CAPITULO 56
«Somos fácilmente engañados por aquellos a quienes amamos.» MOLIÈRE
—Paula y yo tenemos que viajar a Estados Unidos. Te prometo, Alejo, que en cuanto el doctor Rogers te autorice a viajar vendrás con nosotros, pero por el momento debes permanecer aquí. Elisa se quedará contigo.
—¿Y cuándo volveréis?
—Paula vendrá antes que yo, porque tengo que trabajar, Alejo.
—Tengo miedo de que no volváis.
—No debes pensar eso. Claro que volveremos —le aseguró Paula.
—Mi mamá también me dijo que volvería y, sin embargo..., no lo hizo.
—Alejo, no debemos ser pesimistas. Lo que le pasó a tu madre fue un accidente. No tiene por qué volver a pasar.
—Volved pronto, por favor.
El niño se agarró al cuello de Pedro.
—¡No quiero que te vayas, papá! No quiero que me dejes solo.
Pedro miró a Paula. Era la primare vez que Alejo le decía papá, y se veía muy afectado por su partida.
—Hijo, debes calmarte, por favor. No llores, no estés mal, porque entonces yo también lo estaré. Comprendo tus miedos, pero... ¿y qué hay de los míos? Yo también tengo miedo. Los papás también tenemos. Oye esto. No llores y mírame. —Pedro le secó las lágrimas al pequeño y lo miró fijamente para hablarle—. ¿Me prometes que te cuidarás? —El pequeño asintió—. ¿Y cómo sé yo si en verdad lo harás y no te pasará nada? Tengo que confiar en tu palabra ¿verdad? —Alejo volvió a asentir—. De eso se trata. Debemos confiar el uno en el otro.
—¿Nos acompañas a la salida? —le preguntó Paula.
El niño dijo que sí a regañadientes y Pedro lo llevó a caballito en su espalda, agarrado a su cuello como una garrapata.
—Ahora sí. Es hora de despedirse. Te pido tu palabra de hombre. Prométeme que te cuidarás para que yo no me vaya asustado y pensando cosas feas.
Alejo había pasado de la espalda de Pedro a su cadera.
—Lo prometo, y vosotros también debéis prometerlo.
—Muy bien —dijo Paula mientras extendía su mano.
Pedro puso su mano sobre la de ella y Alejo puso la de él sobre la de ambos; Paula puso su otra mano, y Alejo volvió a posar la suya divertido y entonces Pedro bajó y cerró la promesa con la de él por encima.
—En los tiempos malos y en los buenos siempre juntos —Paula formuló las palabras—. Hoy prometemos que jamás dejará de ser así y que todos nos cuidaremos para que ninguno de nosotros se angustie.
Sin poder contenerse, Alejo se puso de puntillas y los agarró a ambos por el cuello. Pedro extendió sus brazos. Los abrazó a los dos y entre él y Paula levantaron al niño.
*****
—¿No quieres ir solamente tú? Creo que sería lo mejor. Temo que tu padre se altere y le sienta mal.— Te necesito a mi lado. Deberán aceptar que eres mi esposa. Necesito hablar con ellos de todo, y sacar las pertenencias que quedaron de Becca en la casa.
Paula suspiró estentóreo.
—Ambos sabemos que pasaremos un mal momento, y te prometo que no es por evitarlo por lo que no quiero ir, porque estamos juntos en todo. Pero me preocupa tu padre.
Llegaron a la mansión de Las Olas. Era casi media mañana cuando se personaron directamente desde el aeropuerto. Pedro entró con sus llaves y sorprendió a sus padres tomando el desayuno. Iba con Paula de la mano.
—Pedro —dijo Geraldine al levantar la vista. Benjamin bajó el diario y los miró por encima de la montura de sus lentes de lectura.
—Buenos días —saludaron Pedro y Paula. Ella se pegó al cuerpo de su esposo un tanto escondida tras su espalda. Deseaba poder pasar inadvertida, pero sabía que eso era imposible a menos que un truco de magia la hiciera desaparecer.
—Ya has vuelto. ¿No estabas en Londres? —preguntó su padre.
—Hemos venido directamente desde el aeropuerto.
Benjamin continuó leyendo.
—¿Estabas con ella en Londres? —indagó Geraldine mirándola sin ver.
—Por supuesto. Necesitamos hablar.
—Estamos desayunando, Pedro —contestó Geraldine sin querer hacerle caso.
—Ya lo veo. Pero es necesario que lo hagamos.
Benjamin bajó el diario de mala gana, lo cerró y se puso de pie.
—Si es algo de la empresa vayamos a mi despacho.
—Entre otras cosas también deseo hablar de la empresa, pero no veo el motivo por el que tengamos que hacerlo en tu despacho. Aquí todos somos dueños de los astilleros.
—Todos no.
Pedro miró a su madre para censurarla, pero no le contestó.
—Paula, Geraldine, papá, vayamos al salón, por favor.
—Ya has interrumpido nuestro desayuno. Ahora habla —dijo impaciente su madre al tiempo que se sentaba y cogía una revista para hojearla.
—Lamento deciros que no podré seguir haciéndome cargo de la empresa.
—No puedo creer que una mujer tan insignificante como ella te arrastre a hacer cosas que no benefician a tu familia —dijo su madre mientras arrojaba la revista sobre la mesa baja.
—¡¿Puedes callarte de una puta vez y escucharme?! Y deja de atacar a Paula, que no tiene nada que ver. ¿Qué mierda te pasa, Geraldine? Te crees superior y ella es, de todas todas, mucho más mujer que tú. Y por muchas razones.
—Esta mujer te ha sorbido el cerebro. Mira cómo me tratas por su culpa.
—Basta, Pedro. Me voy. No puedo tolerar que me traten así. Sabes que no lo merezco. Me estoy aguantando por ti, pero todo tiene un límite.
Paula se levantó para irse.
—Eres una grosera —le gritó Pedro a su madre. Benjamin permanecía inmutable sentado con las manos entrelazadas y con expresión aburrida—.Paula, espera. No te vayas. —La cogió por la muñeca—. Deberías aprender a tratarla con respeto —le dijo a su madre mirándola con aire de reproche—. Aunque Paula no venga de una familia acomodada, es mejor mujer que tú y no dudo de que también será una mejor madre.
—No sé qué instinto maternal puede tener una mujer a la que dejaron tirada.
—Pedro, deja que me vaya. No quiero ser grosera, pero lo van a conseguir. Voy a estallar y no quiero; por ti y por Amelia no quiero mandarlos a la mierda. Voy a decir cosas horribles. Me conozco. Déjame.
Pedro continuaba forcejeando con Paula mientras le gritaba a su madre:
—Ella no es como tú, que solo tuviste a tus hijos para cobrar tu herencia. ¿Te atreves a juzgarla? Eres una hipócrita. Discúlpate, Geraldine.
—Antes muerta.
—Discúlpate con mi esposa.
—Ya te dije una vez que eso será sobre mi cadáver. Jamás te casarás con ella.
—Te veo demasiado vivita y coleando para que me lo impidas, porque ya me he casado con ella.
Pedro levantó la mano y les enseñó las alianzas de ambos.
—¿Qué coño has hecho, Pedro? —preguntó su padre, que se había mantenido al margen del escándalo y se puso de pie.
—Oh, Dios. Te has vuelto loco. ¡Pobre Rebecca! —dijo Geraldine horrorizada.
—Sí, por supuesto. ¡Pobre Rebecca! Pero déjame decirte que es demasiado tarde para que te lamentes por Rebecca. Hace muchos años que la vida de ella se arruinó, y tú, tú y yo, fuimos los culpables. Aunque no creo que siquiera puedas sentir arrepentimiento del destino que urdiste para todos.
—¿Podemos dejar de discutir y hablar como personas civilizadas? —Benjamin intentaba encontrar un equilibrio.
Necesitaba a Pedro de su parte y encontrar la manera de sacar a esa intrusa del camino.
—Con tu mujer es imposible ser civilizado.
—Hablemos nosotros, entonces. —Hizo un gesto con la mano para invitarlo a que hablase y fulminó a Geraldine con la mirada, rogando que cerrara la boca—. ¿Por qué dices que no puedes hacerte cargo de la empresa? Te has casado. Bueno, no le veo el impedimento.
Pedro se rio socarronamente. No podía creer lo avaro y codicioso que era su padre.
—Lo único que te interesa es la empresa, ¿no? Y que tus cuentas sigan creciendo. ¿En qué mierda piensas? ¿Acaso harás construir tu ataúd con dinero el día que te mueras?
Sonó el móvil de Geraldine. Miró la pantalla y vio que era su amante. Aunque quiso disimular su nerviosismo, su hijo lo captó.
—Lo siento. Continuad vosotros con esto. No me interesa ver ni oír nada más.
—¿Qué pasa? —le preguntó Pedro de forma punzante—. ¿Es tu amante el que te llama? Por eso ahora te haces la decente y te escapas. ¿De quién es el turno? ¿Del jardinero, del personal trainer, del botones que te lleva los paquetes o del que te aparca el coche cuando vas a Bal Harbour?
—¿Cómo te atreves?
—Ahora es el momento de su actuación —le explicó a Paula—. Siempre es lo mismo. Siempre me has creído un tonto. ¿Vas a santiguarte por lo que he dicho? ¡Ah no! Si tú no crees en Dios, al menos no en tu casa, si es para dar una buena imagen y resulta conveniente ante el círculo de hipócritas que te rodea, te transformas en la devota más fiel, ¿verdad?
—Estás siendo más grosero que tu madre, Pedro.
—¿Más grosero que ella? No lo creo —sacudió su cabeza y se rio irónico—. A ella no hay quien le haga sombra; bueno, depende. Tú eres un buen contrincante.
Pedro estaba angustiado, desilusionado y harto de todo. Ya no le importaba nada.
El móvil de su madre volvió a sonar.
—Atiende, Geraldine. Demuéstranos a todos lo grosero que estoy siendo. Atiende. Pon el altavoz y tápame la boca. Haz que te pida disculpas. Te juro que lo haré de rodillas si estoy equivocado.
—¡Basta, Pedro, respeta a tu madre! —gritó Benjamin.
—Respeto, ¿me pides respeto? ¿Cuándo me habéis dado ejemplo de eso? Creo que esa lección de vida se os olvidó, porque para empezar a pedir respeto primero hay que demostrarlo y vosotros dos dejáis mucho que desear. Mírate. No eres más que un fiasco. Tu mujer te pone los cuernos en la cara y ni te inmutas. Tu usufructo en la empresa es más importante que cualquier cosa, ¿verdad?
»Terminaréis solos. Creéis que el amor se compra y estáis muy equivocados. Es muy triste saber que siempre habéis vivido sin amor.
—¿Qué sabes tú del amor? —sentenció Benjamin al borde de perder toda compostura.
—¿Tú sí lo sabes? ¿Acaso crees que esas mujerzuelas que te follas estarían contigo si no fuera por los regalos que les haces?
Benjamin se puso de pie y amagó con darle un revés. Pedro lo enfrentó inmutable.
—Basta, Pedro. Basta, por favor. Mi amor. Te lo pido yo. Basta. Esto no te hace bien. —Paula lo abrazó por detrás y forcejeó para arrastrarlo hacia la salida antes de que las cosas terminaran peor.
Pretendía que dejara de discutir.
—No voy a irme, Paula. Déjame. van a oír todo lo que he venido a decir. Estoy harto de pretender tapar el sol con un dedo como ellos procuran.
—¿Estás oyendo, Benjamin? Ahora se quiere hacer la comprensiva y llevárselo.
—No entiendes una mierda, Geraldine. Qué equivocada estás. —Las palabras mordaces y punzantes se evidenciaron en la boca de Paula como advertencia—. Tu hijo ha venido en busca de apoyo, de tu abrazo y del de su padre. —Entrecerró los ojos sin disimular su rabia—. No tenéis ni idea de por todo lo que está pasando —gritó Paula, harta de todo—. Vamos a buscar las cosas de Becca y nos vamos. Pedro, te lo pido por favor.
—Tú no tocarás ninguna cosa de Becca —le advirtió Geraldine a Paula—. ¿Quién te crees que eres?
—La que criará a sus dos hijos, porque Becca ha muerto en un accidente. —El ímpetu con el que brotaron las palabras de la boca de Pedro fue tal que salieron despedidas de sus labios y expulsó partículas de saliva con ellas—. Es sencillamente la que pondrá su vientre para salvar al que ya tenemos. Becca no abortó, y mi hijo ha crecido durante siete años lejos de mí por vuestra codicia, por el afán de poder, porque ese era el verdadero motivo por el que no queríais que ese niño naciera y que yo no me casara con ella. Esa mierda de testamento que dejó mi abuelo fue un castigo para todos, porque solo os hizo más ambiciosos de lo que erais. —Los miró con rabia y desprecio—. Y como si eso fuera poco —dijo en un estado de creciente frustración—, y no hubiera sido suficiente el castigo que le impartisteis al apartarlo de mí, ahora mi hijo tiene que luchar contra un cáncer.
Todos enmudecieron de pronto. El silencio invadió la casa de forma sepulcral.
—No os interesa nada más que vosotros mismos. No espero nada vuestro, ni siquiera pretendo que os apiadéis de él. No creáis que he venido a pediros nada. Siempre me he sentido un huérfano criado por niñeras, pero... yo seré mucho mejor de lo que vosotros habéis sido conmigo. Seré un buen padre para mis hijos.
Tras una pausa, Pedro hizo una respiración profunda.
—Ahora sí —le dijo a Paula mirándola a la cara. Ella estaba llorando y él recogió con el pulgar sus lágrimas—. Vayamos a por las cosas de Becca y nos vamos.
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