CAPITULO 31





Mientras tanto, adentro, Paula había bajado; llevaba puestos un bikini dorado y un pareo negro anudado al cuello.


—Buenos días...


—Buenos días, Paula —contestó Benjamin, que estaba sentado en la terraza leyendo. Bajó el periódico y la estudió por entre las gafas.


Geraldine bajó la revista de moda que hojeaba y le destinó una mirada que la recorrió de punta a punta. —¡Feliz cumpleaños, Geraldine! —Paula se acercó a saludarla y a ella no le quedó otra que aceptar el cumplido.


—Muchas gracias.


De inmediato, la joven hurgó en su bolso playero y sacó un estuche.


—Espero que te guste. Es una joya de la época victoriana. Creo que quedará muy bien en tu cuello.


Las manos de Paula estaban sudando y aunque intentaba contenerse se sentía temblorosa.


Geraldine Mayer se cruzó de piernas, y con total parsimonia dejó a un lado la revista que sostenía para tomar de manos de Paula el estuche. Se demoró con inusitada intención, obligándola a dejar el brazo extendido más tiempo de lo normal.


El collar se veía imponente. Era una conjunto vintage de brillantes y rubíes. No eran muy puros.


Se notaba en la transparencia de las piedras, pero era arte del siglo XIX y, por extensión, una pieza de gran valor monetario.


—Se ve exótico, pero las piedras no son muy buenas, ¿no?


—Es arte de la época victoriana. Te puedo asegurar que tiene el mismo valor de un Tiffany’s o de un Winston, pero si no te gusta...


—Oh, no, no. Es una hermosa pieza, pero... qué manía tenéis tú y mi hija de regalar cosas viejas.


—Lo siento. Creí que te sentirías halagada. Es una pieza única. Si entendieras un poco de arte sabrías el valor que tiene. Estaba convencida de que eso era importante para ti, el valor monetario.


Paula dio media vuelta para irse.


«Vieja perra. Me gasté hasta lo que no tenía. No sé cuándo le terminaré de devolver el dinero a Eduardo. Y eso que él me lo advirtió, pero soy una estúpida que aún cree que todo es como en el país de las maravillas.»


Sin embargo, tras comprender que no podía dejar que la siguieran pisoteando, se volvió; sencillamente no podía dejar las cosas así. Ese no era su carácter y estaba cansada de aguantar sus groserías. Sabía Dios que lo había intentado, pero el volcán que había en su interior no se aquietó y todo terminó estallando:
—Lamento mucho no caerte en gracia. Sé que no me soportas, pero al menos podrías hacerlo por tu hijo; yo tampoco te soporto, pero lo intento por él. El amor significa sacrificios, y pisar tu suelo te aseguro que significa un gran sacrificio por mi parte. ¿O acaso crees que me muero por estar en tu MANSIÓN? Si hubiera sido por mí no hubiera venido, y menos gastado un céntimo en ti, que no lo mereces. ¿Te crees muy superior a mí? Pues lo cierto es que no creo que seas superior a nadie solo por tener una cuenta abultada en el banco. El apellido que llevas me lo paso...


—Oh...


—Sí. Asústate de mi mal vocabulario, pero espera que termine la frase, así te asustas más: me paso tu apellido por el culo, Geraldine Mayer. Y usted no se haga el que no oye lo que estoy diciendo. Su apellido también me lo pasaría por el mismo lado, pero lamentablemente es el que lleva Pedro y
solo por él no lo maldigo. No olvido todo lo que usted me dijo en la boda de su hija. Sé de sobra lo hipócritas que son ustedes dos. »Y deje de mirarme el culo, Benjamin, que es lo que hace cada vez que le doy la espalda. A ver si atiende un poco mejor a mi suegro, querida suegra; se ve que anda necesitado el abuelo Alfonso.


Salió de allí hecha una furia. Necesitaba serenarse antes de ver a Pedro; no quería que se enterara de su pelea; sabía que los Alfonso no dirían nada. Respiró profundamente y contó hasta diez, y ensayando una enorme sonrisa se preparó a subir al bote.


Las voces que provenían desde dentro, la de Pedro y Rebecca, la detuvieron. Se escondió para escuchar la conversación y rogó por que Pedro no se la estuviera tirando. Con los nervios como los tenía, estaba dispuesta a tirarlos a ambos por la borda.



****


—Entrar aquí me ha hecho recordar... Éramos dos adolescentes inexpertos. Yo más que tú. Estaba muy asustada ese día, pero solamente quería estar contigo y hacerte feliz, ser todo lo que esperabas de una chica. No quería desilusionarte. Cuando empezaste a desvestirme yo estaba temblando de miedo, pero fuiste muy caballero. Me ofreciste parar si no estaba segura. Te dije que lo estaba; simplemente temía no superar tus expectativas. Eso me lo callé. A esa edad no se es tan audaz y uno tiene miedo de hacer papelones. Tú eras de los chicos más populares del colegio y todas las chicas morían por ti —ella sonrió mientras le pasaba un dedo para delimitar su mandíbula—. Eso no ha cambiado. Te has vuelto más popular con tu profesión. Fueron meses muy bonitos los que vivimos. Nunca he vuelto a sentir las mismas cosquillas en el estómago que sentí cuando estaba a tu lado.


Paula permanecía en silencio y oculta, y pugnaba porque las lágrimas no se le escaparan.


—Tú lo has dicho. Fue muy bonito el tiempo que duró.


—Tal vez si lo hubiéramos intentando con más ganas, no nos habrían separado.


—Nos separamos porque así lo quisimos.


—Tú y tus padres lo querían...


—¿Tú no? Y además jamás regresaste.


—¿Acaso tenía sentido hacerlo? Me querías fuera de tu vida, todos me queríais lejos.


—Rebecca, creo que no tiene sentido regresar al pasado estos días. Para mí está enterrado hace mucho.


«Chúpate esa mandarina, huerfanita arrastrada», pensó Paula con orgullo.


—No quisiera decir cosas que te hagan sentir mal, porque, como bien has dicho, lo que tuvimos fue hermoso el tiempo que duró. Pero también es cierto que no estábamos preparados para afrontar la responsabilidad de una familia. Éramos demasiado jóvenes.
»Y por si no te has dado cuenta, quiero aclararte que estoy con Paula y me parece una falta de respeto estar hablando de esto; si ella llegara en este preciso instante, no sería agradable. Lo nuestro es pasado, y en mi presente estoy profundamente enamorado de ella. Te pido que no toquemos más este tema. Creo que también es una manera de no faltarnos el respeto nosotros, por lo que tuvimos Becca, por lo que fue.


«Oh, Dios, voy a ponerme a llorar. —Paula se tocó los ojos—. ¿Cómo haré para que no se den cuenta que lo he oído todo?»


—Ya estoy lista. —Fingió asombrarse con la presencia de Becca—. Hola, Rebecca —dijo Paula haciendo una aparición muy jovial. Pedro estaba pálido y había enmudecido de golpe. Ella lo cogió con ambas manos del rostro y le estampó un beso bastante lascivo en los labios.


—Hola, Paula. Que disfrutéis del paseo. No os entretengo más. Sé que Pedro está deseando alejarse y fondear en mar abierto; conozco el ritual con sus chicas. Nunca es un simple recorrido. Él se encarga de hacerlos muy memorables. »¿Dónde tienes planeado llevarla? Es de suponer que no quieres a nadie cerca. Recuerdo muy bien los planes de navegación que tenías conmigo.


Paula estaba contando hasta veinte de ida y vuelta para no lanzarla por estribor, en el momento en que Pedro la frenó con un tono de advertencia.


—Es muy desagradable lo que estás haciendo, Rebecca. Será mejor que esta conversación termine. Queremos irnos.


—No te preocupes. Pedro está intentando ofenderme pero no lo hace. Sus comentarios no me molestan. Todos tenemos un pasado, ¿verdad?
»Querida Rebecca, no te esfuerces por desagradarme, ni tampoco en demostrar que tuviste algo con él, porque lo único que me interesa es que soy su presente. El pasado es simplemente una concatenación de recuerdos enterrados que a mí me traen sin cuidado.


Pedro estaba a punto de resguardar sus partes íntimas cuando Paula contestó tan tranquilamente.


Ella lo había sorprendido con una respuesta calmada y estaba actuando muy sosegadamente; se preguntó si debería sentir miedo, porque sabía que cuando ella estallara habría una reacción en cadena y nada quedaría en pie. Se pasó la mano por la frente.


—Entiendo que te sientas especial a su lado. Sé lo que Pedro hace sentir —apostilló Rebecca.


—No me cabe duda de que lo sabes muy bien. Sé que estuvisteis a punto de tener un hijo. — Rebecca la miró con mucho odio. No podía soportar que hablara tan livianamente de la familia que casi habían formado. El comentario la había pillado por sorpresa—. Por consiguiente, sé que has sido alguien muy especial en su vida. Sin embargo, aunque te crees con no sé qué derecho a hacer ciertos comentarios, déjame iluminarte para que no te sientas tan especial: tú —le hincó un dedo en el pecho— fuiste dueña de su inexperiencia. Lo que tuvo contigo fue exactamente un error de cálculo. En cambio, yo soy dueña de toda su experiencia, y ten por seguro que se ha superado. Lástima que no lo podrás probar. ¿Qué pasa, Becca? Cuando el sarcasmo va dirigido a uno mismo ya no es tan agradable ser protagonista, ¿verdad?


—Basta ya, por favor. Esto es realmente muy incómodo y para nada agradable. Ambas estáis actuando de forma muy necia —dijo él intentando poner punto final a la conversación.


—Estoy adulándote, Pedro. Y no es un cumplido. Además, no olvido que estás aquí a mi lado. Si no fuera así, ella ya estaría calva.


—Paula, por favor.


—Mejor me voy —dijo Rebecca.


—Sí, mejor vete, si es que no quieres esta noche ir a la fiesta con peluca, porque estoy a punto de no dejarte un pelo en la cabeza.


Rebecca los miró a ambos y sonrió mordaz. Luego salió hacia cubierta y la rubia quiso ir tras ella para cumplir su promesa. Sin embargo, Pedro logró detenerla.


Finalmente, cuando Becca estaba bajando del bote, les dijo:
—Aún no he jugado mi última carta. No te sientas tan triunfal. Mira que puedo tener un as en la manga.


—¿Qué has dicho, larva inmunda?


Pedro la sostuvo con más fuerza.


—Vete de una vez, Rebecca —gritó él—. No entres en su juego —le habló a Paula—. Solo quiere molestarte.


—Déjame, Pedro. No sabe con quién se ha metido y te juro que estoy harta de guardar las formas con todos.


—Lo siento, lo siento. ¡Qué fin de semana de mierda! No es justo que te haya traído aquí y te haya hecho pasar por todo esto. Primero mi madre y ahora ella. Lo lamento mucho —le explicó al oído mientras la abrazaba por detrás.


Ella lo sintió tenso tras su espalda, y en su voz se advertía lo apenado que estaba. Intentó calmarse.


Se dio la vuelta, lo agarró del cuello y hundió su rostro en él.


—¡Qué familiares de mierda nos han tocado en suerte!


—¿Familiares? —Pedro se puso alerta—. ¿Acaso te han hecho algo más mis padres?


—No, no es eso. Era una manera de hablar.


—Si quieres nos vamos. No es justo que nos quedemos. Debí haberte hecho caso y que nos fuéramos a un hotel. Quería que ellos tuvieran oportunidad de conocerte, y no pensé jamás que Rebecca actuaría así, pero evidentemente, después de tantos años, ella es una desconocida y...


—Se nota a la legua que aún te tiene ganas. Te lo dije anoche. No me hagas recordar, porque me bajo y le arranco todos los pelos. —De pronto recapacitó—. Esto es denigrante. Jamás he peleado por ningún hombre, pero que no me busque.


—Cálmate, rubia. Solo me gustas tú.


—Lo sé. Escuché todo lo que le dijiste. Lo siento, no pude evitarlo. —Se acariciaron el rostro mientras permanecían abrazados—. ¿De verdad estás enamorado de mí?


—¿Tú que crees? Jamás he estado tan colado por nadie.


Se besaron.


—¿Quieres que nos vayamos? —volvió a preguntarle Pedro cuando se separaron.


—Sé que es importante para ti que tus padres y yo nos llevemos bien, aunque no lo quieras reconocer; sé que para ti es significativa su aprobación. Así que no, no nos iremos. El amor es sacrificio y entrega, y... yo estoy dispuesta a hacerlo todo por ti, y a entregarte todo lo mejor de mí.


—Oí alguna vez que en una pareja siempre es un cincuenta y un cincuenta: estoy empezando a entender a qué se referían.


Ella respiró muy profundamente. Cerró los ojos y, cuando los abrió, le dijo:
—Lo que siento también es nuevo para mí. Nunca antes había sentido algo parecido... también creo que estoy enamorada de ti. Ya está. Lo he dicho. Aunque me parece un poco cursi esta romanticonada, entiendo que necesitas oír lo mismo que me gusta escuchar a mí.


—Antes también creía que decir palabras bellas era cursi o síntoma de debilidad. Sin embargo, a tu lado no lo siento así. Gracias por hacer el esfuerzo. —Pedro levantó la mano, y Paula sonrió echando la cabeza hacia atrás—. Cincuenta y cincuenta.


Ella levantó su mano y la chocó con la de él.


—Cincuenta y cincuenta.


—Bueno, ahora vayamos a navegar.


—A sus órdenes, capitán Alfonso. Seré su marinerita.









Comentarios

  1. Ayyyyyyyyyyy, qué lindo todo lo que les dijo a los padres y a Rebeca. Buenísimos los 5 caps.

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