CAPITULO 47
«El recuerdo de las cosas pasadas no es necesariamente el recuerdo de las cosas tal y como ocurrieron.» MARCEL PROUST
Había llegado de Utah de madrugada y había dormido muy poco, de modo que ya se había bajado una jarra de café por la mañana para mantenerse despierto. Era mediodía. Había hablado con Paula y ahora se disponía a comer un sándwich. Mientras tanto, sacó su móvil y buscó el número de Rebecca para llamarla y cancelar la entrevista. Le pasaría el número de algún modelo amigo para que lo sustituyera en el reportaje y la revista saliera en la fecha prevista.
«Lo sentimos. El número que usted ha marcado no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio.»
Lo intentó varias veces más pero el mensaje de la operadora siempre le decía lo mismo. Llamó a su madre.
—Geraldine, ¿Becca está por ahí?
—No. Debe de estar en su oficina.
—La llamo al móvil y me contesta la operadora.
—Estará en algún sitio donde no tiene señal.
—Seguramente.
*****
La mañana había empezado muy tranquila. Sabía que ese día llegaba Pedro de Utah y que había prometido llamarla. Rebecca estaba decidida a hablar con él, a sincerarse y a contarle todo. Si él no la llamaba, lo haría ella. No iba a dejar pasar un día más. El fin de semana había hablado con Alejo y él le había preguntado si ya había conseguido la medicina que lo curaría. Esas palabras, la ilusión que su hijo abrigaba, la habían hecho decidirse a decirlo todo. Pedro no podría negarse a ayudarla.
Pero, a media mañana, una llamada de Elisa cambió todos sus planes. Con lo puesto, se dirigió al aeropuerto para conseguir un pasaje de avión y viajar de urgencia a Londres: Alejo había empeorado.
Lloró durante todo el camino. Estaba aterrada, desesperada y sola, como siempre: tal vez si se hubiera animado a hablar con Pedro el viernes, él ahora estaría sentado a su lado acompañándola.
Apartó esos pensamientos de su cabeza y los centró en su hijo: él era el verdadero sentido de su vida
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Pedro terminó su frugal almuerzo. Se acabó la lata de refresco que estaba bebiendo y la tiró a la papelera. Tenía pensado dar una vuelta por la planta de ensamblaje y luego se pondría a repasar la entrevista que debía dar por la tarde a la revista Yachting, que se había adelantado un día.
Unos nudillos golpearon su puerta.
—Adelante.
No entró nadie. Sin embargo, volvieron a golpear. Pedro volvió a dar paso a quien fuera, pero nadie entró tampoco, así que salió del escritorio y abrió la puerta.
Emoción, sorpresa y una felicidad indescriptible fue lo que sintió al verla sonriente cuando de inmediato se echó en sus brazos. Paula lo había sorprendido y estaba ahí.
Se abrazaron y se besaron desaforadamente. Él cerró de un puntapié la puerta, mientras no paraba de besuquearla por el rostro y el cuello.
—¿Qué haces aquí?
—Estamos rodeados de gente que nos quiere mucho, ¿sabes? Amelia le pidió a Alejandro que pusiera su avión a mi disposición para que viniera a verte y, como él la consiente en todo ahora que está embarazada, aquí estoy. —Volvieron a besarse. Cuando apartaron sus bocas, ella continuó— Tu hermana dice que no me aguantaba más con cara de ternero degollado, que estaba insoportable y que si pasaba otra semana más sin verte corría riesgo mi salud mental y la suya.
—Te he añorado mucho. Ahora me doy cuenta de cuánto. Ahora me doy cuenta de cómo te he necesitado, Paula.
La pasión se desató y no pudieron detenerse. Ambos se habían anhelado demasiado. Pedro la poseyó de pie contra la puerta. Parecía un toro desbocado que solo quería dar cornadas a quien se le cruzara por delante. Claro que no eran cornadas exactamente lo que le daba a su rubia debilidad, sino potentes embestidas con su sexo palpitante y duro. La penetró de forma violenta, casi animal. Al ritmo que empujaba dentro de ella, contra ella, su torrente sanguíneo bombeaba sangre de manera inaudita. La mordía, la estimulaba con los dedos, le pellizcaba los pezones a través de la ropa, le acariciaba el clítoris sin dejar de clavarse en ella. Llegaron al éxtasis muy rápido. Ambos se habían deseado demasiado.
Estaban en el baño limpiándose, sin poder dejar de darse besos cortos.
—Espero que Susane no nos haya oído.
—Cuando he entrado, ha cogido su bolso y ha dicho que se iba a almorzar.
—Perfecto, porque hemos sido bastante ruidosos.
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Llegó al aeropuerto de Londres pasadas las diez de la noche. Tenía el corazón en la boca. Habían sido más de doce horas de vuelo que se habían hecho interminables. La salida fue muy rápida, ya que no tenía que recoger equipaje; en la puerta de acceso, una ráfaga de viento la envolvió y la hizo tiritar. Cogió un taxi y en el camino llamó a Elisa; antes de ir al hospital quería pasar por su casa a vestirse de manera apropiada para el clima de Londres. Estaba muerta de frío.
—Ya estoy en Londres. ¿Cómo está?
—Aún sigue con fiebre muy alta. No se la han podido bajar.
—Me cambio y voy para allá.
—Tranquilízate. Ya estás aquí y yo no me apartaré de él.
Llegó a su apartamento en el residencial barrio de Knightsbridge y empezó a abrigarse a la carrera. Solo quería llegar cuanto antes al lado de su hijo. No sabía por qué pero tenía la sensación de que no tenía más tiempo. Se puso unos zapatos planos de cordones en cabritilla blanca, un pantalón de cuadros blancos y negros y una camisa de lino. Buscó un abrigo de lanilla no muy pesado y metió en el bolso un jersey por si más tarde le entraba frío. Se llevó también sus objetos personales de aseo, porque sin duda le esperaban varios días en el hospital junto a Alejo, así como una muda extra de ropa. Razonó que era suficiente. Cualquier cosa que le faltara se la pediría luego a Elisa. Cogió las llaves de su coche y salió desbocada hacia el garaje.
Condujo hacia el hospital casi por instinto. A esa hora las calles no estaban muy congestionadas, por lo que supo que muy pronto llegaría al Royal London Hospital. Ansiaba más que nada en la vida ver a Alejo. Seguro que estaba aterrado. No le gustaba nada que su mamá no estuviera con él cuando estaba hospitalizado.
Circulaba por la A4, a la altura de la Corte Real de Justicia de Londres, cuando un bus de dos pisos, que parecía fuera de control y que además venía a toda velocidad, perdió la dirección definitivamente e, invadiendo su carril, embistió de lleno el coche de Becca. Los momentos que siguieron a la colisión parecieron transcurrir muy lentamente. Rebecca no había tenido tiempo de atinar siquiera a dar un volantazo.
Todo lo que vio antes de chocar fueron dos luces enormes que la cegaron por completo; luego, su visión se convirtió en un agujero negro en el que caía y del que no podía salir. Los airbags se activaron, pero el impacto fue tan grande que sirvieron de bien poco.
Durante los últimos instantes en que permaneció consciente, sintió que su cuerpo no le pertenecía.
Estaba empapada. Un líquido caliente chorreaba por su cara y su pecho estaba oprimido. No podía moverse. El coche era a simple vista un amasijo de hierros retorcidos y no parecía posible que quien lo ocupara pudiera haber salvado la vida.
No tardaron en acercarse a ayudarla algunas personas que merodeaban por el lugar, pero era imposible hacer nada por ella. El automóvil estaba convertido literalmente en chatarra. Comenzó a sentir las voces cada vez más lejanas, hasta que finalmente dejó de hacerlo.
En pocos minutos los socorristas y los sanitarios llegaron, y una gran cantidad de gente fue apartada para que los bomberos pudieran trabajar con martillos neumáticos y de esa forma liberaran a Rebecca, que yacía inconsciente y muy malherida. El conductor del bus también estaba herido, pero no parecía de gravedad. Por suerte, en el momento del accidente iba sin pasajeros.
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