CAPITULO 28




—¿Tienes frío?


—Un poco, pero creo que es por los nervios.


—Vamos, tranquilízate —le sugirió mientras le pasaba un brazo por el hombro y la pegaba con fuerza contra él. La besó en la sien—. No es la primera vez que vienes a la casa de mis padres.


—Pero antes siempre había venido en calidad de amiga de Amelia. En cambio, ahora...


—Ahora eres mi pareja, y todos tendrán que tratarte como tal.


Paula y Pedro acababan de aterrizar en Fort Lauderdale y estaban recogiendo las maletas en la cinta del aeropuerto.


—Ese es precisamente el problema. No creo que estén muy conformes con eso.


—Bueno, mis padres son un caso de gran consideración: tampoco están conformes conmigo, así que... no te aflijas por nada. Paula, lo verdaderamente importante es lo que nosotros sentimos. Lo que opinen los demás no nos tiene que importar.


—Pero no quiero que por mi culpa tengas un roce con ellos.


—Nena —la tomó por el mentón y la miró directo a los ojos para estudiar minuciosamente su rictus—, los roces con ellos han sido habituales desde que tengo uso de razón y desde mucho antes de que tú aparecieras en mi vida —dijo en un intento por aplacar sus nervios.


—De todas formas no me parece racional que les impongas mi presencia.


—¿Tan segura estás de que no te recibirán bien?


Pedro, no soy tonta. En la boda de Alejandro y Amelia dejaron bien claro que su preferida es la huerfanita.


—Pero tú eres mi preferida —le mordió los labios— y, pobre Rebecca, no la llames así. Su condición de huérfana no es nada agradable. Lo pasó muy mal cuando perdió a sus padres.


—Lo siento. No quería parecer insensible.


Las luces desafiaron la oscuridad de la noche en la ciudad cuando ganaron la calle. Él le sonrió indulgente viendo la advertencia de los celos en sus ojos, pero no dijo nada. Le dio un beso en los labios y paró un taxi.


—Sube —le indicó Pedro—. Yo me encargo del equipaje.


En el trayecto hasta la mansión de los Alfonso, Paula le contó que por fin se había armado de valor y le había dicho a Blanca que su madre se había llevado las joyas.


—Me asusté mucho porque se echó a llorar. Tuve miedo de que le diera otro patatús, pero por suerte logré tranquilizarla. Me dio mucha pena. Pero era inevitable causarle ese dolor. Tenía que decírselo, aunque no fue nada fácil hacerlo. No soy buena dando malas noticias.


—Bueno, lo importante es que ya lo sabe y que se lo dijiste y no lo descubrió ella: eso hubiera sido más impactante.


—Estuve tentada de mentirle y decirle que las había vendido para su operación, pero no pude.


—Has hecho bien. Un día podría enterarse y vete a saber en qué circunstancias lo haría. ¿Se te ha pasado el frío?


—Un poco.


—Ya estamos a punto de llegar.



****


—Becca, tesoro, ¿pasa algo? Pareces preocupada.


—No, Geraldine, no pasa nada —contestó intentando parecer convincente cuando volvió a entrar en la sala—. Era mi empleada. Me llamaba para ponerme al corriente de que se ha averiado una cañería en mi casa y han tenido que romper las paredes del salón.


—¡Qué desastre! Menos mal que estás aquí.


—Sí, eso mismo le dije.


—Buenas noches.


—¡Pedro!


Rebecca levantó la vista y se encontró con el apuesto modelo y con Paula, que permanecía junto a él cogida a su mano. Quiso cerrar los ojos para soportar la punzada que se le instaló en el pecho, pero renunció.


«¿Por qué todo tiene que complicarse de esta forma?», pensó agobiada.


Geraldine, que había dejado escapar su nombre cuando escuchó su voz, se dio la vuelta y de inmediato clavó su vista en Paula: no esperaba que él se atreviera a venir con ella. Benjamin Alfonso, por su parte, que bajaba de su despacho en aquel preciso momento, dijo:
—Paula, Pedro, bienvenidos. No sabíamos que llegabais esta noche.


—En realidad lo que no sabíamos es que nuestro hijo llegaría acompañado.


Pedro dejó que su voz se apagara y miró a su madre con recelo.


—Eso significa que tu abuela está mucho mejor. Me alegro, querida —dijo Benjamin apaciguando el mordaz comentario de su esposa y acercándose a saludar a los recién llegados


—Sí, señor Alfonso. Ha tenido que pasar por una cirugía delicada, pero por suerte la ha superado con éxito y se está recuperando poco a poco.


—Me alegro —ratificó mientras la saludaba con fingido afecto.


«¿A quién quiere engañar fingiendo que se alegra de verme? Como si no recordara todo lo que me dijo en la boda de Amelia. ¿Qué pasa, Benjamin, tienes miedo de que le cuente a tu hijo lo grosero que fuiste, y las mentiras que me dijiste? —Lo miró sosteniéndole la vista—. Viejo hipócrita, si no fuera porque para Pedro sí es importante contar con vosotros, aunque diga que no, ya le hubiera vomitado todo en la cara. Pero no seré yo quien le abra los ojos. Estoy segura de que el destino, tarde o temprano, se encargará de poner cada cosa en su lugar; eso sí, no me busquéis más porque todo tiene un límite, y vais a terminar encontrando a la Paula guerrera. Si sacáis esa parte de mí, uff, entonces estallará la tercera guerra mundial.»


—Hola, hijo. —Lo estrechó en un abrazo.


—Hola, papá.


Pedro, sin soltar la mano de Paula, rodeó el sofá para acercarse a saludar a su madre, a quien le dio un beso en la frente.


—¿No saludas a Paula, mamá? —le replicó sin alzar la voz pero con un tono de advertencia.


—Por supuesto. Bienvenida. —Paula se acercó a Geraldine y depositó un beso en su mejilla.


«Sí, Geraldine, apuesto a que está a punto de darte una indigestión con mi presencia, pero aunque te pese y te caiga como una bomba en el estómago, aquí estoy junto a él.»


El corazón le latía desbocado. Era incómodo intentar agradarles sabiendo que era una quimera.


—Y tú, Pedro, ¿no saludas a Rebecca?


—Hola, Becca. —Pedro soltó por unos instantes a Paula y se acercó a saludarla.


La joven, que no pensaba desaprovechar ninguna oportunidad, se aferró a su cuello y lo abrazó con fuerza.


—¡Qué alegría verte! —dijo mientras hundía su rostro en su cuello, sin importarle que allí estaba Paula expectante al intercambio.


«Sí, cómo no, mosquita muerta. Este hombre es mío. Creo que si no te apartas pronto de él te quito yo tirándote de los pelos.»


—Hola, Rebecca —dijo Paula, haciéndose notar. De pronto, se sintió estúpida. Jamás se había permitido ceder ante ninguna astucia ni a los celos, pero con Pedro a su lado era algo que no podía manejar.


—Hola, Paula —contestó la empresaria editorial esbozando una radiante sonrisa y sin soltarse de Pedro, al que mantenía agarrado por la cintura.


—No hay ninguna habitación preparada —acotó Geraldine—. Las empleadas ya se han ido a dormir.


—No te preocupes. Si es mucha molestia podemos irnos a un hotel. —Se apartó de Becca y tomó a Paula de la mano.


—No, por supuesto que no, hijo. Ahora mismo iré a despertar a Lily y le pediré que os arregle dos habitaciones.


—Solo una, papá. La mía. Somos todos adultos y para nada hipócritas, ¿no?


Pedro, hay seis habitaciones en la casa y solamente dos están ocupadas —acotó Geraldine.


—¿Qué pasa, mamá? Amelia y Alejandro convivieron varios meses antes de casarse. Ahora, con Paula y conmigo, ¿te vas a poner en plan moralista?


—Que ellos hicieran eso no quiere decir que yo estuviera de acuerdo. Además...


—Además, ¿qué? —espetó Pedro con la voz bastante elevada y avisándole de que no se atreviera a decir ninguna grosería más—. Mirad, creo que no ha sido una buena idea venir aquí tan tarde. Mejor cogemos nuestras cosas y nos vamos a un hotel. Ya nos veremos mañana en la fiesta.


Pedro, por favor, no seas tan susceptible. Yo mismo os ayudo a llevar las cosas a tu habitación. Ahora despierto a Lily y la envío para que acondicione tu cama.


—Gracias, papá.


—Siento mucho todo este despliegue a estas horas —se disculpó Paula, sintiéndose totalmente fuera de lugar. Lo cierto es que los Alfonso conseguían intimidarla. No era nada cómodo saberse rechazada.




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