CAPITULO 50
Pedro salió del hospital y buscó hospedaje cercano. Antes, se encargó de Rebecca y contrató un servicio fúnebre para al cabo de tres días. Ya en la habitación del hotel se tendió en la cama. Quería descansar unos instantes. Sin embargo, era imposible detener sus pensamientos, así que decidió darse un baño y abrir su equipaje. Luego, llamó a su agente y le confió todo. Le pidió que postergara sus compromisos laborales pero que no revelara nada; no confiaba en los medios de comunicación. A continuación llamó a su padre, a quien tampoco le contó la verdad de lo que ocurría.
—Papá, he tenido que viajar a Londres de improviso. Lo siento, pero con tantas cosas olvidé que tenía un compromiso: un contrato que firmé hace algunos meses. Así que estaré ausente dos semanas.
—Está bien, Pedro, no te preocupes. Yo me arreglo.
—No quiero que vayas a la empresa. Debes seguir descansando. Pídele mi agenda a Susane y solo encárgate de que retrase dos semanas todos los compromisos.
—Pedro, ¿piensas parar el astillero por dos semanas?
—El astillero no se detendrá. Tengo mi portátil y trabajaré desde aquí. Puedo hacerlo. Solo estoy pidiéndote que postergues las entrevistas para dentro de dos semanas. Te aseguro que no había nada importante.
—Está bien. Le diré a Susane que la llamarás.
—Dile que todo me lo envíe por mail y que, ante cualquier duda, me pondré en contacto con ella. Estoy hospedado en el hotel DoubleTree by Hilton, Tower of London.
—Perfecto. ¿Sabes? Rebecca casualmente también está en Londres. Tuvo que viajar por un contratiempo. Mamá no entendió muy bien el motivo. Llámala. Tal vez podríais veros el tiempo que pases allí. Estar en un país desconocido con alguien conocido siempre es agradable.
«Si supieras...», pensó abatido.
—Está bien, papá. Adiós.
Finalmente, consiguió cerrar los ojos un poco más de media hora; no obstante, se despertó sudado y envuelto en la excitación de una pesadilla: había soñado que Alejo empeoraba.
Cogió el teléfono y llamó de inmediato a Elisa.
—Señor Alfonso.
—Pedro a secas, Elisa. Llámame simplemente Pedro. Debemos empezar a dejar las formalidades de lado por Alejo. Necesitamos crear un ambiente de cordialidad en torno a él.
—Está bien señ... Pedro.
—Así está mejor. ¿Cómo está Alejo?
—Nuevamente con fiebre, pero duerme.
—De aquí a un rato iré para allí.
—Descanse, Pedro. Yo también intentaré hacerlo.
—He pensado que no sé nada de Alejo. Usted y yo tenemos que sentarnos a charlar. Quiero saber a qué le teme, cuáles son sus gustos; en fin, quiero que me hable de él cuando era pequeño. No sé siquiera cuándo es su cumpleaños. Quiero saberlo todo, Elisa.
—Cuente con ello, por supuesto. Alejo es mi conversación favorita siempre. Por cierto, su cumpleaños fue hace muy poco. El 15 de agosto.
Por más que lo intentara no iba a poder dormirse nuevamente, así que decidió caminar hasta el hospital.
En el camino no pudo resistir la tentación de entrar en una juguetería.
—¿En qué puedo ayudarlo?
—Quiero juegos de mesa para un niño de siete años.
—Acompáñeme, por favor. Toda esa fila y estas dos corresponden a esa edad.
De la estantería que el vendedor le indicó, eligió la Batalla naval, el Scrabble, el Pictionary, el mahjong, las damas chinas y el ajedrez.
—Deme un dominó también. —Leyó otra caja, la estudió durante un rato y, finalmente, dijo—: Creo que el Destination London Travel puede gustarle. Me lo llevaré, y también este backgammon y unos palillos chinos.
—Hay un juego de magia que a los chicos les entretiene mucho.
—Deme uno también. ¿Qué tal es este juego de Harry Potter?
—Ese tiene muy buena aceptación, al igual que el de los Hobbit.
—Me llevaré uno de cada. Creo que con esto ya está bien —aseguró cuando vio la pila de cajas acumuladas.
—¿Tal vez algo para montar, señor?
—Tiene razón. Eso podría entretenerlo bastante. Enséñeme alguno, por favor.
Fueron al sector del Lego y allí eligió tres tanquetas diferentes, un camión de los que transportan soldados, un buque de la armada real, un portaaviones, un tren militar, un helicóptero y un avión Hércules.
Se sentía entusiasmado por la conexión que planeaba crear con su hijo.
«Alejo es mi hijo. Tengo un hijo —pensaba mientras se dirigía al sector de los juegos electrónicos—. Soy padre. Soy su papá. —Pedro probaba las palabras para sí. Necesitaba acostumbrarse—. Debemos recuperar el tiempo perdido.»
Llegaron al sector y allí cargó un Simon, un Monopoly electrónico que decidió llevarse apenas lo vio, un Sudoku, un Tetris, una pizarra electrónica, una Ps4 con los mejores juegos y varios accesorios. Además se llevó una Xbox, una Wii y un volante de conducir para iPhone. «Le prestaré mi móvil hasta que le compre un iPad», pensó haciendo una anotación mental cuando lo elegía. En fin, todo lo que pudiera darle le parecía poco.
Hizo embalar cada cosa y que se lo llevaran todo al hotel, salvo el Simon, el portaaviones, la Ps4, los juegos y el volante.
Cuando llegó al hospital, Alejo aún dormía.
—Vete un rato, Elisa. Date un baño. Descansa en tu cama. Descarga todas las emociones que has estado conteniendo durante el día junto a Alejo. Ve a hacer tu duelo. Puedo imaginarme cuánto querías a Becca.
—Ni te imaginas cuánto. Aún me cuesta creerlo. Por momentos me pregunto si no se trata de una pesadilla.
Pedro le tocó la espalda.
—Yo me quedo. He traído cosas para entretenernos. —Le enseñó las bolsas de la juguetería.
—¿Estás seguro de que quieres quedarte solo con él?
—Debemos empezar a habituarnos el uno al otro.
—Tienes razón. Volveré para la hora de la cena. Se pone un poco difícil para comer.
—Está bien. Yo a medianoche debo ir a recoger a Paula al aeropuerto.
—Perfecto. Nos vemos más tarde. Espero que lo paséis muy bien.
****
La tarde pasó volando. Alejo y Pedro jugaron con todo lo que este había llevado. Cuando el pequeño despertó y vio todos sus regalos, quedó boquiabierto por la emoción.
—¿Todo esto es mío?
—Todo es tuyo. Pero, si algo no te gusta o si ya lo tenías, lo podemos cambiar. Te he comprado más cosas, pero no podía traerlo todo al hospital.
—En mi casa tengo una Play, pero esta es la última. Es genial, Pedro. Muchas gracias.
Lo abrazó agradecido y de inmediato se pusieron a probarlo todo.
Si uno se asomaba a verlos, resultaba difícil averiguar quién era el adulto y quién el menor, porque ambos estaban divirtiéndose de igual a igual. En varias ocasiones Pedro se dejó ganar. Y es que le encantaba verlo reírse y burlarse de él; sin embargo, con algunos de los juegos, Alejo había demostrado ser un gran contrincante y no había podido vencerlo.
Cómplices y amigos, para ambos había sido una tarde magnífica. Y lo mejor de todo: la fiebre de Alejo parecía estar remitiendo.
Para la cena Elisa regresó como había dicho, pero Alejo se encaprichó en que fuera Pedro quien le trocease el alimento. Después de que el niño cenara, se quedó un rato más. Recogió todos los juegos que habían usado y, finalmente, cuando se durmió, aprovechó para marcharse.
Pasó por un restaurante de comida rápida y comió una hamburguesa con una Coca-Cola; no tenía energías para sentarse a comer algo más consistente.
Mezcla de felicidad y desconcierto, no podía definir muy bien su estado de ánimo. Caminó por la noche londinense hasta que miró la hora y decidió partir para el aeropuerto; esperaría allí a que el vuelo de Paula llegara.
Cuando finalmente se encontraron, se fundieron en un abrazo prolongado. Pedro la ciñó y la engulló con una fuerza inmensa. Estaba claramente afectado y no pudo contener algunas lágrimas, que secó rápidamente con el revés de su mano.
—No quiero perderte, pero sé que todo lo que viene es una carga impensada y difícil de afrontar. Así que, si decides dejarlo todo, lo entenderé.
—Estoy aquí, Pedro. Podría no haber venido, pero... resulta que quiero todo lo que tenga que ver con Pedro Alfonso. Si en mi camino levantan una muralla de cinco metros que me impida llegar a ti, ten por seguro que pondré una escalera que mida seis y la saltaré.
Se besaron. Ella hacía que Pedro se olvidara de todo lo que estaba a su alrededor y viceversa, a excepción de sus tórridos labios.
—Vayamos a por un taxi para ir al hotel, donde hablaremos más cómodamente. Estoy muerto de miedo.
—Cálmate. Ya estoy aquí contigo. Te veo bastante entero considerando todo lo que has pasado hoy.
—Aún no puedo creerlo. Me siento otra persona, como si el que estuviera dentro de mi cuerpo fuera alguien desconocido.
En cuanto llegaron al hotel, se encontraron con una cantidad exagerada de paquetes.
—¿Y todo esto?
—Creo que me he pasado —dijo poniendo su boca en una fina línea y mirando cada bulto mientras se masajeaba la nuca—. Esta tarde he pasado por una juguetería y no he podido resistir la tentación de comprarle cosas. Es mucho, ¿no?
—¿A ti qué te parece?
—Y eso que ya he llevado cosas al hospital.
—Pedro, ¿estás loco? Esto es compulsivo. Además, no sabes lo que su madre le permitía hacer. Primero, deberías haber hablado con esa mujer que lo cuida y enterarte cómo es su vida. Su madre ha muerto, pero debemos intentar mantener sus costumbres para que el cambio no sea tan brusco; se supone que eres el padre, no un niño más. —Ella escudriñó en cada bolsa—. Por lo que veo, no has pensado en ofrecerle una buena lectura. No has comprado ningún libro para su edad.
—Lo siento. Eso no se me ha ocurrido. Me temo que tienes razón en todo, pero... he tenido la necesidad de recuperar el tiempo perdido; creo que he comprado por todos los años en que no pude hacerle un regalo.
—El niño necesita un padre que lo eduque, no uno que le permita hacer lo que le venga en gana; además, no debes permitirte tratarlo diferente por su enfermedad ni por su pérdida. Los niños son muy perceptivos y te aseguro que a él no le gustará saber que su padre le tiene lástima.
—¿Desde cuándo sabes tanto de niños?
—No lo sé. Supongo que lo aprendí leyendo, o tal vez es un instinto maternal que no sabía que tenía.
Pedro se sirvió un whisky escocés. Necesitaba algo fuerte.
—¿Qué quieres beber?
—También necesito algo fuerte. Un martini tal vez.
—Creo que hay. Si no, pedimos al servicio de habitaciones.
Se sentaron en el salón y Paula le acarició la mejilla a contrapelo. Él tomó su mano y se la besó; primero le dio besos sobre la palma resiguiendo las líneas en ella y luego lo hizo con cada dedo. La miró entre las pestañas y le dijo:
—Estoy asustado.
—Lo sé. Yo también, pero Alejo te necesita.
—No puedo creer el vuelco que ha dado mi vida en tan solo algunas horas. Me cuesta asimilarlo. Tengo miedo de pensar en cuando él se entere de quién soy. Tal vez me rechace.
—Los niños asimilan las cosas más rápido que los adultos.
—No sé cómo lo haré para decírselo. Quiero que estés conmigo.
—Por supuesto.
—Es un niño muy agradable y dócil. Hemos pasado toda la tarde juntos. ¿Quieres ver fotos? Le he hecho fotos. En algunas estoy con él. Mira.
Le mostró su móvil y ambos se emocionaron pasando cada una.
—Entrecierra los ojos como tú, y se le marcan las bolsitas debajo. ¿Te has dado cuenta?
—Sí, lo he notado, pero pensé que tal vez eran ideas mías. Me he quedado embobado mirándolo mientras le buscaba un parecido. Se le entrecomilla la sonrisa también. Creo que definitivamente se parece mucho a mí.
—¿Estás feliz?
—Sí. Poco a poco voy haciéndome a la idea. Claro que ahora que sé que existe tengo mucho miedo de perderlo.
—Venceremos la leucemia.
—Necesita un trasplante. Le están haciendo quimioterapia, pero necesita un tratamiento más agresivo. Lo ideal sería que el trasplante fuese con un hermano genéticamente compatible, pero sin Rebecca viva, eso ya no es una posibilidad viable. No sé nada de esta enfermedad. Necesito informarme. Esta tarde he estado leyendo un poco en internet, porque no sé siquiera qué preguntarle a su médico. Mañana tendré los resultados de los análisis para ver si soy donante compatible. Me han sacado sangre.
—Yo en el viaje, como tenía wifi, he hecho lo mismo. También he estado informándome y he sabido que el donante puede ser uno no emparentado. Quisiera hacerme las pruebas yo también.
Hablaron hasta muy tarde, hasta que el sueño los venció.
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