CAPITULO 57




Estaban juntando todas las pertenencias de Rebecca. Entre sus cosas encontraron fotografías de Alejo, que Pedro separó y se las dio a guardar a Paula en su bolso.


—¿Esto qué es? —preguntó Paula intrigada.


Ella tenía en sus manos el lector skimmer de tarjetas de crédito con el que Becca había clonado las tarjetas de Geraldine. Junto a él encontraron plásticos para imprimir tarjetas y una troqueladora manual para grabar los datos.


Pedro lo estudió y al instante se dio cuenta de qué se trataba. Para cerciorarse cogió su móvil y buscó en internet si era lo que sospechaba.


—¿Eso es para falsificar tarjetas? —preguntó Paula.


—Creo que sí. Es igual a este. —Le enseñó su búsqueda en internet—. ¿De dónde lo has sacado?


—Estaba en el fondo del armario, dentro de una caja con candado, pero este no estaba puesto.


Pedro buscó para ver qué más había.


Para completar el pasmo del descubrimiento, halló tarjetas con el nombre de su madre, y también documentación falsa con la fotografía de Rebecca y los datos de Geraldine.


Empezó a reírse disparatadamente, contagiando a Paula con su ataque de risa.


—No voy a ensuciar su memoria, pero cómo me gustaría mostrarle que Becca le robó.


Retomando la seriedad, Paula preguntó:
—¿Por qué crees que lo hizo?


—Como te conté, Becca estaba en bancarrota. Supongo que lo hizo por Alejo. Tenía muchos problemas de dinero y seguramente con esto planeaba pagar el tratamiento de nuestro hijo. Guarda todo en tu bolso. Saquémoslo de aquí. No quiero que Alejo se entere jamás de esto. Será nuestro secreto.


—No te preocupes. Jamás lo sabrá.



*****


Terminaron de cerrar las maletas y estaban bajándolo todo cuando de pronto empezaron a oírse gritos.


—Ese es Alejandro—dijo Pedro reconociendo de inmediato su voz.


Pedro bajó desbocado y, para hacerlo más rápido, saltó la barandilla y los últimos escalones.


Cuando entró en el salón, su cuñado estaba enajenado. 


Geraldine intentaba sacarlo de encima de su padre, pero sus esfuerzos eran en vano. Alejandro lo tenía en el suelo y le estaba dando trompazos, como si fuera un saco de boxeo.


Empleando toda su fuerza, Pedro logró apartarlo. Pero Alejandro estaba furioso y no dejaba de gritar.


—No te quiero cerca de nosotros. ¡Olvídate de que somos familia! Te juro que si por tu culpa le hubiera pasado algo a mi hijo o a Amelia, te mataría.


—¡Dios, Alejandro! ¿Qué pasa? Cálmate.


Geraldine ayudó a su marido a levantarse del suelo. 


Benjamin estaba pálido y muy golpeado.


—Esto también es por ti —le anunció Alejandro a su amigo—, para que no tengas que ensuciarte las manos con la basura que tienes por padres.


Se agachó y recogió un sobre del suelo. Al instante, se lo entregó a su amigo.


—Aquí tienes todas las pruebas que demuestran cada tejemaneje que estas personas —los miró con verdadera repugnancia— han llevado a cabo para alejarte de Paula.
»La chica que estaba en tu cama cuando despertaste esa mañana es la amante de tu padre. Vive en un apartamento en Miami que él mantiene, y antes era su secretaria. Te puso un hipnótico en la bebida.
Jamás te acostaste con ella. El tipo de la fiesta que abordó a Paula también lo pagaron ellos. No fue difícil rastrearlo y, además, es un idiota que cantó en cuanto se vio acorralado. Y la enfermedad de Benjamin que casi hizo que Amelia perdiese a nuestro bebé fue inventada para obligarte a venir y manejarte a su antojo.
»Y a usted, querida suegra, tampoco la quiero cerca de nosotros. Su inmoralidad apesta. Para empezar, debería aprender a cerrar su boca, y a elegir mejor a sus amantes o pagarles más, porque solo he tenido que extender un cheque para descubrirlo todo. Tome. Guarde las fotos. Las he recuperado. Al menos este ya no la chantajeará más. —Se las tiró a la cara—. No les quiero cerca ni de Amelia ni de mi hijo cuando nazca. Ustedes están muertos para mí.


Apenas Pedro reaccionó, se abalanzó contra su padre. Alejandro logro atajarlo, pero la adrenalina que corría por su cuerpo le dio el ímpetu necesario para zafarse. Agarró a Benjamin por la ropa y lo arrojó sobre la mesa de café.


—Asco. Eso es lo que siento. Mucho asco. Ambos sois dos seres despreciables.


Alejandro cogió a Pedro y, batallando, lo sacó de la casa.


Paula se ocupó de sacar las maletas, pero antes de irse se acercó a Geraldine, la miró a los ojos y le propinó un escupitajo en la cara y un puñetazo en la nariz que hizo que le saltara la sangre y que cayera de culo.


—Vieja zorra. No creo que te puedan enderezar el tabique por mucha cirugía que te hagas. Para tener tu alcurnia y ser como tú, prefiero mil veces la educación que me dio mi abuela. Contigo ni me gasto, viejo asqueroso —le dijo a Benjamin, que estaba sentado sosteniéndose la cabeza—. Alejandro te ha dejado bien advertido.





Comentarios

  1. Wowwwwww qué bolonqui!! Me encantó cómo Pedro, Paula y Alejandro los pusieron en su lugar.

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