CAPITULO 43
«Cuanto más poder se tiene, más peligroso es el abuso.» EDMUND BURKE
Concluyó otra semana entre sesiones fotográficas para diferentes marcas y reportajes para conocidas revistas de moda. Pedro estaba tratando de no desaprovechar nada de lo que le salía; ya había reunido todos los requisitos para los préstamos del restaurante y ya se los habían otorgado. Todo parecía marchar viento en popa.
Estaba llegando de noche a casa de Paula cuando sonó su móvil. Miró la pantalla y de inmediato exhaló un resoplido antes de contestar a través del manos libre.
—Hola, Geraldine.
—Pedro, tienes que venir. Tu padre no quería que te avisara, pero está en el hospital. Ha sufrido un infarto.
—Cálmate, mamá. ¿Cómo está papá?
—Le están haciendo pruebas. Yo ahora no estoy con él. Me han hecho salir. Ven, Pedro. Te necesitamos aquí. Estoy sola porque Becca ha tenido que irse a resolver unos asuntos en Londres. ¿Avisas tú a tu hermana o la aviso yo?
—Yo me encargo. Voy lo más pronto que pueda.
Aparcó su coche y quedó pensando en la situación: quería a su padre a pesar de todo y de las diferencias que pudieran existir entre ellos, y no deseaba que le pasara nada malo.
Entró en el apartamento de Paula y ella le gritó desde el baño.
—¡Estoy duchándome!
Un profundo silencio inundó la casa. Pedro se dejó caer en el sofá y se cogió la cabeza con las manos; luego, con movimientos inconscientes, se dirigió al baño.
—¿Me has oído? ¡Estoy aquí! —volvió a gritar Paula.
—Sí, te he oído.
Ella corrió la mampara de la ducha para verlo. Había notado algo extraño en su voz.
—¿Qué pasa, Pedro? No tienes buena pinta.
—Acabo de hablar con mi madre. Mi padre ha sufrido un infarto.
—Oh, cuánto lo siento. ¿Cómo está? —terminó de enjuagarse rápidamente.
—Solo sé eso. Le estaban haciendo pruebas en el momento en que mi madre me llamó.
Paula cerró el grifo rápidamente. Cogió una toalla, que enroscó en su cuerpo, y Pedro, de inmediato y como un poseso, se acercó hasta ella para fundirse entre sus brazos.
Paula lo recibió en su cobijo y le acarició la espalda. Su chico estaba sumamente acongojado y la necesitaba.
—No quiero que le pase nada.
—Lo sé. Sé cómo te sientes. Debes calmarte. Tu padre es joven y seguramente superará este escollo.
—Tengo que avisar a mi hermana.
—Mejor avisa a Alejandro. Tal vez la noticia pueda afectar a su embarazo; deja que él lo haga.
—Sí, creo que tienes razón.
—Déjame secarme y ya estoy contigo.
Paula apareció en la sala vestida con un vaquero desteñido y una camiseta de tirantes.
—¿Has hablado?
—Sí, Alejandro ha pedido su avión privado y se encarga de hablar con Ameliaa. En cuanto sepa a qué hora viajamos, nos llamará para que vayamos al aeropuerto. Ahora estoy intentado hablar con mi madre y me atiende directamente el contestador; lo mismo con el móvil de mi padre.
—Tranquilízate. Todo debe de estar bien, sino tu madre ya te hubiera llamado.
—Mierda, Geraldine. ¿Qué coño le pasa a tu móvil? ¿Por qué no me atiendes? —gritó mientras volvía a intentar comunicarse.
—Cálmate, Pedro. Sé cómo te sientes; sé que cada minuto que pasa parece una eternidad.
—Él y yo no nos hemos llevado bien, pero es mi padre y lo quiero.
—No tienes que justificar conmigo tus sentimientos; de hecho, me enfadaría mucho saber que no los tienes. Y no hables en pasado. Te lo prohíbo.
****
—Necesito encender mi móvil, Benjamin.
—Pero, ¿es que no lo entiendes? Déjalo así. Necesitamos jugar con la desesperación de Pedro.
—Está bien. Haré una llamada desde aquí antes de irme. Están esperándome mis amigas.
—Que te diviertas. Yo también tengo que hacer. No creo que lleguen hasta la madrugada, pero por si acaso no vengas muy tarde. No tardes más de dos horas y no enciendas tu móvil.
—No lo haré. Ya lo he entendido. Podríamos haber esperado a mañana para hacer esto. No entiendo por qué te has empecinado que justo tenía que ser hoy; yo tengo un compromiso y ahora no podré disfrutar de él porque deberé estar mirando el reloj cada dos por tres.
—Deja de quejarte, Geraldine, y vete de una vez. Así no pierdes más tiempo.
—Por cierto, me he olvidado de comentarte: hoy he querido retirar dinero de un cajero y me ha dicho que mi límite diario estaba superado. Creo que pediré cambiar la tarjeta. Últimamente estoy teniendo varios problemas con ella.
—El problema no es la tarjeta sino tú, que no tienes límite en tus compras.
—Con mi dinero hago lo que me da la gana.
—Pues, querida mía, tu dinero ya no existiría si yo no lo hubiera sabido multiplicar.
—Adiós, Benjamin. Se me está haciendo tarde y no tengo ganas de oír tu perorata del yo. Me aburres con eso. Deja de quejarte que ese usufructo que dejó mi padre fue muy favorable para ti y me lo debes a mí. Así que no sé quién debe más en esta sociedad conyugal que tenemos.
—¿No haces la llamada que ibas a hacer?
—No.
En menos de treinta minutos Geraldine Mayer estuvo en el estacionamiento del St. Regis Bal Harbour Resort, donde tenía reservada la Suite Junior. Subió hasta la habitación y allí encendió el móvil por unos instantes para enviar un mensaje y luego volvió a apagarlo.
Escudriñó rápidamente en el lugar. Reforzó su perfume y su carmín y luego salió al balcón para aspirar un poco de aire fresco.
El sonido de los nudillos chocando contra la puerta se hizo patente, por lo que Geraldine abandonó la vista de la noche en Bal Harbour para ir a abrir. Antes, se arregló el cabello y el escote, y, caminando con sensualidad, abrió la puerta.
—Hola —dijo él mientras la estudiaba de punta a punta. Geraldine era una mujer incluso mayor que su madre, pero debía reconocer que se mantenía en muy buena forma.
—Pasa, Raul —consiguió decir ella claramente afectada por su mirada.
Pero qué malditos lis viejos. Muy buenos los 3 caps
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