CAPITULO 41




Los días que siguieron fueron bastante ajetreados. Pedro estaba obsesionado por concretar el proyecto del restaurante, y parecía que nada iba a alejarlo de su propósito. Paula había intentado persuadirlo para que consiguiera un sitio que no implicara endeudarse tanto, pero él había refutado todas sus objeciones.


—No existe inversión sin riesgo.


—Pero tú estás arriesgando en esto casi todo lo que tantos años de trabajo te ha costado conseguir. Estás comprometiendo tus ahorros y eso implica condicionarte financieramente en el presente y en el futuro.


—Seguiré trabajando hasta que la liquidez del proyecto empiece a hacerse patente. Necesito que me apoyes. Créeme que si pierdo esto no importaría.


—Sabes que tienes mi apoyo.


—Entonces confía en mí. Una inversión de mayor riesgo siempre tiene mayor rentabilidad. Te aseguro que es un negocio muy provechoso y que pronto recuperaremos todo lo que hayamos invertido.


—Lo que hayas invertido, querrás decir.


—¿Por qué eres tan terca? Es nuestro proyecto. Ya llegará tu hora de invertir tu tiempo en esto. ¿Has leído el informe de planificación que te envié?


—Sí, lo he leído, y me he quedado asombrada de lo bien que manejas todo el lenguaje financiero.


—Ya te he dicho que solamente me faltó presentar la tesis para conseguir el título. Aunque debo reconocer que tomé aquella decisión tan controvertida más para hacerle una putada al viejo Alfonso que en mi propio perjuicio. Recuerdo que era insoportable convivir con él y yo estaba con todas las hormonas revolucionadas y en pleno proceso de rebeldía. Plantarle cara con los estudios casi hizo que me desheredara, de haber podido hacerlo.


—¿Y qué se lo impidió?


—Te contaré algo que solo sabe la familia. Mi abuelo ansió siempre que los astilleros pasaran de generación en generación; mi madre, por ser mujer, no podía continuar con el apellido. Por eso él extendió la línea de sangre a los Alfonso. Cuando mi padre se casó con ella lo benefició con un usufructo: siempre y cuando ellos mantuvieran el matrimonio. Eso te permitirá hacerte una idea de por qué permanecen juntos contra viento y marea.
»Cuando mis padres se casaron, mi madre no quería perder su figura teniendo un hijo. Así que mi abuelo le puso un cepo a su herencia con el único fin de que ella diera otro heredero para que en el futuro llevara a cabo la dirección de la empresa. Por otra parte, la compañía siempre pasa al Alfonso más joven. Legítimamente, soy el dueño de todo. Pero no puedo tomar posesión hasta que mi padre no muera o no nazca otro Alfonso. Si mi padre tuviera hijos extramatrimoniales, quedarían fuera de este arreglo. Esto solo beneficia a los Mayer-Alfonso.


—¿Estás de broma? Pero eso es injusto para Amelia, como lo fue para tu madre por ser mujer.


—Lo sé, pero así lo estipuló mi abuelo. De todas formas, Amelia participa de todas las ganancias de la misma manera que yo. Todo es equitativo monetariamente; es un poco complicado de explicar, pero lo cierto es que nuestro patrimonio lo gestiona completamente nuestro padre. Por ahora solo recibimos un porcentaje ínfimo, si bien él está obligado a darnos una vida holgada.


—¿Y si tu padre hace una mala gestión y vuestras ganancias se esfuman?


—Eso no es posible. Mi abuelo pensó en todo cuando redactó su testamento. Mi padre no puede poner en riesgo el patrimonio ganancial. Nuestras ganancias no se pueden tocar, y además hay una cláusula que indica que la condición para que nosotros podamos hacer uso de ellas es traer otro descendiente al mundo. De esa forma, se nos obliga a continuar con la línea sucesoria.


—O sea, que el bebé de Amelia ahora pasará a ser el dueño y tú dejarás de serlo.


—No —la besó en la frente—. Ella interrumpe el apellido por ser mujer, pero el bebé liberará nuestras ganancias. Eso está estipulado en otra cláusula. La línea sucesoria para la gestión de la empresa es inalterable. Yo soy el más joven de la línea sucesoria de mis padres. Por eso soy el próximo que deberá manejar los astilleros. Y mi sucesor será el menor de mis hijos varones.


—¿Y por qué el menor?


—Supongo que eso fue porque al nacer Paula mujer, querían obligar a mi madre a volver a procrear.


—¿Y si tú tienes solamente hijas mujeres?


—Los Alfonso estamos obligados a buscar un descendiente varón para que no se pierda el patrimonio.


—¡Qué enredo! —Paula se tocó la cabeza pensativa—. Qué jodido resultó ser tu abuelito. Es un poco frío todo lo que tramó, y competitivo, además de discriminatorio con las mujeres.


—Estoy totalmente de acuerdo. Pero en aquella época era impensable que una mujer dirigiera una empresa. Mi abuelo compró el apellido Alfonso con este arreglo. Se dejó seducir por la inteligencia de mi padre y lo quería mezclado con su sangre como fuera.
»Justo después de que naciera mi madre, mi abuelo sufrió un cáncer que lo dejó estéril. Por eso no hubo más descendientes de los Mayer.


—No puedo creer lo que me estás contando. Siempre pensé que esto solamente sucedía en las novelas. Me hace recordar las novelas históricas y los títulos de nobleza. Ahora entiendo por qué tus padres se creen que tienen sangre azul.


—Te lo he dicho. Mi familia no es una familia normal.


Los dos se rieron sonoramente.



****


El miércoles por la noche se habían enzarzado en una fuerte discusión porque Pedro quería poner la propiedad del One57 a nombre de los dos. La disputa terminó con un portazo de Pedro porque Paula lo echó de su apartamento.


El jueves, él presentaba su tesis; y por la tarde, ella no aguantó más y le envió mensajes que Pedro no contestó.


Por la noche, cuando estaba metiendo el coche en el garaje, se encontró con Paula sentada en la entrada de su apartamento esperándolo con una botella de vino y una bolsa con provisiones para preparar la cena.


—¿Qué haces aquí?


—No has contestado los mensajes, pero he venido igual. Si quieres me voy.


Él estaba visiblemente tenso. Paula estudió los rasgos de su cara y permaneció de pie en silencio junto al coche. Estaba dispuesta a cederle el control del momento.


—¿Por qué te cuesta tanto aceptar que quiera hacer cosas por ti?


—No estoy acostumbrada a que cuiden de mí. Hace mucho tiempo que me cuido sola.


—Entra en el coche.


Paula dio la vuelta y se subió del lado del copiloto. Pedro arrancó hasta aparcar en su plaza.


Apagó el motor y se quedó aferrado al volante. Luego se desabrochó el cinturón de seguridad y se giró para mirarla. 


Ella permanecía en silencio.


—¿Por qué me contradices? ¿Por qué siempre rechazas todo lo material que quiero darte? Y, sin embargo, pides ayuda a Eduardo hasta para comprarle un obsequio a mi madre.


—Porque a Eduardo se lo devolveré. En cambio, tú no permitirías que te lo devolviera. Pedroestás comprando una propiedad en uno de los edificios más caros de la ciudad. No puedes pretender que acepte que la pongas a nombre de los dos. Regálame un par de zapatos, un vestido, un perfume, si quieres hacerme regalos, pero no una propiedad. Además, cuando tus padres se enteren, imagínate cómo me verán.


—Otra vez con mis padres. —Golpeó el volante y se pasó la mano por el pelo—. Paula, olvídate de ellos, te lo suplico. Me importa una mierda lo que piensen. Lo único que me interesa es ser tu sostén en todos los aspectos. Me pediste compromiso, y es lo que estoy haciendo. Pero no me dejas. Siempre estás poniendo alguna traba.


—Te pedí compromiso emocional. No que me conviertas en tu mantenida.


—¿Tanto te cuesta entender que estoy tan comprometido emocionalmente contigo que bajaría la luna y la pondría a tus pies? Estoy enamorado como un idiota de ti. Solo pienso en ti, en hacer cosas contigo, en construir un presente a tu lado que nos lleve a un futuro juntos.


Paula acunó el rostro de él entre sus manos y, tomando la iniciativa, lo besó. Él prolongó el beso al cogerla por la nuca y amoldar un poco más su boca a la de ella para invadirla más profundamente.


Los brazos de Pedro se cerraron entonces a su alrededor posesivamente, mientras su mano le acariciaba la espalda.


Pedro, no te enfades, pero no puedo aceptar eso que pretendes. Soy una mujer independiente.


—No se trata de limitar tu independencia. No quiero eso, desde luego que no; solo apelo a que ambos nos beneficiemos con este negocio, que seamos socios en la intimidad y socios en el trabajo.


—Acepto participar en el negocio, pero no me pidas que acepte lo otro. Estoy acostumbrada a ganarme a pulso todo lo que consigo, y la inversión que estás a punto de hacer para comprar esa propiedad en el ONE57 es astronómica. Me sentiría mal y no disfrutaría. Me sentiría una aprovechada y...


—¡Basta! Estás haciéndome enfurecer nuevamente. No puedo creer que pienses que yo podría pensar eso. Si alguien lo piensa me importa una mierda, porque yo le doy lo que quiero a quien quiero y no debo pedirle permiso a nadie.


—No volvamos a discutir. Ayer pasé un día horrible.


—Lo sé. También yo me sentí fatal. —Suspiró frustrado al comprender que no podría convencerla.


—Te sentías fatal, pero... me dejaste colgada con todos los mensajes.


—He tenido una buena maestra. Eso fue por todas las veces que tú me hiciste lo mismo a mí.


—¿Resulta que fue pura venganza?


—Venganza no, castigo. Y aún creo que no ha sido suficiente, porque anoche me echaste, ¿lo recuerdas?


Paula hizo un mohín muy gracioso.


—¿Cómo te fue en la tesis?


—Me costó concentrarme, porque una persona que conozco había logrado distraerme. Pero creo que bien. Creo que he logrado defender mi disertación.


—Necesitamos festejarlo, entonces.


Él la miró calculando.


—Vamos arriba. No sé si quiero un festejo, pero sí sé que he decidido la forma en que continuaré castigándote.


Bajaron del coche y Paula se quedó esperándolo apoyada en el maletero delantero, mientras Pedro daba la vuelta a su Porsche 911. Su mirada la recorrió con un desconcierto posesivo que a ella le produjo pudor. Él sacudió la cabeza. 


Estaba confuso por sentirse dominado por ella y notaba que a duras penas podía pensar con tranquilidad.


«Estoy atrapado, sediento de ella, he perdido mi autocontrol. ¿En qué momento bajé la guardia y le permití que me convirtiera en su juguete?»


Sus manos se volvieron instruidas y rápidas. Le acarició el costado del cuerpo y puso la boca en la curva de su cuello; mientras tanto, con la otra le acunaba los senos por encima de la camiseta.


—Humm... lo tengo aquí todo para la cena —dijo ella susurrando cuando él la arrinconó contra el maletero.


Pedro le quitó la bolsa con los víveres y la apoyó en el suelo, luego la recostó sobre el coche. Sus pechos no eran muy grandes pero llenaban sus manos. Presionó su palma sobre ellos.


—Paula...


Musitó su nombre y lo que fuera que iba a decirle quedó olvidado cuando sintió tensarse en su mano la punta erecta de su pezón. Se sintió cautivado por la certeza de excitarla tan fácilmente y no pudo contenerse. Su boca envolvió con violencia su punta sobre la camiseta y el sujetador. El vórtice estaba duro y no le costó trabajo encontrarlo. Lo mordió tirando de él, descontrolado. Paula estiró su mano para jugar con su pelo, enredando sus dedos, acercando a Pedro contra su cuerpo para que su boca no se apartara de ella; la incitante caricia hizo que se arqueara y que un gemido escapara de su boca.


Le desabrochó el vaquero y se lo bajó.


—Te has vuelto l-o-c-o —musitó entrecortadamente, pues Pedro ya estaba palpando con sus manos para encontrar la humedad evidente en sus bragas, que muy pronto se transformaron en una barrera. Sin pensarlo, las rasgó con destreza y consiguió arrancarle una exhalación que vino seguida por un gemido cuando con su dedo la invadió. Sus muslos no pudieron resistirse y se abrió para que él pudiera llegar más adentro.


Pedro, no es prudente —le habló sin aliento—. Puede venir alguien. Además, hay cámaras.


—Cállate. Deja de hablar para que podamos oír si alguien se aproxima. Aquí no nos pillan las cámaras.


Paula sintió que su mente erraba, que no era dueña de su razón en el momento en que él metió y sacó su dedo para indagarle en profundidad. Sin poder contener su propia necesidad, Pedro manipuló con prontitud su bragueta y se enterró de una sola embestida dentro de ella. Sus manos, agarradas de sus caderas, la impulsaban a clavarse una y otra vez hasta la empuñadura de su miembro. Paula lo sentía muy duro, grueso y caliente, y su pelvis parecía haber cobrado una velocidad que él nunca había alcanzado antes al penetrarla.


—No tenemos mucho tiempo —expresó Pedro sin aliento sobre su boca, mientras gemía ansioso sobre sus labios, que chupaba y mordía.


Manipuló el vaquero de Paula, que estaba atascado en los tobillos, y le liberó una pierna para poder introducirse un poco más en ella.


—Voy a morir de infarto. Vas a ser la culpable de mi muerte —le susurró al oído.


—Eso si antes tú no me matas a mí —le contestó ella con un hilo de voz entre jadeos amortiguados.


Se oyó el ruido de la puerta del ascensor...


—Shit, shit —blasfemó Pedro.


No pensaba detenerse bajo ningún concepto, por lo que la tomó entre sus brazos y, sosteniéndola de las nalgas, la apoyó contra una de las columnas a fin de ocultarse ambos tras ella. Se movió rápido, sin dejar de impulsarla sobre su polla. La embistió con desesperados empujes e indolentes envites una y otra vez, contendiendo el aliento y a punto de perder toda la cordura. Paula estaba sujeta a su cuello mientras él congestionaba el rostro por el esfuerzo.


—Debe ser rápido —le indicó Pedro mientras se oía claramente el eco de unos pasos que se acercaban.


Él movió su mano y acarició su brote mágico con la yema del pulgar para acelerar su explosión, que no tardó en llegar junto a la de él. Ambos cerraron los ojos. Pedro escondió su rostro entre los cabellos de Paula, al tiempo que se vaciaba en su interior y resoplaba en su cuello. Entre tanto, Paula enterró sus uñas en la espalda de él y contuvo la respiración, casi hasta traspasar su camiseta, mientras hallaba su propia satisfacción.


Los pasos incesantes continuaban acercándose. Ambos persistían faltos de aliento y, aunque sabían que estaban a punto de ser pillados, permanecían inmóviles sumergidos en una reverberación de erotismo. Paula se acurrucó contra él, amparada por el vigor de su musculatura, y Pedro, sabiendo que debía moverse, asomó su cabeza con cautela y la sostuvo fuertemente por las nalgas y esperando atento. En el momento preciso, y aún empalado en ella, se movió sagazmente cuando un hombre pasaba por el lugar. Giró y cambió de posición tras la columna, y luego volvió a rodearla una vez más para evitar ser vistos. En un instante, descendió y permaneció en cuclillas junto al coche, sosteniéndola con firmeza de las nalgas.


—Estamos desquiciados, ¿te has dado cuenta? —le dijo en secreto Paula.


—Es imposible detenerme cuando te ansío de esta forma tan demencial —le corroboró él hablando entre susurros también.


—Lo sé. Sé perfectamente a lo que te refieres. Tampoco puedo ni quiero detenerme. Creo que... nací para quererte, que no hay forma de evitar sentir esto que siento, que a tu lado es imposible ser cuerda porque me enloqueces.


Se oyó el ruido de un motor que se ponía en marcha, y de inmediato el automóvil abandonó el lugar, por lo que ya no tuvieron dudas de que volvían a estar solos.


Pedro abrió la portezuela de su coche y la depositó sobre el asiento del copiloto para que ella pudiera acomodar sus ropas, mientras él hacía lo mismo con las suyas








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