CAPITULO 11
Paula se sentó junto a Eduardo y se sintió triunfadora por haberle dado plantón. Inmediatamente buscó con la mirada a Pedro y su cara se descompuso cuando vio que Becca se había acercado a él. Su amigo emitió una carcajada de burla que resonó estruendosa.
—Perdón, perdón, pero te han arruinado la jugada, y... no puedo contener la risa.
—De verdad que eres un gran amigo, Eduardo —apostilló contrariada.
—Lo siento. Te juro que lo siento, pero es que has estado tan genial, y... la huerfanita te ha jodido.
—Deja de reírte, que... Pedro está mirando hacia aquí. Es un idiota engreído. Encima se burla y me guiña un ojo. Te digo que pares ya, Eduardo, porque te juro que te doy un codazo delante de todos.
—Está bien. No lo hagas, por favor, no. Juro que no me río más.
—¿Bailamos? —Una sensual voz y un cálido aliento rozó su oído, y Paula se dio la vuelta para encontrarse con su rostro.
Evidentemente sí existía un Dios, y esa noche estaba de su lado. C.C se había acercado y la estaba invitando, y ella no iba a dejar pasar la oportunidad de joderle el numerito a Pedro. Así que se levantó con mucha sensualidad y se dejó guiar a la pista.
Llegaron allí y Paula se encargó de quedar muy en el campo visual de Pedro para cuando girara; efectivamente, cuando este se encontró con ella su cara fue un poema de pasmo. El enfado fue imposible de disimular, y sin darse cuenta Pedro apretó más la cintura de Rebecca, cosa que ella malinterpretó y se asió más a su cuello.
Christian le hablaba al oído a Paula y esta sonreía como si en verdad lo que él le decía fuera lo más cómico que nunca hubiera oído.
—Me debes un favor. Te he salvado el numerito con Pedro. —Ella lo miró a los ojos y él le guiñó un ojo—. Vamos, cambia esa cara de asombro. Estaba mirando todo el mundo y he decidido solidarizarme contigo. No me digas que no ha sido un buen acto de apoyo.
—¿Debo agradecértelo?
—Humm, déjame pensar... —Agitó la cabeza—. No creo que quieras agradecérmelo como yo quisiera. Tal vez cuando te olvides de él, si es que eso ocurre alguna vez, podríamos intentarlo, pero por el momento sé perfectamente quién es el hombre que ocupa todos tus pensamientos.
—Te juro que querría que saliera ahora mismo de mi cabeza. No sabes cuánto lo intento.
La canción parecía hecha para Paula y Pedro. Él sopesaba cada una de las estrofas a medida que el cantante interpretaba, y ya no aguantaba más verla en los brazos de otro. Sin importarle dejar a Rebecca en compañía de un desconocido, se paró y detuvo el baile de Christian y Paula.
—¿Te importa que cambiemos de pareja?
—Por supuesto que no. Será un placer bailar con... Rebecca, ¿no?
Becca aceptó la compañía de Crall a regañadientes. En aquel momento hubiera querido darle un pisotón a Pedro por dejarla plantada, pero se contuvo. No demostraría su juego tan pronto. Él todavía hacía volar mariposas en su vientre.
—¿Qué crees que estás haciendo? —Paula se mostró enfadada en cuanto Pedro la cogió por la cintura para bailar.
—Terminando el baile que hemos comenzado tú y yo, al ritmo de esta magnífica canción. Escucha la letra, te la dedico —le contestó tranquilamente.
—No seas simplón.
—Soy simplón, deshonesto, engreído, traidor, egocéntrico, infiel, hueco... ¿Qué más? A lo largo de la semana, me has dicho cosas muy hermosas que en verdad nunca olvidaré.
—Energúmeno —le espetó ella.
—Energúmeno también. No nos olvidemos de ese adjetivo, cierto.
—Te aborrezco, Pedro. No puedes salirte siempre con tu voluntad. —Quiso irse, pero él no se lo permitió.
—Eres lo mejor que jamás hubiese pensado necesitar. —Pedro repitió la frase de la canción mirándola a los ojos.
—Te odio.
Por cada frase y palabra despectiva, él le devolvía una que le cortaba más el aliento.
—Nací para quererte, Paula. No voy a parar hasta que me perdones.
—Estoy diciéndote que te odio, no quiero oírte más.
—Deja de forcejear conmigo, te he dicho que terminaremos de bailar la canción, así que mejor baila y deja de dar que hablar.
—No puedes obligarme a permanecer aquí contigo.
—Sí puedo —le dijo calmadamente. El tono que utilizaba la exasperaba aún más, porque a pesar de estar rechazándolo, ella sabía perfectamente que no era lo que en verdad ansiaba. En su interior, adoraba estar allí con él y anhelaba creerle más que nada.
Intentó serenarse, porque Pedro estaba determinado a que permanecieran ahí y la aferraba con firmeza, pero no fue una buena idea mostrarse dócil, porque entonces, desmadejada en sus brazos, prestó atención a la letra de la canción y un ramalazo invadió todo su cuerpo.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó él alarmado al oído.
Paula dejó la disputa a un lado, y se abrazó a Pedro con fuerza mientras tragaba el nudo de sensaciones.
«Mi felicidad por siempre y para siempre», se dijo para sí la frase de la canción y ansió que fuera verdad. La maravillosa sensación de sus cuerpos juntos la arrastró en una arrolladora marea.
Pedro relajó el abrazo en aquel instante y le besó el cuello.
—Tú eres el principio y el fin de cada capítulo —le cantó al oído, y luego continuó diciéndole con sus propias palabras—: Te juro que es así. Déjame demostrártelo. Solo tienes que darme otra oportunidad, por favor.
La indecisión la invadió de pronto. Lo miró a los ojos, se fundió en ellos buscando la verdad en el azul de sus iris. Respiró hondo, y casi se rindió al flujo, a la corriente, a la gloriosa e ininterrumpida vorágine que solo él, con unas simples palabras, le provocaba.
—Paula —dijo Geraldine apostada a un lado de la pareja junto a su esposo. Esbozando una amplia sonrisa preguntó—: ¿Me dejarías bailar un ratito con mi hijo?
—Por supuesto —contestó ella realmente afectada. Quiso irse, pero Benjamin Alfonso no se lo permitió.
—Bailemos, Paula, concédeme el honor.
—Desde luego, señor.
Pedro estaba contrariado con la interrupción. Ese día sus padres parecían dispuestos a estar amables con él. Con todo, era evidente que no podían haber sido más inoportunos.
—No deberías volver a hacer caso a las insinuaciones de mi hijo —dijo Benjamin a Paula en tono ligero.
—¿Perdón? —Ella fingió no entender.
—Eres una buena amiga de mi hija y sé que Amelia te aprecia mucho; además, has demostrado que cuando te necesitó supiste estar a su lado, y te estoy sumamente agradecido por ello. Por esa razón te has ganado mi aprecio y me parece considerado advertirte de que Pedro no quiere nada serio contigo. —Miró hacia Rebecca—. En la vida, las personas como Pedro, con un nombre que respaldar y una empresa que tarde o temprano tendrá que ponerse al hombro, tienen un destino marcado. Un destino que le permitirá seguir posicionado en su verdadero círculo social. Pedro necesita una mujer que lo enaltezca, que lo acompañe y que lo enorgullezca con sus logros, y créeme que lo sabe.
Paula estaba temblando. Quería contenerse pero no lo conseguía. Ansiaba que esa conversación inconexa terminara, porque nunca nadie la había hecho sentir tan poca cosa; bueno, sí, Pedro también lo había hecho, y ahora su padre. Era de suponer que era una característica de los Alfonso hacerla sentir de esa forma.
—No quiero ser grosero —continuó Benjamin con su perorata disfrazada—, pero me temo que lo seré de todas formas: tú solo le sirves para calentar su cama.
—¿Cómo se atreve? Para no haber querido ser grosero, efectivamente lo ha sido, señor Alfonso; no veo la necesidad. —«Alguien debería bajarle los humos a este tipo», pensó, pero por alguna razón se dijo que no sería ella quien lo hiciera, pues no le daría el gusto de sacar su lado visceral para hacerla quedar como alguien vulgar. Tomó una bocanada de aire y le contestó con corrección—: Pedro y yo terminamos hace tiempo y no está entre mis planes volver con él.
—Me alegra saberlo. En realidad me tranquiliza por ti. Como te he dicho, te tengo aprecio.
«¡Mentiroso, viejo hipócrita! Me cree estúpida», caviló Paula mientras las palabras de Benjamin Alfonso se le clavaban en el pecho, haciendo que respirar fuese un esfuerzo para sus pulmones. Sentía la garganta y el pecho como fuego, como si una hoguera la quemara por dentro. La tensión creció en su interior hasta alcanzar un punto doloroso en su corazón.
—Rebecca ha venido a por todas y Pedro lo sabe, y te aseguro que en la charla que hemos tenido esta tarde me ha dejado muy claro que ella tiene un lugar en los cambios que ha planeado en su vida. Mi hijo va a dejar el mundo de la moda y va a obtener su licenciatura. No sé si lo sabías. Incluso, para mi sorpresa, me ha pedido un lugar en la empresa —eso no era exactamente así, pero mintió con descaro—, lugar que por supuesto ha tenido siempre. Así que... no te dejes ilusionar, porque para él siempre serás diversión pura.
Paula levantó la vista cuando la canción que ahora sonaba se terminó, y un chispazo de furia se abrió paso en medio de su confusión. Hecha trizas se apartó de Benjamin Alfonso, y en aquel momento Rebecca se apartó también de Christian y se unió a Geraldine y Pedro. Sin perder el tiempo, cogió al afamado modelo por la cintura y él no la separó.
Hecha un verdadero lío, Paula le lanzó una mirada fulminante a Pedro, y antes de que su contención se quebrara, salió de la pista y corrió hacia la casa; en el camino perdió toda compostura y se echó a llorar con gran desconsuelo.
De pronto, tuvo la perspicaz convicción de que todo lo que él le había dicho antes no era cierto; solamente mentiras elegidas con sumo cuidado por un magistral seductor: Pedro pretendía seguir teniéndola como amante, pero en sus verdaderos planes otra era la que se llevaría el privilegio de ocupar un legítimo lugar a su lado.
Pero qué viejos de m... los padres. Muy buenos los 3 caps
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