CAPITULO 9
«Cuanto mayor la riqueza, más espesa la suciedad.»
JOHN KENNETH GALBRAITH
Para la hora del almuerzo se había organizado una extensa mesa con todos los que estaban en La Soledad. Los padres de Amelia habían sido presentados pomposamente y se estaba llevando a cabo un ensayo de la boda.
Paula había intentado sentarse lo más alejada posible de Pedro, al amparo de Curt y Edmond.
Esperaba que el tirano tiempo transcurriera pronto y regresar a la seguridad de su mundo, ya que verlo a diario era verdaderamente una tortura. Se sintió mal de todas formas por pensar así, y sumamente egoísta porque el momento que su amiga estaba viviendo le causaba cierta envidia.
Levantó la vista y se encontró con Alejandro y Amelia, que no paraban de hacerse arrumacos, y sintió celos por el amor que se profesaban a cada instante; de inmediato se reprendió, sin entender cómo podía ser tan mezquina después de todos los maltratos por los que había pasado Amelia en su anterior matrimonio. Sonrió de pronto, al entender que por fin su amiga iba a conseguir la felicidad que tanto había anhelado. Cumpliría finalmente sus sueños de formar una familia junto a un gran hombre que la amaba con desmesura y mucha pasión. Amelia en aquel instante levantó la vista y se encontró con la suya. Ambas amigas se sonrieron y se entendieron sin hablar, y Paula le lanzó un beso mientras gesticulaba un «te quiero» mudo, al que Amelia contestó con un «yo también.»
El contacto visual entre las amigas no duró demasiado, ya que Josefina habló a Amelia y muy pronto consiguió su atención.
Paula paseó la vista por todos los comensales hasta encontrarse con los Alfonso, que extrañamente estaban participando de una conversación amigable con Pedro. «¿De qué hablarán?», se preguntó intrigada, aunque inmediatamente comprendió que el nexo entre ellos era Rebecca, cuya elocuente conversación conseguía la atención de todos. Aquella joven estaba sentada a su lado y tuvo la sensación de que Pedro la miraba suspendido, escuchándola atentamente y hasta con un aire soñador.
Paula lo estudiaba en silencio, y advirtió como su sonrisa cambió levemente, como si un recuerdo dulce se hubiera vuelto desagradable. Una punzada de celos se instaló de improviso en su pecho. No le gustó ver como Becca acaparaba tan fácilmente su atención. Se reprendió al instante: «qué me importa a mí con quién se emboba». Pero lo cierto era que sí, que le importaba, pues conocía la historia que había existido entre ellos, a causa de la cual Rebecca se fue a estudiar periodismo a Londres y se había mantenido alejada en aquella distante ciudad europea.
«Dicen que donde hubo fuego...», conjeturó al instante, y su presunción hizo que se sintiera más frustrada aún; con su llegada, tal vez Pedro estaría dispuesto a hacerla a un lado en sus sentimientos.
«Pero ¿qué estoy pensando? —se amonestó—. Cómo si él hubiera tenido sentimientos verdaderos por mí», continuó con el hilo de conjeturas. Comprendió que Geraldine y Benjamin Alfonso estaban fascinados con Becca. Admiró las facciones de la joven, de rostro perfectamente simétrico, pómulos altos aunque no prominentes, y labios delicadamente perfilados. Su belleza y su juventud también le dieron celos, y la atención que conseguía de los Alfonso mucho más. Ella siempre les había querido agradar, pero en el fondo sabía que solo la toleraban por educación, pues no era digna de admiración ante los ojos de los padres de Pedro.
Eso en otro momento no le habría importado, pero cuando inició su relación con él se había convertido en una premisa insoslayable en todos sus encuentros; a Pedro en realidad no le interesaba la aprobación de sus padres, pero para ella se había trasformado en un desafío personal. Incluso Amelia la había confortado en su momento, explicándole que sus padres medían la dignidad por la cantidad de ceros que las personas poseían en sus cuentas bancarias.
«¿Acaso crees que si Alejandro no tuviera la posición económica que tiene lo hubieran aceptado tan fácilmente? Eso a Pedro y a mí nos tiene sin cuidado, así que no entiendo por qué te preocupa», le supo decir su amiga.
Comprendió de inmediato que Rebecca Mine, heredera de una cuantiosa fortuna y exitosa empresaria del mundo editorial, era «la elegida» por el matrimonio Mayer-Alfonso para unir la estirpe con Pedro. Si uno lo pensaba fríamente, parecía estúpido que en pleno siglo XXI hubiera gente que aún se fijara en esas cosas, pero conociéndolos sabía de sobra que nada era descabellado.
Volvió la vista a Pedro, que continuaba enfrascado en aquella conversación, y lo notó relajado, sin un ápice de preocupación, mientras hablaba con ellos. «Sí, es un excelente partido» —se dijo convencida de sus conclusiones—. Tú no, nunca lo fuiste, nunca fuiste considerada por ellos. Eres la hija de una amoral y un desconocido que ni siquiera te dio el apellido, porque tu madre no sabe quién es. Luego, fuiste abandonada por ella y criada por una cocinera. ¡Qué ilusa! ¿Cómo creíste que podrías ser tenida en cuenta? Solo sirves para amiga de su hija, “su empleada” en realidad. Así es como te han considerado siempre. Jamás siquiera se les cruzó por la cabeza que fueras la adecuada para el heredero, porque eso es lo que Pedro es: el heredero del imperio Mayer. El que tarde o temprano quedará al frente de todos los negocios de la familia. Ellos sabían que tú eras simplemente un capricho para él. Por eso ni se preocuparon.» Intentó deshacerse de los pensamientos que la atormentaban y que la sumían por completo en la angustia.
«Un día encontraré a alguien a quien amar y que me ame, un hombre que me adorará y me respetará, que me valorará, un hombre que compartirá y hará realidad mis sueños y que despertará en mí las emociones más intensas que jamás haya sentido.»
Quería creer que eso era cierto, que Pedro solo había sido uno más y que muy pronto llegaría el indicado. Comenzó a prestar atención a la conversación que tenía lugar entre Tiaré, Alejandro, Christian, Curt y Eduardo, y muy pronto se encontró sumergida en ella, por lo que durante algunos momentos consiguió dejar de lado sus demonios.
Cuando el almuerzo llegó a su fin, cada uno de los invitados especiales hizo lo que quiso en aquella fabulosa finca que contaba con infinidad de posibilidades para disfrutar del páramo, ya fuera en la piscina, en la sala de juegos o en la pista de tenis, entre otras actividades que la villa proponía.
Mientras tomaba el sol echada en una tumbona junto a la piscina y se aplicaba protector solar, Amelia se acercó a ella.
—¿Estás bien? Te he notado muy callada hoy. No sabes lo que daría por volverte a ver chispeante y despreocupada; antes siempre se te veía feliz.
—Ya pasará, Amelia. Solamente se trata de una etapa de confusión. Muy pronto volveré a ser la que era.
—Añoro nuestras charlas y la confianza que siempre nos hemos tenido. A veces siento que nuestra amistad se ha dañado.
—No seas boba. Nada de eso. Lo que pasa es que ahora tú tienes a tu lado un hombre que te complementa, y eso significa que ya no eres tan dependiente de mí. Pero nuestra amistad siempre será la misma.
—Tal vez eso sea así por mi parte, pero... ¿y por la tuya?
—Ya sé que a mi lado no tengo un hombre íntegro como Alejandro.
—No he querido decir eso. Lo que quiero decir es que cuando te necesité siempre estuviste a mi lado. Ahora sé que me necesitas, pero no me permites que te apoye como tú lo hiciste conmigo. ¿Es porque Pedro es mi hermano? Puedes decirme lo que sea de él. Sabes que soy justa y que si tienes razón siempre estaré de tu parte.
—No es eso. Sé que eres la persona más justa e íntegra de la tierra. Pero es que si accedo a mostrar mi debilidad, siento que en realidad le estoy dando más importancia de la que merece.
—¿Acaso eso cambia algo? ¿Acaso eso hace que lo olvides más pronto o que tus sentimientos desaparezcan?
Paula se acomodó en su asiento y entornó sus ojos, sopesando las palabras de su amiga.
—No, pero si lo niego, al menos mi orgullo no parece tan pisoteado. Cuando mi madre se fue y me dejó, pensar que se había ido de viaje dolía mucho menos que admitir que yo era un estorbo para ella. —Hizo una sutil pausa mientras intentaba contener las lágrimas y escudriñó a su alrededor.
Se encontró con la mirada de Pedro y la esquivó, temerosa de que leyera sus pensamientos y sus debilidades; incluso su postura delataba el desconcierto, pero intentó disimularlo.
—Te pido por favor que dejemos esta conversación para otro momento. Ahora todo tiene que girar en torno a ti. No permitamos que nada empañe el ambiente de júbilo en La Soledad.
—Entonces cambia esa carita.
—Lo prometo —le dijo ensayando una sonrisa chispeante que iluminó su expresión.
Geraldine las interrumpió.
—Amelia, me gustaría hablar contigo y que me cuentes los planes para mañana. Supongo que, como madre de la novia, debería ver el vestido que usarás.
—Claro, mamá. Vayamos a la habitación donde me cambiaré y te cuento todo. Ven con nosotras, Pau.
—No lo tomes a mal, Paula, pero... —hizo un gesto fútil con su mano—, quisiera un tiempo a solas con mi hija.
—No te preocupes, Geraldine. Entiendo perfectamente que es un momento de intimidad entre vosotras.
—¡Qué bien que lo comprendas! Pensaba que no podrías hacerlo.
—No seas grosera con Paula, mamá.
—No te preocupes, Amelia. La verdad nunca es grosería, y menos viniendo de una dama tan refinada como tu madre. Tienes razón, Geraldine. Tal vez nunca pueda compartir un momento así con mi madre, pero créeme que madre no siempre es la que nos da la vida, sino la que se lo merece. — Ambas se miraron—. Lo digo por mi abuela, no me entiendas mal.
—Te he entendido perfectamente. No hace falta la aclaración.
—Ve con tu madre, Amelia. No te preocupes por mí. Seguiré tomando el sol un poco más.
Amelia cogió del brazo a su madre y la alejó de Paula antes de que se desencadenara una catástrofe entre ellas: era más que explícito que no se soportaban y ese resquemor había aumentado durante el tiempo que Paula había sido pareja de Pedro.
Al quedarse sola, volvió a tenderse en la hamaca. Cerró los ojos y consideró los hechos: todo parecía estar urdido en su contra; todo lo que estaba sucediendo parecía hundirla mucho más y ella misma no se reconocía, ya que siempre había sido una persona muy combativa.
El día se estaba haciendo interminable. Pedro no se despegó de Rebecca en ningún momento y Paula, aunque se negó a que aflorara la turbación en su rostro, no estaba segura de haberlo conseguido del todo.
Más tarde, cuando el sol comenzó a perder poderío en el ensombrecido cielo, Eduardo se acercó a ella: —Cambia esa cara, mi vida. Te aseguro que si te ve tan perturbada lo disfrutará.
—Me la está restregando. Lo odio con toda mi alma.
—En todo caso estáis empatados: déjame decirte que está haciendo lo mismo que has hecho tú durante toda la semana con el rubiazo del FBI. Además, no debería importarte. ¿No había quedado claro que ya no te interesaba?
—Esta mañana nos hemos besado.
—What!? ¿Te has vuelto loca?
—En realidad me ha besado a la fuerza, pero justo llegaron Alejandro y Amelia, y todo se interrumpió; luego apareció la huerfanita y no me ha vuelto a mirar.
—¿Te das cuenta? ¿Es que quieres volver a sufrir? Mira, estará muy macizo, poseerá un cuerpo y un rostro exquisitamente formado —sabe Dios que siempre resalto lo atractivo que es este hombre—, pero todo lo que tiene de guapo lo tiene de chulo; sabes perfectamente que no te conviene. No es un hombre dispuesto a asumir compromisos y volverá a hacerte sufrir. Si lo que quieres es convertirte en su pasatiempo, adelante, perdónalo. —Un pesado silencio cayó entre ellos—. Paula, no te culpo por querer otro buen revolcón con Pedro; madre mía, te juro que te entiendo —se mordió los labios mientras lo miraba—, pero reconoce que tú no lo quieres para pasar el rato. El problema, mi amor, es que él no está dispuesto a nada más. Para Pedro Alfonso las mujeres son su plato favorito y jamás se priva de degustarlas.
—Lo sé, lo sé, pero me dijo cosas la otra noche... Parecía sincero, arrepentido.
—Estás mal, querida, estás muy mal.
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