CAPITULO 48





Era de madrugada. Paula y Pedro yacían exhaustos y abrazados en la cama, entregados a los brazos de Morfeo. Destrozando el apacible silencio de la noche, el móvil de él comenzó a sonar. Lo miró y vio que era un número desconocido, así que desestimó la llamada y volvió a dormir.


—¿Quién era?


—Número desconocido. Duerme. —Le besó el pelo y la acurrucó más contra su pecho.


El móvil volvió a sonar. Fastidiado, Pedro volvió a cogerlo. 


Miró medio dormido la pantalla y pudo ver que nuevamente se trataba de un número desconocido. Pero esta vez sí atendió.


—Hola —contestó con la voz pastosa de sueño.


—¿Pedro Alfonso?


—Sí, al habla.


—Disculpe que le moleste, pero Becca me dio este número en caso de una emergencia. Me dijo que hablara con usted y que solo lo hiciera con usted.


La mujer sollozaba mientras le hablaba, por lo que obtuvo de inmediato la atención de Pedro.


Retiró el brazo con el que tenía abrazada a Paula y se sentó en la cama.


—Perdóneme por cómo le hablo, pero es que estoy desesperada. Rebecca ha tenido un accidente y está muy mal. Es necesario que venga. Yo no puedo explicárselo por teléfono, pero tenía instrucciones de que en caso de que a ella le sucediera algo debía encargarme de hacerle venir.
Créame que es necesario que lo haga.


—¿Me está gastando una broma? —Pedro estaba demasiado dormido para entender lo que esa mujer le decía—. ¿Qué le ha pasado a Becca?


La simple mención de ese nombre despabiló por completo a Paula.


—Ha tenido un accidente automovilístico y está muy grave. Los médicos no son muy optimistas.
Debe venir. Ella no tiene a nadie, usted lo sabe. Cuando alguna vez hemos hablado de si a ella le pasaba algo, me decía que lo llamara y que, por favor, no avisara usted a sus padres.


—¿Dónde ha ocurrido el accidente? ¿En Fort Lauderdale?


Pedro, a pesar de los sollozos de la mujer, notó un acento británico. Por eso preguntó sabiendo lo que le contestaría.


—No, en Londres. Becca tuvo que viajar de urgencia. Llegó hace algunas horas y, de camino a encontrarse conmigo, ha sufrido el accidente. Ha chocado contra un bus de dos pisos. El impacto ha sido tremendo.


—¿Y quién es usted?


—Mi nombre es Elisa Lowell. Soy la amiga y la persona de confianza de Becca. No puedo explicarle por teléfono. Créame que debemos hablar personalmente. ¿Vendrá?


Pedro se rascó la cabeza. No sabía qué decirle. Esa mujer parecía sincera o, si no, era una excelente actriz.


—¿En qué hospital está? —Elisa le dio el nombre.


—¿Vendrá, señor Alfonso? —insistió nuevamente.


—Err... ¿Este es su número de teléfono?


—Sí, es mi móvil.


—Enseguida la llamo.


—Por favor, señor, vuelva a hacerlo. Se lo ruego. No sé qué hacer. Estoy desesperada.


—La vuelvo a llamar.


Pedro colgó el teléfono y se quedó pensativo. Él tampoco sabía qué hacer.


—¿Qué pasa, Pedro?


Sin contestarle, se levantó de la cama y fue en busca de su portátil. Lo encendió y buscó información del hospital. Mientras apuntaba el número de teléfono, Paula apareció en la sala.


—¿Vas a decirme qué es lo que pasa?


Marcó el número y le dijo a Paula que esperara.


—Buenas noches. Necesito información de una persona que ha ingresado tras un accidente de coche. Su nombre es Rebecca Mine.


—Pero bueno... ¡esto es lo que faltaba! Que ahora corrieras tras ella.


—¿Puedes esperar, por favor? No oigo lo que me dicen.


Le corroboraron que Rebecca Mine estaba hospitalizada y que su estado en el momento de ingresar era muy delicado, pero no le dieron más información por no tratarse de un familiar.


—¿Qué vas a hacer?


—No lo sé. Está muy mal. Me han dicho lo mismo que esa mujer que ha llamado.


—No es tu problema.


—Es un ser humano. No tiene a nadie. Se trata de solidaridad.


—¿Y por qué tenía que llamarte esa mujer justo a ti? ¿Por qué no ha llamado a tus padres?


—Tenía instrucciones de Rebecca de llamarme a mí, y me ha pedido que no les avise a ellos.


Paula estaba enfurruñada y visceralmente celosa. Le dio la espalda.


—Paula, oye. Mírame. Es un acto humanitario —intentó explicarle pero ella no lo quería escuchar.


Se apartó de él y volvió al dormitorio. Desde allá oyó cómo volvía a hablar con esa mujer.


—Señor Alfonso, qué bien que haya vuelto a llamarme. ¿Va a venir?


—No entiendo por qué ella le pidió que se comunicara expresamente conmigo, pero... iré.


—Oh, muchas gracias. Créame que no va a arrepentirse de venir.


Pedro colgó la comunicación y se trasladó al dormitorio. 


Paula estaba acostada de lado.


Permanecía en silencio.


—No quiero que estés enfadada.


—De pronto, has sacado tiempo para irte a Londres.


—Es una emergencia.


—Ten cuidado, Pedro Alfonso. Puede que cuando regreses no me vuelvas a encontrar.


—No quiero que te quedes mal, pero voy a ir de todos modos. Esa mujer ha sido muy insistente. bIré, Paula. Tengo que hacerlo. Es un ser humano que no tiene a nadie en la vida.


—A veces simplemente una se cansa.



****


Pedro llegó a Heathrow en un vuelo de British Airways a las 7:35 de la mañana, hora de Londres.


No había conseguido ningún vuelo directo, así que había hecho escala en Tampa para coger un segundo avión que lo habría de llevar hasta su destino. Se preparó para retirar su equipaje y desde allí llamó a Elisa para avisarle de que ya había llegado y que se dirigía al hospital.


—Acabo de aterrizar en Heathrow. En poco más de una hora estaré ahí.


—Dios lo bendiga. Estaré aquí esperándolo.


También llamó a Paula, pero esta se negó a atenderlo. Se había quedado muy cabreada. De todas formas, le envió un mensaje.


He llegado. Voy camino al hospital. Te amo, no lo dudes nunca.


Ella leyó el mensaje, pero no le contestó.


Pedro estaba exhausto. Había dormido muy poco durante el vuelo. Le dolía la cabeza, seguramente un poco por los nervios y otro poco por el jet lag. Su desorden del sueño era claramente advertido por su cuerpo. En cuanto llegó al hospital, se acercó a una máquina expendedora, metió dinero y compró un agua, con la que se tomó un analgésico para contrarrestar el malestar.


Sacó su móvil y le envió un mensaje a Elisa. Luego hizo sus averiguaciones y en recepción le indicaron cómo llegar a la Unidad de Cuidados Intensivos. En cuanto traspasó la puerta, una mujer de unos cuarenta años, calculó, se le acercó.


—Señor Alfonso, soy Elisa. Gracias por venir.


La mujer le extendió la mano pero se quebró de inmediato.


Se puso a llorar y Pedro, sin saber qué hacer ni qué decirle, le apoyó la mano en el hombro.


—Cálmese, Elisa. ¿Tan mal está?


—Muy mal. Los médicos no entienden cómo sobrevivió al choque. Fue espantoso. Colisionó contra un bus de dos pisos que iba descontrolado. Ella venía hacia aquí para encontrarse conmigo. Al parecer el autobús nada tenía que hacer en aquel lugar. Estaba fuera de su recorrido. Sufrió un aplastamiento de tórax con el volante y se le perforaron en varias partes los pulmones. También tiene una contusión severa en el cráneo, fractura de fémur, de clavícula y de tobillo.


—¿Podré verla?


—Venga conmigo. Ya he avisado a las enfermeras de que usted vendría. Acompáñeme.


Entraron en un área restringida, donde solo personas con autorización podían hacerlo. Elisa le pidió que lo aguardara en una antesala y Pedro vio que cuchicheaba con una enfermera. No obstante, fue imposible oír lo que le decía. Luego ella volvió a aproximarse.


—Ya está. Venga conmigo. Vamos a higienizarnos y a ponernos ropa estéril para entrar a verla. Deje su maleta aquí.


Cuando entraron, Pedro no pudo más que llevarse las manos a la cabeza: Becca estaba irreconocible. Se sentía consternado ante la visión de una Rebecca sumamente lastimada y amoratada.


Se acercó a la cama y tomó su mano. Lo hizo con mucha suavidad, porque tenía cortes ahí también.


—Becca, soy Pedro. No sé si me oyes, pero estoy aquí. No estás sola. Tienes que ponerte bien —le dijo apiadándose de ella sin obtener respuestas.


—Ahora vendrán los médicos —le informó Elisa—. Seguramente, para hablar con usted. Lo siento. Sé que debí pedirle autorización, pero... tuve que mentir para que le dejaran entrar. Dije que era su prometido.


—Está bien. No hay problema.


Elisa se acercó al otro lado de la cama y le acarició la cabeza.


—Vamos amiga. Sé fuerte. Te necesitamos. Mira que eres rebuscada. Por qué no utilizaste una forma menos complicada para lograr traerlo aquí. Pedro está a tu lado. Abre los ojos. —Elisa levantó la vista y miró al afamado modelo—. Nunca lo olvidó —le explicó al borde del llanto—. Háblele, por favor. Tal vez lo escuche y despierte. Necesitamos un milagro. Ya le explicaré por qué.


Pedro continuaba sin comprender demasiado lo que aquella mujer decía, pero, piadoso, atendió su solicitud.


—Becca, vamos, nena, despierta. No te des por vencida. Estoy aquí junto a Elisa, que debe de ser una muy buena amiga porque me llamó de inmediato. No sé cómo, pero consiguió que cogiera un avión y que ahora esté a tu lado.


Una lágrima descendió por las sienes de Rebecca.


—Creo que nos está escuchando —dijo Elisa esperanzada—. Continúe hablándole, por favor.


De pronto el monitor empezó a emitir un extraño sonido, por lo que la enfermera acudió de inmediato. Se apartaron de la cama y la mujer oprimió de inmediato un botón para que sonara la alarma.


—Está en paro cardíaco —informó esta cuando llegó otra enfermera y dos médicos más.


Hicieron maniobras de resucitación en vano: la línea horizontal que podía leerse en el monitor era lapidaria y brutalmente reveladora. La vida de Rebecca Mine acababa de llegar a su fin.


—No, no, Becca, no, no puedes morirte. Alejo te necesita. Por favor, amiga, no nos dejes. ¿Qué va a ser de él si tú no estás para cuidarlo?


Pedro contuvo entre sus brazos a aquella mujer sin entender bien lo que decía. Él también había derramado unas lágrimas. No era fácil asimilar que había asistido al momento en que su vida se apagaba. Después de que los médicos se separaran y declararan la hora de la muerte, los dejaron solos. Él se acercó y le besó la frente.


—Lo siento. No es justo todo lo que te pasó.


—Por supuesto que no es justo. Nada en su vida ha sido justo —apostilló Elisa.


—Yo me encargaré de todo. No se preocupe por nada.


—El funeral de Becca no es su mayor problema, señor Alfonso. Créame. Sus verdaderos problemas comienzan ahora.


—¿Qué quiere decir con eso?


—Dios, ¿cómo va a seguir todo esto ahora?


Los hicieron salir de la habitación.


—Elisa, creo que usted tiene algo más que decirme. Lo intuyo. Hay varias cosas que ha dicho que no logro comprender.


—Deje que me tranquilice. No puedo seguir así. Necesito que conozca a alguien.


—¿Quiere que le consiga agua?


—Por favor.


Ella lloró por un largo rato y, tras lograr recomponer el semblante, le pidió a Pedro que la acompañara. Se dirigieron a la parte pediátrica del hospital. Pedro fue leyendo los carteles que colgaban sin decir nada, incluido el último, que decía: «Unidad de Oncología». Su corazón palpitaba
receloso, pero aun sabiendo que algo iba a suceder, no se atrevía a preguntar.


—Debemos higienizarnos. Esta es un área de enfermos que tienen las defensas muy bajas y hay que asegurarse de no introducir gérmenes. Aquí están hospitalizados los niños burbuja.


—¿Quién está aquí?


—Venga conmigo, señor Alfonso.


Estaban tras un cristal, y allí descansaba un niño con evidencias de haber recibido quimioterapia por su calvicie.


—Le presento a Alejo. Es el hijo de Becca, y... su hijo.


—¿Qué mierda está diciendo?


—Le ruego que se tranquilice. Alejo es muy perceptivo y acaba de vernos. —Elisa le hizo una seña a modo de saludo tras el cristal y le lanzó un beso. El niño se veía frágil, somnoliento y demacrado—. ¿Ahora se da cuenta de por qué debía venir?


—Esto tiene que ser un error.


—Alejo acaba de cumplir siete años. No es muy difícil atar cabos si calcula las fechas, ¿verdad?


—No es posible. Becca abortó, Becca abortó —volvió a decirlo, más para convencerse él mismo.


—No lo hizo, señor Alfonso. Alejo nació y vivió sano y feliz hasta hace unos meses, en que detectaron que padece leucemia.


Pedro jamás había sentido tanto temor, jamás una noticia había causado tanto impacto en él, jamás en su vida se había sentido tan desestabilizado.


—Tengo que irme, lo siento —dijo desesperado mientras comenzaba a sacarse la ropa estéril que le habían proporcionado. Se arrancó la mascarilla, sintiendo que el aire no entraba en sus pulmones.


Estaba asfixiándose.


Era un cobarde, sí, lo sabía. Pero aun así no había podido detenerse, no. Sus pies no respondían a las órdenes que su cerebro enviaba. Tenía que alejarse. Tenía que huir.


En su estampida no paró hasta llegar al vestíbulo principal, donde se agarró del pasamanos y se dejó caer en la escalera. La noticia lo había aniquilado. Se sostuvo la cabeza con ambas manos mientras intentaba comprender.


Las palabras resonaban aún en su cerebro de manera reiterativa; irónicamente, poco a poco comenzó a vislumbrar que por pocas que fueran habían cambiado su vida de forma radical. No había sido un gran discurso, tan solo una frase:


«Es el hijo de Becca, y... su hijo», había dicho aquella mujer.


Se puso en pie y, sin mirar si en su camino se llevaba por delante a alguien, salió a la calle.


Necesitaba nutrir sus pulmones con oxígeno, necesitaba armarse de valor, necesitaba pensar.


De manera inconsciente cogió el teléfono y tecleó un mensaje.


Rebecca ha muerto. Voy a llamarte. Por favor, atiéndeme. Es importante.


—Paula, ha ocurrido algo.


—Sí, ya me has dicho que ha muerto. Lo siento. Lamento haberme enfadado tanto cuando te fuiste.


—Ha ocurrido algo más. Acabo de descubrir algo y no sé cómo reaccionar. No sé por dónde empezar. Estoy descontrolado, aturdido y solo pude pensar en huir. Estoy fuera del hospital. Dios mío, esto no puede ser posible. Parece un sueño todo lo que estoy pasando. Si al menos estuvieras aquí a mi lado. Sé que me darías tu fuerza.


—No entiendo nada, Pedro. ¿De qué cuernos me estás hablando?


—Acabo de enterarme de que...


—¿De qué, Pedro? Dímelo de una vez.


—Tengo un hijo, Paula, un hijo de siete años. Rebecca nunca abortó —le dijo entre llantos—. Y eso no es todo: está enfermo. Tiene cáncer.


Un suspiro sonoro escapó de la boca de Paula.


—Esa mujer que me llamó me ha llevado a verlo. Está internado en el hospital también. ¿Qué hago? Dime, qué hago.


—Lo único que debes hacer es darte la vuelta y regresar.


—¿Y si no es mío?


—Te juro que si estuviera ahí ya tendrías los testículos en tu garganta. Nadie puede estar mintiendo con algo así. Además, es fácil de comprobar: te haces una prueba de ADN y listo. Mierda, Pedro, debes volver. Debes hacerlo. Ese niño acaba de perder a su madre; está solo en la vida. Eres lo único que tiene ahora.


—Te necesito aquí conmigo, Paula. Usa la cuenta del restaurante para comprar un pasaje









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