CAPITULO 49
«Un vaso medio vacío de vino es también uno medio lleno, pero una mentiras a medias de ningún modo es una media verdad.» JEAN COCTEAU
Elisa levantó la vista y vio tras el cristal a Pedro. Sonrió a desgana. Era obvio que la noticia lo había trastocado y que había tenido que alejarse para procesarla, pero ahí estaba: había regresado.
—Espérame, cariño. Ya vuelvo.
—¿Cuándo llega mamá?
—Espérame, Alejo. Ahora vuelvo.
Elisa besó al niño, lo arropó y luego salió al encuentro de Pedro. La mujer se veía sumamente afectada y temblaba.
Pedro también se veía terrible.
—Estoy aterrado. No voy a mentirle.
—Lo sé, no se preocupe. Es comprensible.
—¿Qué hago?
—En un principio lo que le dicte su corazón, pero creo que Alejo aún no debe saber quién es usted en verdad. —Él asintió con la cabeza—. Le diremos que es un amigo de Becca. Seguramente le preguntará por ella, pero estoy esperando a la psicóloga o a su médico para que me diga cómo contárselo. No debemos permitir que esto afecte a su salud, que ya es muy precaria.
—¿Cuánto de precaria?
—Hace meses que está en tratamiento. Tiene leucemia, pero la médula sigue sin funcionar.
—Creo que el viernes ella intentó hablar conmigo de esto. Me siento una basura por todo lo que le dije. Fui muy insensible.
—Estoy al tanto de todo. Usted no sabía de Alejo y ella... no habló.
—¿Por qué me lo ocultó? Yo tenía derecho a saber que tenía un hijo. Si me hubiera dicho que no quería abortar, habría estado a su lado. No sé si de la forma que ella esperaba, pero al menos hubiera asumido mis responsabilidades con el niño.
—Creo que usted, en el fondo, sabe la respuesta: sintió que solo ella quería a ese bebé y prefirió luchar sola.
—Fue egoísta. Decidió por todos.
—Supongo que sí, pero actuó de la forma que pudo. Tenía dieciséis años, señor Alfonso. Demostró una gran madurez para su edad.
—No puedo creerlo.
—Ella regresó a Estados Unidos por Alejo. Nunca lo habría hecho, si no. El niño necesita un trasplante de células madre. Lo más seguro sería que se hiciera con un hermano que sea genéticamente compatible con Alejo. Eso casi garantizaría que no hubiera rechazo en la transferencia, pero lamentablemente ese hermano no existe y hasta el momento tampoco hay ningún donante no emparentado que sea compatible. Está en las listas de donantes de médula mundiales, pero sigue sin aparecer uno que nos dé una esperanza.
—¿Entonces?
—Rebecca planeaba reconquistarlo, quedar embarazada y luego volver a desaparecer de su vida. Solo quería salvar la vida de Alejo, aunque volver a verlo creo que anidó en ella otras esperanzas. Como le he dicho, en su lecho de muerte ella nunca lo olvidó y es más que obvio: Alejo era su vivo recuerdo y eso no permitía que usted muriera en su pecho.
—Dios —se frotó la frente—. Parece que estoy metido dentro de la trama de una novela dramática.
—Lo lamento, pero por ficticio que parezca es la vida real.
—¿Y usted quién es?
—Yo llegué a Becca y a Alejo por trabajo. Hace seis años y medio que estoy con ellos. Soy la cuidadora del niño, pero me siento un poco como su tía postiza. Alejo tenía meses cuando conseguí el puesto. Vivo con ellos.
»Cuando comenzó la enfermedad de Alejo, las finanzas de Becca se vieron seriamente complicadas. La revista está a punto de desaparecer. Ella ya no puede atenderla de la forma en que lo hacía antes, y además en estos últimos tiempos también la han estafado; usted sabe que siempre hay alguien que aprovecha y hace leña del árbol caído. Hace meses que Rebecca me despidió porque no podía pagarme el sueldo, pero ¿cómo iba a dejarla si me necesitaban más que nunca? Me encariñé con ellos. No pude alejarme. Así que no me importó dejar de cobrar mi sueldo. Alejo está muy acostumbrado a mí y ellos son un poco mi vida también. Los considero mi familia.
—Gracias.
—Es un niño adorable. Ya verá cuando lo conozca. Es muy educado, además, y no da trabajo para nada. Le será fácil quererlo, se lo aseguro. Es muy listo también.
—¿Y yo no puedo donarle células madres?
—Pues deberá hacerse las pruebas. Becca no era compatible. Quizá tengamos suerte y usted sí. ¿Quiere entrar?
Él asintió con la cabeza.
****
—What’s up dude?
Pedro chocó su enorme puño con el frágil puño del niño y empleó para saludarlo el típico saludo americano que se utiliza con un amigo muy cercano. Sintió que se le aflojaban las piernas, y de pronto tuvo la necesidad de abrazarlo, de protegerlo.
—Mi nombre es Pedro. Soy un amigo de tu mamá y tenía muchas ganas de conocerte.
—Nunca me ha hablado de ti.
—¿Ah, no? Bueno, es que hemos estado mucho tiempo sin vernos. ¿Qué tal si tú y yo también nos hacemos amigos?, ¿te gustaría que continuara viniendo a visitarte?
—¿Mi mamá te dejará?
—Creo que tú mamá estará muy contenta de que tú y yo nos hagamos amigos.
—¿Y me traerás regalos?
—Todos los que tú quieras.
—Alejo, sabes que eso a Becca no le gusta. No debes ser tan interesado. Eso es feo.
—Déjeme consentirlo.
—Lo siento. Disculpe.
Pedro le guiñó un ojo a Elisa y también a Alejo.
—Elisa, ¿cuándo llega mamá? Pedro, ¿te quedarás a esperarla?
El pequeño volvió a preguntar y ambos se miraron mientras tragaban saliva.
—No lo sé Alejo. Seguro que se quedó sin batería en el móvil. Por eso no ha llamado.
—Eh, campeón, cuéntame... ¿En qué curso estás? —le preguntó él engatusándolo.
—Yo no voy a la escuela como todos los niños. Tengo una maestra que viene a casa y me enseña, y cuando estoy en el hospital me da clases aquí, si me encuentro bien. Mi mamá ha viajado a América para conseguir una medicina que me va a curar, y entonces podré ir al colegio como los demás niños.
—Yo soy bueno con los números, ¿y tú?
—También soy bueno con las matemáticas. Me gusta mucho hacer cuentas.
—Hola, Elisa. Acabo de enterarme. Lo siento mucho.
—Gracias, doctor Rogers.
—Mucho gusto. — Pedro le extendió la mano—. Mi nombre es Pedro Alfonso. Me gustaría hablar con usted. Supongo que es el médico de Alejo.
—Así es. Encantado. Los invito a mi consultorio para que conversemos más tranquilos.
—Alejo, ¿quieres que te preste mi teléfono móvil? Tengo un juego de carreras de coches que te puede gustar —lo sedujo Pedro—. Nosotros saldremos un ratito porque tenemos que hablar con el doctor. ¿Sí?
—Bueno, pero no tardéis.
—No, pequeño. Te prometo que venimos enseguida —le dijo aquella mujer demostrando en su voz el cariño con el que lo trataba.
En cuanto salieron, Pedro se dio a conocer.
—Me alegro de que esté aquí, señor Alfonso. Será difícil afrontar lo que acaba de ocurrir. Alejo y Rebecca estaban muy unidos. Su hijo lo necesitará mucho.
—Quiero ser sincero con usted. No sé cómo ser padre, pero presumo que tendré que aprender a la fuerza; acabo de enterarme de la existencia de Alejo. No sé cómo actuar. No sé nada de su enfermedad. Soy un perfecto desconocido para él, pero quiero hacer las cosas bien. Quiero darle a mi hijo todo lo que en estos años no le he dado. He sido un padre ausente por desconocimiento. No intento justificarme, pero me gustaría que supiera que no soy una mala persona. A veces en la vida uno toma decisiones desacertadas que son irrevocables, y Rebecca tomó una de esas cuando decidió ocultarme la existencia de Alejo. No sé si culparla. No sé nada. Estoy muy impresionado. Uno no se encuentra con un hijo de siete años todos los días, y el mío viene con una enfermedad terminal. Estoy superado por todo. He visto morir a Rebecca hace apenas unos minutos. »Quisiera que el día terminara y que empezara uno nuevo, pero supongo que eso no es lo que estaría deseando un hombre fuerte dispuesto a afrontar la vida contra viento y marea por su hijo.
—Cálmese, señor Alfonso. —El médico le dio una palmada en el hombro e invitó a él y a Elisa a que entraran en su consultorio—. Sé cómo debe de estar trabajando su cabeza en este momento y créame que no quisiera estar en su piel. Sé su historia y la de Rebecca. No tiene que contármela. Disculpe. Es que cuando sugerí lo del trasplante a ella no le quedó más remedio que contármela.
»La muerte de Rebecca ha cambiado de arriba abajo el día a día de la vida de Alejo, Y aquí, por mucho que usted esté mal, lo único que importa es él.
—Lo sé. Lo sé perfectamente.
—Bien. Hay que hablar con Alejo. Hay que decirle lo de su mamá. Creo que es un buen momento para que se acerque a él. Permítame sugerirle que Elisa esté presente. Él confía en ella y en este momento es la persona que más lo conoce; lleva con Alejo desde que era un bebé.
—Estoy al tanto.
—Mi sugerencia es que ella siga a su lado si es posible. No podemos arrancarlo de todo a la vez.
—También lo he pensado, pero no sé si Elisa querrá.
—Por mí, no hay problema. Como le he dicho, adoro a Alejo y no lo dejaría justo en este momento. Si usted no tiene inconveniente, yo tampoco.
Pedro la cogió de las manos.
—Gracias.
—¿Qué sugiere que le digamos a Alejo?
—La verdad. Los niños no deben permanecer ausentes al proceso del duelo. Pero hay que ayudarlos a comprender. La enfermedad de Alejo lamentablemente ha hecho que él entienda muy bien lo que es la vida y la muerte más allá de verla en la televisión o en los videojuegos. Así que entenderá perfectamente. Por supuesto, obvien ciertos detalles escabrosos; usen palabras que sean fáciles para que él comprenda, pero no inventen fantasías. Creo que primero sería bueno que él supiera quién es usted, qué lazos verdaderos los unen. Para que al menos, cuando se entere, no se sienta tan solo. Señor Alfonso, es importante que sea usted quien se lo diga, que asuma su rol. Alejo necesitará sentirse apoyado y apuntalado.
—Doctor, quiero hacerme las pruebas para saber si soy donante compatible con él. Elisa me ha dicho que necesita un trasplante.
—Analizaremos su sangre, por supuesto. Buscaremos si su tipaje HLA, Antígeno de Histocompatibilidad Leucocitario, tiene alguna coincidencia con el de Alejo. Pero debo informarle de que las posibilidades de que usted lo tenga son solo de un cinco por ciento.
****
—No soy Pedro, soy Alejo. Él está con Elisa hablando con mi doctor y me ha prestado su móvil para que juegue. ¿Tú quién eres?
—Soy... —«¿quién era ella?», se preguntó de inmediato. Recordó que él la presentó a todos como su novia en la fiesta de su madre, así que era el momento de empezar a creérselo—. Soy su novia. Mi nombre es Paula. Encantada de hablar contigo, Alejo.
Le encantó su voz. Se enamoró de él perdidamente aunque no lo conociera. Después de saber que era el hijo de Pedro, había despertado en ella un instinto maternal que obviamente la asombraba.
En aquel momento, regresaron Pedro y Elisa.
—Toma, Pedro. Es tu novia. Tiene una voz muy bonita. Adiós, Paula.
—No solo tiene una voz muy bonita. Toda ella es bonita. Ya la conocerás.
—¿Ella también vendrá a verme?
—Mañana, seguramente.
Pedro salió de la habitación para hablar tranquilo.
—Es un niño adorable, y muy guapo, ¿sabes? Tiene el mismo color de ojos que yo, y, ahora que sé para qué fue ella a Estados Unidos, no me cabe duda de que es mi hijo. No necesito un test de ADN para saberlo.
Pedro siguió contándole. Ella estaba de escala en Charlotte, esperando subir al avión de British Airways que la llevaría a Londres.
Finalmente se despidieron, y Pedro le aseguró que estaría esperándola en el aeropuerto.
Cuando colgó, llamó a Elisa para que saliera.
—No quiero parecer atrevido y dejarla sola al cuidado de Alejo, pero quisiera buscar un hotel donde pueda dejar mis pertenencias. Luego vuelvo. Debo, además, encargarme de Rebecca. Dios, debemos darle sepultura y un bonito responso —se tocó la cabeza—. No le he preguntado al doctor si Alejo podrá ir a despedirse de su madre, si es adecuado.
—Yo lo haré, señor Alfonso, y ya le aviso. Pero hay tiempo para eso. Lo primero es que usted se instale y luego hay que hablar con Alejo.
—Sí. Volveré por la tarde. Debo hacer unas llamadas. Tengo algunos compromisos. Salí tan deprisa que no me ocupé de nada. Esta noche debo ir al aeropuerto para recoger a mi novia. Le diría que usted se vaya y que yo me quedo con el niño, pero... no creo que él se sintiera a gusto conmigo. No me conoce. Debo ganarme su confianza.
—Lo sé. No se preocupe. Yo me quedo con Alejo el tiempo que haga falta. Lo ayudaré a usted como la ayudaba a ella.
—Me temo que será por mucho tiempo.
—Estaré encantada.
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