó su camiseta y a tirones se la sacó para liberar sus pechos. La puso boca abajo y se sentó a horcajadas sobre sus piernas, justo donde terminaba su trasero, no sin antes quitarse el bóxer para liberar su atormentada erección.


Posesivo, tomó su glande y lo frotó en la separación de sus nalgas.


—¿Qué vas a hacer? —La alarma en su voz no pasó inadvertida para él.


Así que se inclinó. Le apartó el pelo y le chupó el cuello, también el lóbulo de la oreja. Luego, le dijo con voz seductora y muy profunda, gruñendo como un tigre en celo:
—Amarte de todas las formas en que me permitas hacerlo. 


Pedro le besó la espalda, y fue cambiando entre lametazos y mordidas, mientras bajaba lentamente hasta alcanzar su exquisito y perfecto trasero. Sabía lo que ella estaba esperando. Le hizo flexionar las piernas y admiró la redondez de sus nalgas. Le pasó la mano por ellas. Luego, lentamente, buscó con su lengua esa portezuela secreta y la lamió hasta arrancarle gemidos.


La volvió a recostar, dejándola más sofocada y expectante, y de inmediato se encaramó sobre su espalda. Le hizo extender los brazos y se los masajeó mientras le hablaba al oído.


—¿Confías en mí?



—Mucho.


—¿Te gustaría que descubramos juntos una nueva experiencia? —Le chupaba la oreja—. Porque ahora que sé que seré el primero, te confieso que no deseo otra cosa.


—Creo que sí.


—¿Quieres sentir nuevas sensaciones entonces?


—Sí, Pedro, sí. Todas las que quieras darme.


—Vuelvo enseguida.


—¿Adónde vas?


—No tardo.


Pedro fue al baño y hurgó en el neceser de Paula. Allí encontró aceite corporal de almendras y le pareció que podía ser una buena opción, ya que no tenían ningún lubricante íntimo. Regresó de inmediato con la botella.


—No quiero lastimarte —le explicó mientras volvía a tumbarse junto a ella.


La puso de lado, él por detrás, y empezó a excitarla nuevamente con sus caricias y besos. Empapó sus manos con el aceite y le masajeó todo el cuerpo, las nalgas y la entrada del ano. Volvió a meter uno de sus dedos y, lujurioso, gimió en su oído.


—Te deseo locamente —le dijo—. Quiero follar tu trasero.


Paula giró la cabeza para apresar sus labios, sacó su lengua y él sacó la suya para enredarla con la de ella fuera de la boca. Ambos estaban perdiendo la cabeza a causa de la excitación. Acto seguido, Pedro tomó el control del beso y la devoró mientras introducía otro dedo. Ambos estaban conmocionados por el placer. Él permanecía muy atento, tratando de advertir si poco a poco los besos la relajaban más. Ella estaba serena y entregada a sus caricias, así que decidió sacar los dedos para volver a untarlos con aceite y probar metiendo uno más.


—¿Te gusta? Si te duele mucho, paramos. Tal vez no podamos terminar esto hoy.


—Estoy bien. Me encanta.


—Perfecto, porque estoy volviéndome loco. Quiero estar dentro de ti. Siento que mi pene está a punto de explotar. Estoy muy duro, nena. Tócame.


Paula lo masturbó con su mano, mientras él entraba y sacaba sus dedos varias veces. Más adelante, los quitó por completo. Tomó el aceite y untó con él su pene. Hizo que ella también lo tocara untado como estaba. Volvió a acomodarla, cogió su polla envarada con la mano y la dirigió a la entrada que tanto ansiaba. Metió lentamente la punta y se mantuvo quieto, esperando que ella se acostumbrara a la invasión.


—¿Duele?


—Un poco, pero es soportable.


—Me introduciré un poco más. No sabes lo que me cuesta contenerme. Estás muy apretada. Es sumamente caliente —le explicó con la voz afectada—. Quiero estar dentro de ti por completo. Esto es perfecto.


Con su mano untada de aceite le acarició los pechos, mientras le atormentaba los pezones con sus dedos.


—También yo te deseo.


Ese consentimiento que ella le otorgó con palabras hizo que él moviera sus caderas para penetrar un poco más.


—Falta muy poco. Si quieres, paro.


—No. Sigue, por favor.


Él se movió lentamente para que ella probara un poco más de su erección. Entró y salió suavemente. Y entonces, al ver que lo soportaba bien, fue penetrando cada vez más hasta que finalmente introdujo todo su miembro dentro de ella.


Paula cerró los ojos con fuerza y contuvo la respiración. Se agarró a su mano, la que él mantenía asida a su seno. Era un dolor en el que se mezclaba la lujuria y la pasión, y se sentía confiada entre sus brazos. Al ver que no se movía, probó a hacerlo ella, y entonces Pedro comprendió que podía continuar.


—Esto es maravilloso —le dijo Pedro, al tiempo que tenía la absoluta certeza de que no podría resistir mucho más tiempo. Pero haría el intento. No quería dejarla a medias. Así que se obligó a autocontrolarse. Quería regalarle un orgasmo diferente.


Era verdaderamente difícil. Se movía lento y suave, conteniendo sus ansias de hacerlo rápido y fuerte. Aguardaba a que ella se acostumbrara por completo a la expansión de su cuerpo.


Finalmente, poco a poco fue aumentando el ritmo de su pelvis hasta que ambos se encontraron jadeando y moviéndose acompasados, delirantes y acoplados de forma excelsa.


Pedro bajó la mano para acceder a su clítoris y masajearlo con gran habilidad, de tal manera que consiguió en segundos que en ella estallaran todos sus sentidos. Rendido, la acompañó en el éxtasis y una sensación de placer los envolvió a ambos y los hizo sentir como si sus cuerpos estuvieran siendo lanzados en un viaje a la luna. Un hormigueo que empezó en la planta de los pies y fue expandiéndose los acompañó en el momento del orgasmo, cuando dejaron de ser dos para convertirse en uno.


Él se retiró con cuidado de su interior.


—¿Estás bien? —Estaba inmensamente interesado en saber que no le había hecho daño.


Ella se dio la vuelta.


—Has sido muy cuidadoso. Gracias. Hemos vivido un momento maravilloso e inolvidable.


—Gracias a ti por permitirme ser el primero, por regalarme esta parte de tu cuerpo que nunca había tenido nadie. Debemos seguir ejercitándola —le besó la punta de la nariz—. Te prometo que con práctica dolerá menos.


—¿Ah, sí?


—Sí. Tienes un culito precioso, rubia. No puedo creer que me lo hayas entregado.


Se rieron.


—Prometo que te dejaré volver a usarlo, pero ahora conviene que volvamos a bañarnos. Estamos perdidos de aceite.


Cuando salieron, Pedro quitó las sábanas y llamó al servicio de habitaciones para que vinieran a cambiarlas.


El momento vivido había sido muy intenso, pero no podían obviar lo que lo había desencadenado.


Estaban en la oscuridad, metidos en la cama y en silencio.


Ambos intentaron hablar a la vez.


—Habla tú primero —dijo él.


—Quiero que hablemos de lo que conversábamos antes de que todo se transformara en besos y caricias.


—También quiero hablar de eso.


—Hace unos minutos me has dado las gracias porque te he entregado una parte de mi cuerpo que guardaba recelosa, para cuando estuviera realmente segura de que estaba enamorada. Pero quiero entregarte mi vientre también, para llevar en él a tu hijo.


—Paula, me siento el hombre más afortunado del mundo, pero me gustaría que te lo pensaras mejor. Será una situación para nada común.


—Ya lo he pensado, Pedro. Quiero darle vida a tu hijo. Quiero además que eso sea posible para que Alejo se cure. Es un acto de amor hacia ti, hacia Alejo y hacia ese bebé al que le daré vida.


—En ese caso —se dio la vuelta para encender la luz—, necesito mirarte a los ojos porque quiero hacerte una propuesta — le explicó—. ¿Quieres casarte conmigo?


—No es necesario que me propongas eso porque esté ofreciéndote mi vientre.


—¿Es un sacrificio para ti ofrecerme tu vientre?


—Por supuesto que no.


—Para mí tampoco es un sacrificio casarme contigo. Si tú quieres, me gustaría que le diéramos una familia a Alejo y a ese otro bebé, y luego, con el tiempo, también me gustaría que tengamos más hijos, tuyos y míos verdaderamente. Quiero que juntos formemos una gran familia.


—Te prometo que querré a todos tus hijos por igual, como si fueran míos. A Alejo y al que implantarán en mi vientre, y también a los que te encargues de poner ahí.


—¿Eso es un sí, entonces?


—¡Síiiii! —gritó ella—. Es un sí rotundo. Quiero ser la señora Alfonso.


Se besaron y abrazaron, infinitamente felices y risueños.


—Solo me preocupa una cosa.


—¿Qué cosa?


—Si me engordo después de los embarazos, ¿me seguirás queriendo igual? —Él sonrió—. Prométeme que no te irás con ninguna de esas modelos perfectas que te acompañan en las revistas.


—No veo más que a través de tus ojos. ¿No te has dado cuenta aún? Solo quiero construir una vida a tu lado, y hasta me imagino rodeado de muchos niños. No me importa tenerlos hasta encima de la cabeza si es contigo. Te lo he dicho: nací para quererte.


—Un momento... niñas también —dijo Paula en tono de advertencia—. ¿Qué tienen los Alfonso contra las niñas?


—Yo particularmente nada. También quiero niñas. Dicen además que las niñas están más apegadas al padre. Así que definitivamente tendremos muchas niñas también.


—Bueno, que no sean tantas, porque entonces sí que mi cuerpo no podrá volver a la normalidad. Dos más aparte de estos dos que tendremos, me parece un número adecuado de hijos.


—Los que tú quieras, rubia. Te haré todos los hijos que quieras tener; además, el proceso me sienta muy bien. Te aseguro que no será un sacrificio.








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