CAPITULO 30




«El destino reparte las cartas, pero tú eres quien las juega.» WILLIAM SHAKESPEARE



Había resultado imposible no oírlos. Aunque se notaba que intentaban contenerse, no había sido suficiente para que sus susurros no trascendieran al cuarto contiguo, y el coraje invadía cada parte de Becca de una forma visceral. Luchó con las ganas de ponerse a berrear. Se sentía impotente, casi derrotada. Su corazón tembló a un ritmo loco al rememorar sus propósitos.


Al llegar a Estados Unidos sabía del amplio estado de sábanas de Pedro Alfonso, y había supuesto que meterlo en su cama sería una tarea muy fácil, un simple juego de niños. Sin embargo, cuando planeó reconquistar al ahora famoso modelo, no había contado encontrarse con que a su lado había una mujer que no era otra de sus conquistas fáciles, sino que por el contrario parecía ocupar un lugar importante en su corazón.


—¡Maldición! Justo ahora has tenido que enamorarte.


Se sentía frustrada; a pesar de tener a Benjamin y Geraldine de su parte, sabía que eso no ayudaba demasiado, puesto que ya había comprendido un poco la relación que ellos tenían con su hijo.


No estaba equivocada: esos dos eran los causantes de todas sus desdichas. Su egocentrismo y manipulación no había cambiado y seguían siendo los mismos de antes. 


Estaban acostumbrados a tejer y entretejer según su propio beneficio.


Pedro, en cambio, la había sorprendido. No se parecía al joven que ella guardaba en el recuerdo.


Había crecido al igual que ella y poco quedaba del muchacho dócil y manejable que había conocido.


Su espíritu ahora estaba moldeado y tenía firmes convicciones. Los hechos parecían indicar que no sería tan fácil volver a formar parte de su vida. El gran problema era que ella carecía de tiempo para una seducción lenta.


Durante los meses en que planeó su regreso, había estudiado su perfil por medio de las revistas donde a menudo salía: todo indicaba que se trataba de un «rebelde del amor» que jamás se implicaba con sentimientos; sin embargo, ver cómo defendía a Paula le había demostrado que eso ya no era así.


La liebre se había topado finalmente con el cazador y ahora era presa fácil de aquella mujer.


«Quién iba a decir que Pedro Alfonso, finalmente, encontraría su igual.»


Rebecca sintió envidia de Paula Chaves. Ella necesitaba tanto sentirse protegida y acompañada, necesitaba tanto tener un hombro donde llorar... Tal vez ahora él podría ser todo lo que ella alguna vez soñó. Solo tenía que volver a meterse en su corazón y quizá entonces encontraría a su lado un poco de sosiego, un poco de alivio ante tantas responsabilidades, un poco de compañía para tomar decisiones.


De inmediato, el terror invadió su cuerpo. Se desdijo rápidamente de sus pensamientos: había venido buscando otro fin y no debía apartarse de su propósito.


«Déjate de falsas ilusiones. Deja de soñar como si fueras una adolescente, como si alguna vez hubieras tenido oportunidad de hacerlo. ¿Acaso olvidas por todo lo que has tenido que pasar sola? Siempre has sido tú y Alejo contra el mundo, y así seguirá siendo.» La joven lanzó un suspiro.


Rebecca Mine no era una floja: la vida, los golpes, las circunstancias que le había tocado afrontar a lo largo de sus casi veintiséis años la habían hecho una dura mujer con un corazón de hierro, sin tiempo para enamoramientos.


Sin embargo, pensar en él, recordar lo que habían vivido, fomentaba sus ilusiones, esas que toda mujer tiene pero que a ella le habían sido arrebatadas muy temprano. Lo cierto era que jamás lo había olvidado. Para Rebecca lo que había pasado entre ellos no había sido solamente sexo: Becca aún estaba enamorada de Pedro Alfonso y él ocupaba un sitio muy importante en su corazón.


Cuando lo había visto en la boda de su hermana, había vuelto a sentir la sensación de estar flotando y de ser nuevamente quinceañera. Su corazón abrigó sueños. Pedro era un hombre muy guapo y la visión completa de él era espléndida. Cada parte de su cuerpo estaba repujada con verdadera gracia y vigor masculino. Sin embargo, esos sueños pronto se vieron empañados y hechos añicos cuando vio de la forma en que miraba a Paula; entonces se dijo que lo único que tenía que hacer era centrarse en su plan original y no pensar más en cursilerías baratas, porque el amor era un sentimiento que no figuraba en su glosario. Al menos no el amor que existe entre un hombre y una mujer



****


Por la mañana Pedro se despertó antes que Paula, y fue una sensación indisociable de deleite y lujuria la que percibió su corazón al verla a su lado. Sorprendido de que nuevamente tuviera ganas de amarla, cedió finalmente a la intensidad de su deseo. «Esta mujer va a secar mi vesícula seminal», pensó mientras la abrazaba y pegaba su erección a su cadera. Iba a disfrutar antes manoseándola un poquito. 


Delicadamente, corrió sus mechas doradas y comenzó a darle besos suaves en el cuello y en el oído, mientras que con sus manos acariciaba sus caderas y se aventuraba a meterle mano bajo las bragas.


—Déjame dormir, Pedro. Me duele cada músculo del cuerpo.


—A mí también me duele tremendamente un músculo en particular, y necesita que tú le des alivio.


En aquel momento, unos golpecitos en la puerta vinieron a interrumpir sus planes. El desayuno.


Con gesto cansino, Pedro se sentó en la cama y, tras darse cuenta de que debería esperar a más tarde para enterrarse en Paula, se levantó y fue al vestidor a por una bata.


—Adelante, Lily —dijo mientras abría la puerta para dejar pasar a la mujer, que traía una buena cantidad de manjares sobre una bandeja—. Yo me ocupo. Gracias.


Tras cerrar la puerta, empujó el carro del desayuno hasta el costado de la cama y, a continuación, se subió a horcajadas sobre el cuerpo adormilado de su chica.


—Vamos, bella durmiente, despierta. Mira todas las cosas ricas que nos han traído para comer— le decía engatusándola mientras desperdigaba besos por su rostro, cuello y el nacimiento de sus senos, que amenazaban con escaparse por el escote del pijama de seda.


—Humm, ¿qué hora es? Tu cama es muy cómoda.


—La hora adecuada para que desayunemos y vayamos a hacer lo que anoche te dije que haríamos.


Paula abrió los ojos y los sintió pesados. Dejó escapar un profundo suspiro y lo miró hechizada.


—Tus labios lucen muy tentadores cuando despiertas. Se ven más carnosos aún. —Se los recorrió con los dedos y Pedro no pudo evitar la tentación de caer sobre ellos.


Se dieron un beso exigente, que a punto estuvo de hacer olvidar el desayuno y el resto de los planes que Pedro tenía para ambos.


—Tan solo cinco minutos me costaría sumergirme en ti y conseguir un orgasmo. Empiezo a pensar que no es normal que provoques en mi cuerpo estas ansias locas de vivir dentro de ti.


Paula metió la mano por entre la abertura de la bata y le acarició los testículos. Sintió en su mano cómo su polla palpitaba ante sus caricias.


—Ahora la que no está jugando limpio eres tú.


—Rara vez juego limpio —repitió su frase—. Creo que has sido un buen maestro.


—Pero esto tendrá que esperar. Ahora desayunemos o se hará tarde.


—¿Adónde iremos?


Se acercó a su oído, le chupó el lóbulo de la oreja y le dijo:
—El capitán Alfonso te llevará a navegar.


—¿Tú pilotarás? —preguntó ansiosa y entusiasmada. Él se carcajeó por cómo lo dijo y la corrigió.


—Yo timonearé.


—Siendo tus padres dueños de astilleros, no me extraña que sepas hacerlo.


Pedro ya estaba listo, pero Paula aún continuaba arreglándose.


—Me adelanto para ir preparando todo para salir a navegar.


—Está bien. Ya casi estoy lista.


—No tardes.


Pedro bajó y se dirigió al comedor, donde estaban a punto de desayunar sus padres y Rebecca.


—Buenos días. ¡Feliz cumpleaños, mamá!


Se acercó a Geraldine Mayer y le dio un beso en la mejilla al tiempo que extendía una caja azul de joyería con las letras de HW.


—Oh, hijo. Un Harry Winston.


—Aún no lo has visto.


—Ver esas iniciales en la caja ya me garantiza que será hermoso.


Geraldine abrió el estuche de joyería y quedó embelesada con el brazalete que su hijo le regalaba.


—Es perfecto. Lo estrenaré esta noche —comunicó mientras se ponía de pie y lo abrazaba.


«¡Vaya! Tal vez debería hacerte más a menudo estos regalos. Al menos así consigo un sentimiento de ti», caviló Pedro con desidia y frustración ante la superficialidad de su madre.


—Mira, Benji. Pedro se ha lucido este año con su regalo.


—Pues estaba esperando a que él bajase. Toma. Nos hemos puesto de acuerdo este año para que estés preciosa en tu fiesta.


Benjamin Alfonso se levantó y de un mueble cercano sacó otro estuche de la misma joyería, que abrió él mismo. Un collar y unos pendientes que hacían juego con el brazalete que le había regalado Pedro resplandecieron, pero no hasta el punto de opacar la sonrisa de satisfacción de aquella mujer.


—Oh, Dios. No puedo creer cómo me miman mis hombres. Gracias, querido —le dijo a su esposo al tiempo que le daba un deslucido beso en los labios.


—Toma, Geri. Este es el mío. Espero que te guste. —Se trataba de un reloj de pulsera—. Es un auténtico Olivia Burton, traído de Londres especialmente para ti. Sus diseños son muy chic para usar a diario.


—Me encantan los diseños de sus cuadrantes con mariposas. Son muy originales. Gracias, querida. Es precioso.


—Hay algo más. Un clásico en Londres. Toma. Es una combinación de fragancias.


Geraldine rompió el envoltorio y se encontró con un estuche de perfumería de una conocida marca londinense.


—Oh, adoro los perfumes de Jo Malone, y los detalles personalizados de las botellas. Tengo entendido que ahora hay tiendas en Nueva York. Gracias por el detalle de grabar mis iniciales y la fecha en la botella. Me halaga saber que has pensado en mí antes de venir.


—Siempre, querida. Puedes aplicarlos solos o combinados, y crear de esta forma una nueva fragancia.


—Eres fabulosa, Becca. Ahora, sentémonos a desayunar.


—Yo ya he desayunado con Paula. Voy a preparar el bote para salir a navegar. Ella se está terminando de arreglar.


Geraldine en aquel momento iba a sugerirle que invitara a Rebecca, pero Benjamin disimuladamente le tocó la pierna para detenerla.


—El día está hermoso para un paseo en el mar —acotó su padre—. Quisiera enseñarte los cambios que le he hecho al bote.


—Sí. Ya he mirado el tiempo y es más que propicio para dar un paseo.


Salieron hacia la terraza y ambos subieron al lujoso yate.


—Espero que te guste cómo ha quedado. —Subieron al puente superior—. Mira. He cambiado el joystick y la palanca por una doble con la apariencia de los controles de un avión. Esta tiene cambio (DTS) y el acelerador digital es lo último en control suave y preciso. Ya verás lo giros auténticos que podrás dar y lo fácil que será pilotarlo. También he reemplazado los motores. Ahora tiene tres que alcanzan una velocidad máxima de 32 nudos. Ya sabes... Por si tienes que enfrentarte a algún imprevisto de viento en el mar, y... mira, todas las pantallas indicadoras son instrumental de última generación. La instalación eléctrica es nueva.


—¡La cabina ha quedado fabulosa, papá!


—¿Has visto? El flybridge está equipado con lo mismo que la cabina interior; echa un vistazo al GPS. También es nuevo, como el radar. Hice instalar uno con más potencia de frecuencia. Verás que todo es de más fácil lectura que los anteriores instrumentales. Las pantallas tienen la tecnología que estamos utilizando ahora en nuestros astilleros. Todo es touch screen. El software ha sido diseñado por Industrias Alfonso. Comprobarás por ti mismo lo suave que ha quedado la dirección con todos estos cambios. Te darás cuenta además del equilibrio que ha ganado la embarcación. Me habría hecho ilusión que lo probáramos juntos —le puso una mano sobre el hombro, que Pedro miró extrañado—, pero seguramente no tendrás problema en el manejo de nada. Eres un gran timonel.


—He tenido un gran maestro, no puedo negarlo. Recuerdo que navegar ha sido de las pocas cosas que hemos compartido tú y yo.


—No empieces, hijo. Estoy tratando de que tengamos una mejor relación. Ya habrás notado que las últimas veces que nos hemos encontrado no te he hecho ningún reproche.


—No creo que sea precisamente porque me entiendas.


—Estoy intentándolo, hijo.


Pedro lo miró calculando.


—No eres el único que lo intenta. ¿Qué te traes entre manos, Alfonso? Porque sé que algo estás planeando; si te conozco un poco, sé que es así. Estás engatusándome con Neptuno. Sabes que amo el bote que me dejó mi abuelo.


—Estoy haciéndome mayor, Pedro. Aunque me siento con todas mis facultades y energías muy plenas, los años pasan y tal vez sea tiempo de dejar de pelear contigo y aceptar tus propias elecciones.


—Sería bueno que comprendieras por fin que mi vida es mía y no una extensión de la tuya.


El silencio los invadió, pero Benjamin se encargó de romperlo.


—Ven. Vayamos bajo la cubierta. Quiero que veas cómo han quedado remozados los interiores. Me hubiera gustado cambiar el barco por uno nuevo, ya que su ergonomía difiere con los acabados. Podría haber traído directamente uno de los que fabricamos ahora, pero sé que le tienes cariño a este porque te lo regaló tu abuelo.


—Te agradezco que lo hayas mantenido. —Bajaron a la cabina interior.


—Guau. No parece el mismo bote. Todo luce muy moderno.


—¿Te gustan la tapicería y la madera?


—Han quedado fabulosas —aseguró Pedro mientras pasaba la mano por todas las nuevas texturas y admiraba la combinación del roble oscuro con la tapicería en color natural.


—Mira la cabina del armador. ¿Qué dices? ¿Te gusta cómo ha quedado?


—Asombroso. Muy lujoso.


—Hice poner todos los interiores del Mayer 50 Flybridge de este año. Hay más espacios de almacenaje. Bajo la cama hay uno encubierto. El baño tiene un nuevo diseño; la ducha es más espaciosa y con un asiento. Ven a ver el puente inferior. Hice que nuestros ingenieros te adaptaran una plataforma sumergible.


—No puedo creer lo que han hecho con mi bote.


—Trabajamos duro. Prácticamente quedó el casco pelado y lo hemos ensamblado todo como si se tratara de un último modelo; sabía que vendrías para el cumpleaños de tu madre y quería que estuviera listo para estos días.


—Gracias. Aprecio el trabajo que habéis hecho. Me has sorprendido.


—Me alegra saberlo. —Se fundieron en un abrazo con palmadas en la espalda.


—Iré a decirle a Lily que nos prepare provisiones para almorzar a bordo. Me muero por probarlo. Vuelvo enseguida.


—Deja. Ya se lo digo yo. Quédate descubriendo los detalles.


Pedro estaba disfrutando de la nueva apariencia de su bote, cuando sintió que alguien subía a bordo.


—¿Paula, eres tú? Estoy en la cabina inferior.


—No es Paula, soy yo.


—Hola, Rebecca.


—¿Puedo?


—Adelante, pasa.


—Guau. Este bote ha cambiado mucho desde la última vez que estuve en él.


—Mi padre lo ha remozado recientemente.


—Veo que aún llevas a tus chicas a navegar; dicen que el zorro pierde el pelo pero no las mañas.


Pedro frunció la boca y entrecerró los ojos calculando las derivaciones de sus palabras, pero no le contestó.


—Aún tengo muy presente nuestra primera vez. Fue aquí, ¿lo recuerdas?


—¿Adónde quieres llegar Becca? ¿Por qué has de hablar del pasado ahora? ¿Tiene alguna importancia acaso?




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