CAPITULO 27
«Ser profundamente querido por alguien te da fortaleza. Querer profundamente a alguien te da valor.» LAO TSU
Estaba de pie en el hall de la terminal de buses, con las manos en los bolsillos y mirando cada dos por tres el reloj de la misma. Se encontraba demasiado impaciente. El vértigo de saber que volvería a verla era un sentimiento muy nuevo en él, pero no se extrañaba de las sensaciones que Paula despertaba dentro de su cuerpo. A esas alturas estaba dispuesto a aceptarlas todas, y dispuesto, además, a disfrutarlas.
De pronto fue reconocido por unas fans entusiastas que se acercaron para pedirle un autógrafo; él accedió, por lo que se envalentonaron y también le solicitaron si se podían fotografiar junto a él.
—Por supuesto, posemos. Dadme el móvil, que tengo el brazo más largo.
Finalmente se despidieron, le dieron las gracias y, exaltadas por haberlo visto, se alejaron. En aquel momento se dio cuenta de que otra vez se encontraba preso de esa ansiedad que lo dominaba desde que se había despertado ese día, cuando fue consciente de que por fin volvería a estar junto a ella.
Siguieron pasando los minutos, pero el tiempo parecía haberse detenido o simplemente iba muy lento. Intentando tragarse una vez más la ansiedad, pero sin conseguirlo, Pedro volvió a mirar el reloj y las pantallas que indicaban las llegadas. En otro momento se hubiera sentido un flojo, pero ahora era diferente: Paula, tan bien plantada, había conseguido lo que nadie. Lo había centrado. Lo había atrapado y no había otra cosa que quisiera más que dejarse atrapar por esa rubia que lo tenía hecho un bobo.
Tras unos minutos más, anunciaron en la pantalla la llegada del bus 319, y de pronto el sitio se convirtió en un verdadero alboroto. El rumor de risas y conversaciones fue in crescendo. Miró en todas las direcciones para intentar divisar entre el gentío su cabellera dorada, hasta que por fin ella se volvió hacia él y sus miradas se encontraron: todo pareció esfumarse alrededor. Su mirada se suavizó y una sonrisa que fue casi de oreja a oreja se dibujó en su rostro al verlo. Pedro se quitó las gafas y le guiñó un ojo, y, sin poder resistirse, dejaron que las ansias los invadieran y salieron al encuentro del otro para fundirse en un abrazo que parecía no tener fin.
—Te he echado de menos.
—Y yo más, rubia —le dijo entre besos.
Pedro tenía sus manos enredadas en su melena mientras depositaba besos por todo su chispeante rostro. Ella permanecía aferrada a su cintura y le devolvía los besos. Él la agarró del trasero y la alzó, invitándola a que enroscara las piernas alrededor de sus caderas.Paula cerró los ojos antes de que él se apropiara de sus labios, esperando el contacto mágico de su boca, que no se hizo esperar, ya que él también estaba ansioso por probar la sedosidad de su lengua. Se abrió paso entre sus dientes, y el beso fue ardiente, profundo, con una pasión casi casi brutal. Ella se apartó jadeante y le dijo:
—Estamos en Port Authority Bus Terminal, Pedro. Por si lo has olvidado.
—Lo sé, pero te he deseado demasiado.
Le mordió el labio inferior y lo tironeó anhelando más, mucho más. La bajó a desgano y cogió su equipaje.
—Vamos o perderemos el vuelo a Fort Lauderdale. Te confieso que en este instante es lo que quiero: llevarte a mi apartamento y enterrarme de mil maneras en ti.
Las ansias que sentía en su vientre no la avergonzaban y así lo demostró, expresando lo que anhelaba:
—Bueno, aunque los baños del avión no son nada espaciosos, creo que es un buen lugar para que cumplas tu anhelo, que por supuesto también es el mío. Además, siempre he fantaseado con cómo sería hacerlo en el baño de un avión, pues jamás lo he hecho.
El modelo le chupó el cuello, su respiración era rápida y profunda en esa zona tan sensible detrás de la oreja, y la lenta y torturante excitación pareció multiplicarse para ambos. Le habló al oído:
—Deja de decir esas cosas porque harás que mi cremallera estalle, y sería un poco engorroso que apareciéramos en una revista con mis partes erectas a la vista de todos. De todas formas, creo que podré cumplir tus fantasías. Venga, que quiero llegar ya a ese avión.
Ambos se rieron sonoramente, se cogieron de la mano y se encaminaron hacia la salida de la terminal.
***
—Hola, Elisa. Espera un segundo.
Se levantó con disimulo y caminó hacia la terraza.
Necesitaba alejarse para hablar con total tranquilidad.
—¿Qué pasa, Elisa?
—No te alarmes. Alejo quiere hablar contigo. Te paso con él.
—Hola, mi amor.
—Hola, mamá, estoy enfermo.
—Oh, cariño, ¿qué tienes? —preguntó casi sin aliento, pero entonces recordó que Elisa le dijo que no se alarmara y trató de tranquilizarse.
—Hace unos días que estoy con dolor de barriga y he vomitado. No me gusta vomitar cuando tú no estás. Quiero que vuelvas.
—Seguramente, aprovechando que yo no estoy, has seducido a Elisa para comer lo que no debes.
—No, mami. Te prometo que no.
—¿Has tenido fiebre?
—No, mamá. Solo náuseas.
—Cariño, mamá está trabajando. Ahora no puedo regresar pero te prometo que en unos días volveré; para cuando tengas que ingresar en el hospital estaré ahí. Alejo, tienes que hacerle caso a Elisa y portarte bien; sé que me extrañas y yo también a ti, pero era necesario que hiciera este viaje, si no no me habría ido de tu lado.
—¿Y por qué no me has llevado contigo?
—Alejo, mi vida, sabes que cuando mamá viaja por trabajo tú no puedes venir. Además, estás en pleno tratamiento y el doctor en este momento no autorizaría que viajaras. Ya haremos otro viaje los dos juntos y te prometo que podrás elegir el lugar.
—Quiero ir a tu casa en Estados Unidos.
—Sabes que a Estados Unidos no podemos ir.
—¿Por qué no? No lo entiendo. Siempre dices que no. Yo quiero conocer tu casa.
—Alejo, cariño, no empieces.
—Está bien, mami. ¿Cuándo vuelves?
—Pronto, hijo. Te prometo que muy pronto; para tu próximo ingreso estaré junto a ti. Mañana te llamo, ¿sí? Y hablaremos por Skype.
—Está bien —contestó el niño con desgano.
—Hazle caso en todo a Elisa, por favor.
—Sí, mamá, te prometo que lo hago.
—Ahora ponme con ella.
—Vale.
—Gracias, te amo, mi vida. No lo olvides nunca. Todo lo que mamá hace es pura y exclusivamente por ti. No hay nada en este mundo más importante para mí que tú.
El niño le pasó el teléfono a su cuidadora.
—Hola, Rebecca.
—Dime, Elisa. Me ha dicho Alejo que ha tenido vómitos. ¿Lo has llevado a su médico?
—Tranquilízate. Todo sigue igual.
—¿Ha tenido fiebre?
—No, Rebecca, no ha tenido. No te desesperes. El doctor Rogers le hizo un conteo de glóbulos y no hay grandes cambios. Dijo que todo sigue igual, pero que continúa sin remitir la enfermedad con el tratamiento.
—¿Estás segura de que no es necesario que vaya?
—No es necesario que modifiques tu viaje. Alejo está jugando a videojuegos ahora mismo. No ha tenido más vómitos. Lo que pasa es que, como no estás, se muestra muy zalamero. Creo que está somatizando tu ausencia.
—Avísame sobre cualquier cambio, por favor.
—Por supuesto, ¿cómo puedes creer que no lo haría?
—Gracias, Elisa, por cuidarlo y por quererlo tanto.
—Cómo no quererlo, si es un niño adorable. ¿Tú estás bien?
—Sí, todo bien, gracias.
—No quiero agobiarte, pero... ha llegado la cuenta del hospital.
—Ya tengo el dinero. No te preocupes que ya lo he conseguido.
—¡Pero bueno! Eso sí que es una excelente noticia.
—Elisa, no sé qué haría sin ti. Hace meses que no te pago el sueldo, pero te aseguro que te pagaré todo lo que te debo.
—Becca, ya te he dicho millones de veces que yo estoy a vuestro lado porque os adoro; olvídate de mi sueldo.
—Llegado el momento, ya hablaremos de eso. Tengo que colgar. Haz que Alejo respete su dieta, que su alimentación es muy importante; sé que cuando yo no estoy se pone difícil y desobediente, pero no aflojes.
—No lo haré.
—Si tiene fiebre, llévalo de inmediato al médico, permanece atenta de que no aparezcan petequias y que no aumente el tamaño de sus ganglios, por favor, y si sigue con dolor de estómago, vuelve a llevarlo.
—Becca, lo sé todo. Lo estoy cuidando como lo cuidarías tú, de la misma forma.
—Lo sé. Lo siento. —Se pasó agobiada la mano por la frente—. Si no lo supiera no lo hubiera dejado contigo. Soy consciente de que me convierto en alguien obsesivo, pero no puedo evitarlo. Es demasiado difícil mantener la calma sabiendo que estoy tan lejos. Me siento impotente.
—Atiende tus compromisos. Céntrate en eso y no te preocupes por nada más. Todo está bien aquí. Nos vemos en dos semanas para el próximo ingreso.
Tras despedirse y darle mil recomendaciones a la persona que estaba a cargo del cuidado de su hijo, Rebecca Mine sentía que no le quedaban más fuerzas, pero debía seguir con la mascarada que representaba frente a los A.
«Hijo de mi vida, aunque sea lo último que haga en esta vida, prometo que conseguiré todo lo que he venido a buscar para que te cures.»
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