CAPITULO 55




El día de la ceremonia civil había llegado. Ya estaba lista y le había enviado un mensaje a Pedro para avisarlo. Alejo y él estaban en la habitación contigua cambiándose también.


—¿Cómo estoy, Elisa?


—Estás preciosa. Créeme.


El sonido del golpeteo en la puerta la puso alerta. 


Seguramente era Pedro, que venía a por ella para bajar al salón del hotel donde el juez los casaría.


Respiró hondo. Estaba emocionada. Cuando abrió la puerta, quedó asombrada ante la elegancia de su hombre e intimidada por su porte. Se giró tímidamente para que él también la admirara de arriba abajo. Paula resplandecía dentro de un vestido blanco, corto, con una vaporosa falda en tul de encaje.


Su talle se presentaba muy ceñido por un corsé incorporado, de escote palabra de honor, que se advertía bajo la transparencia del realce en tul, bordado con cuentas de perlas en el busto; en la espalda, un profundo escote en forma de V remataba en una faja drapeada que acentuaba su cintura.


Había elegido para los pies unas sandalias de tacón con tiras cruzadas de la colección Jimmy Choo Nupcial, que embellecían sus pies sin florituras, con una talonera y una hebilla de cristales. Estaba peinada con ondas bien definidas, sueltas, y en la cúspide de la cabeza se había recogido algunas mechas. Para completar la vestimenta llevaba un bolso de mano bordado en perlas con un anillo de cristales como cierre.


—Eres la novia más hermosa. —Pedro la recorrió con la mirada mientras se la comía y desnudaba mil veces con los ojos—. ¿Qué opinas, Alejo?


—¡Guau! Pareces otra. Estás muy guapa.


—Muchas gracias. Vosotros también estáis muy elegantes.


Aunque era un traje gris Oxford el que Pedro había elegido, no se veía nada anodino. El corte perfecto y a medida, en combinación con los ribetes de seda de las solapas, le daban un aire presumido. Lo había acompañado con unos zapatos negros de cordón, camisa y pañuelo blanco y una corbata lisa de color negro con mucho estilo. Alejo, por su parte, vestía un traje del mismo color que el de su padre. La única diferencia era que en vez de corbata llevaba una pajarita de color negro moteada por lunares blancos.


Pedro tenía una mano tras la espalda y la mostró en el momento de entrar.


—Toma. Esto es para ti. Lo mandé preparar en la florería del hotel.


—Un ramo de novia, Pedro. No lo había pensado. Gracias por el detalle.


Ella cogió el clásico ramo, que estaba realizado con flores de colores suaves y delicados para no llamar demasiado la atención y no hacerle sombra a la belleza del vestido. Rosas, peonías y lirios lo conformaban, y hacían de él el complemento ideal.


—Ahora sí lo tienes todo.


—Vamos bajando, mi hombrecito. El doctor Rogers ha dicho que está en el vestíbulo. Dejemos a Pedro y a Paula un ratito solos —sugirió Elisa para darle unos minutos de privacidad a la pareja.


—Gracias, Elisa. No tardaremos.


Apenas quedaron solos, él la tomó por la cintura y le besó el cuello.


—Estás preciosa, muy hermosa, increíblemente hermosa —ratificó. No le salían más adjetivos.


—Tú también estás muy guapo. Eres un sueño para toda mujer. Eres mi sueño hecho realidad.


—Y tú el mío.


—¿Estás nervioso?


—Deseoso. Tengo ganas de oírle al juez proclamar que eres mi esposa. Casi mejor que bajemos de una vez. ¿Te parece?


—Tal vez tendríamos que haber llamado para contarles lo que estamos a punto hacer. Creo que debiste dejar que avisara a mamina, a Amelia y a Edu.


—Les daremos la sorpresa más tarde. Será mejor. Confía en mí. Ahora vamos. No hagamos esperar más.


Entraron en una de las salas que normalmente se usaban para las reuniones de trabajo y que habían acondicionado para la celebración del matrimonio. Pedro había mandado poner varios jarrones con flores y un escritorio donde el juez oficiaría la ceremonia. En otra de las esquinas había una mesa con algunos bocadillos para degustar después de la boda. Enfrente, a la izquierda, una pantalla gigante donde se les podía ver entrando de la mano. Y en la estancia, Elisa, el doctor Rogers y Alejo acompañados por el juez, el fotógrafo y un cámara.


De fondo musical sonaba The Calling, que cantaba Wherever You Will Go.


—Oh, Dios. Vas a conseguir hacerme llorar. Has pensado en todos los detalles —le dijo ella entre dientes.


—No llores, rubia. Todo es poco para agasajarte. Quería que a pesar de la sencillez tuvieras un momento especial para recordar este día. 


Su imagen proyectada en la pantalla de pronto cambió, y aparecieron Amelia, Alejandro, Eduardo y mamina sentados en el salón de la casa de Amelia.


Paula se cubrió la boca y las lágrimas fueron irrefrenables.


—Chis, chis, no llores. Se te va a correr el maquillaje y estás preciosa.


Paula se abanicaba con su mano. Era imposible detener la emoción.


—¿Cómo quieres que no llore, si me has dado la sorpresa de mi vida? Has hecho trampas, PedroSi se me corre la máscara para pestaña y en las fotos parezco un panda, será por tu culpa.


—Voy a matarte cuando te tenga a mano. A ti te lo digo, Pedro. ¿Cómo me haces esto? A mí, que soy tu única hermana. Habría viajado si me hubieras avisado con tiempo, pero tú nunca haces las cosas normales. Y qué decir de mi querida amiga: Dios los cría y ellos se juntan —los regañó Amelia a pesar de la emoción.


—¡Ay, Dios! ¡Lo has conseguido! —exclamó Eduardo—. Has atrapado al adonis más codiciado. Las revistas van a odiarte por bruja, Paulita. Este anonimato no te lo perdonará nadie.


—Mi amor, aunque no esté ahí contigo, no importa. Lo único que deseo es que seas muy feliz y sé que así será porque a tu lado tienes un gran hombre —le deseó su abuela, que también estaba muy emocionada—. Estás preciosa. Eres la novia más bella del mundo.


—Os quiero. Gracias por estar ahí. No puedo creerlo —dijo Paula mientras arrojaba besos a la pantalla—. Ni pregunto, porque ya sé que esto es obra tuya y de Alejandro. —Pedro le guiñó un ojo y la besó—. Gracias, Alejandro. Eres un muy buen amigo.


—En breve, tu concuñado —la corrigió Miller.


—Gracias por ayudarme con esta sorpresa, amigo. Eres un genio. Todo ha salido perfecto.


—Lo sé —aseguró Alejandro sin desmentir a Pedro—. Ni te imaginas los gritos que han dado cuando os han visto aparecer. No puedo creer lo que estoy viendo. Quiero ver y escuchar cuando digas «sí, quiero»; hasta que no pronuncies las palabras no lo podré creer.


Todos rieron.


Como el momento era muy informal, Pedro le pidió al juez que por favor comenzara.


Un pequeño discurso acerca de los deberes y obligaciones en el matrimonio, y de inmediato el magistrado formuló las palabras y votos reglamentarios para que el matrimonio fuera legal. Luego, formalmente les pidió a cada uno el consentimiento, a lo que contestaron: «Si, Acepto!».Acto seguido permitió que ambos intercambiaran sus votos, palabras que cada uno había preparado para obsequiar al otro.


—Alejo —Pedro llamó al niño y le hizo un guiño, y este se acercó entendiéndolo a la perfección.


Metió la manita en su bolsillo y sacó una caja de joyería que Paula reconoció muy bien porque era exacta a la que Pedro le había entregado días atrás. El pequeño la abrió y aparecieron dos alianzas de platino, una con un semi pavé de diamantes en la banda –la de Paula– que Pedro cogió para colocarle en el dedo junto al solitario del que ya le había hecho entrega días antes. Aclaró la garganta y le regaló unas bonitas palabras de amor:
—Te doy este anillo como símbolo de mi amor, y lo pongo en tu mano con felicidad y orgullo.
Sé que no es casualidad que nos hayamos conocido y tampoco lo es que nos hayamos enamorado. Prometo estar a tu lado siempre que las cosas se pongan difíciles, porque si nos apoyamos no nos caemos. —Pedro citó la muletilla que ellos siempre empleaban—. Con nuestros seres queridos como testigo prometo ser tu amigo, tu compañero y tu amante fiel por el resto de la vida.


Se escucharon risitas generalizadas y aplausos, y entonces fue el turno de Paula, que cogió la alianza elaborada con un diamante engastado en la banda y, junto a este, la inscripción grabada de Cartier. De inmediato, se la colocó en el dedo.


—Te entrego este anillo como promesa de amor eterno. Te pido que te quedes siempre a mi lado y, a cambio, te prometo que seré tu fiel compañera, amante y confidente el resto de tus días. Estoy dispuesta a crecer junto a ti y a cumplir todo lo que soñamos juntos.


Intercambiados los anillos, el juez formuló la declaración del matrimonio y ambos se fundieron en un beso y un abrazo que hizo desaparecer todo lo que estaba a su alrededor. Desde Estados Unidos se oía el jolgorio de sus amigos, aclamando por su felicidad. Firmaron ellos y los testigos las actas del matrimonio y luego el magistrado se despidió, tras dar por finalizada la ceremonia.


El doctor Rogers y Esther se acercaron a saludarlos, y luego Pedro cogió entre sus brazos a Alejo, tomó a Paula por la cintura y se acercó a la cámara para hablar a su hermana.


—Amelia, quiero que conozcas a este hombrecillo. Se llama por ahora Alejo Mine, pero muy pronto llevará también mi apellido. Así que, aunque aún no es formal, te presento a Alejo Alfonso.


Amelia no entendía nada. Su cerebro no podía comprender del todo las palabras que había formulado su hermano. Alejandro le apretó la mano para contenerla.


—Luego te llamo y te explico bien. O dile a Alejo que te cuente. Él te sacará de dudas. —Amelia miró a su marido con cierto reproche.


—No te enfades. Me enteré de todo ayer y era parte de la sorpresa. No podía decirte nada.


—Así es. Debía guardar el secreto hasta hoy, pero ahora saluda a tu sobrino, Amelia —la instó Pedro.


—Hola, Alejo —dijo ella dubitativa y muy afectada.


—Saluda, Alejo. Es tu tía. Amelia es mi hermana —le explicó.


—¿Debo decirle tía?


Todos sonrieron.


—No, cariño. Como conmigo, debes acostumbrarte a que tienes una tía, así que con que la llames Amelia es suficiente.


—Hola, Amelia.


—Mira —Pedro continuó con las presentaciones—. El que está al lado de mi hermana se llama Alejandro. —Miller levantó la mano con el pulgar hacia arriba.


—Hola, campeón. —Alejo imitó su saludo en retribución.


—Y además de ser mi mejor amigo, es el marido de Amelia. El otro señor que está junto a tu tía es su mejor amigo y también el de Paula; los tres son inseparables.


—Hola, precioso. Eres tan guapo como tu padre.


—Hola. ¿Por qué habla raro? —preguntó el niño sin pelos en la lengua.


—Tienes razón. Eduardo es raro y ya no lo disimula. —Todos se carcajearon—. Otro día te explico, pero ya lo conocerás más y sacarás tus propias conclusiones.


—Te prohíbo que me pongas motes; te conozco, Alfonso. No te pases conmigo. Cariño, no soy raro. Es solo que tu papá es demasiado macho.


—Basta, Edu. Deja de confundir al niño —lo regañó Paula.


—¿Es gay? —preguntó el niño con total sinceridad hablándole al oído a Pedro.


—Sí, es gay, pero no debes decirlo bajito. Eduardo te caerá muy bien cuando lo conozcas. No debes tener prejuicios.


—Sí, mi amor. Soy tu tío gay. En todas las familias siempre hay un marica y un gordo. Yo no soy gordo —dijo señalando su cuerpo—, pero soy marica.


—Cálmate, Edu. Ve despacio, que Alejo nos acaba de conocer. Le estás diciendo que eres su tío y lo lías.


—Bueno, soy tu tío postizo. El niño es inteligente, Amelia, y se le ve crecidito para saber comprender.


—Bien. Sigamos con las presentaciones —interrumpió Pedro—. ¿Ves a esa señora que está ahí llorando a moco tendido? —Alejo asintió con la cabeza—. No lo hace porque esté triste sino porque está muy feliz y emocionada de que Paula y yo nos hayamos casado. Es la abuelita de Paula.


—¿Tienes abuela, Paula? Yo no tengo abuela.


Paula tomó aire y le explicó:
—Sí, tienes una abuela, Geraldine, la mamá de Pedro. Algún día la conocerás. También tienes un abuelo, Benjamin, su papá.


—Ah. —El niño intuyó que algo no iba bien con ellos, así que no preguntó más.


—Bien. Ahora quiero presentaros al doctor Rogers, el médico de Alejo, que muy gentilmente ha accedido a ser nuestro testigo de bodas.


—Ha sido un placer. Encantado.


—Y ella es Elisa, que cuida a Alejo desde que era un recién nacido. Además, era muy buena amiga de Rebecca.


Amelia advirtió que su hermano hablaba en pasado pero no dijo nada. Solo esperaba poder hablar con Miller para que la informara de todo.


Alejo había desaparecido de la habitación, y cuando regresó lo hizo con una botella de champán y copas para brindar con los recién casados.


Hicieron un brindis virtual y, cuando Ella Eyre comenzó a cantar We Don’t Have To Take Our Clothes Off, Paula invitó a Pedro a bailar con ella, para seguir con la tradición de las bodas.


—Es cierto lo que dice la canción. Y, aunque amo estos momentos contigo... —se acercó a su oído —, sigo prefiriéndote desnuda y si estás debajo de mí mejor aún. —Ella sonrió y negó con la cabeza —. Te recordaré esta canción cuando me pidas que vaya más rápido.


—Un poco de romanticismo en este día, señor Alfonso.


—De acuerdo, señora Alfonso. Como usted lo pida.


Pedro la cogió de la mano tras apartarla de su cuerpo y la hizo girar. Quedó detrás de ella mientras se mecía al compás de la música. Después volvió a hacerla girar y la invitó a realizar algunos pasos de baile.





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