CAPITULO 10
«Hay grandes hombres que hacen a todos los demás sentirse pequeños.
Pero la verdadera grandeza consiste en hacer que todos se sientan grandes.»
CHARLES DICKENS
La boda fue muy sencilla pero a la vez elegante, con los detalles justos y desbordando naturalidad, y sobre todo muy emotiva. Olivia estaba guapísima, muy tranquila y con un maquillaje natural, perfecto; llevaba unos pendientes de lágrima que Ana le había obsequiado, ideales para el tipo de recogido del cabello y el escote barco del vestido; en los pies, había elegido unos Jimmy Choo de rejilla plateada que complementaban muy bien el atuendo. Sus padres le habían regalado un collar de diamantes y Alejandro un brazalete que combinaba muy bien.
Miller no se quedaba atrás en elegancia. Sobresalía impecable con un traje a medida, un modelo muy sibarita al estilo Savile Row, con chaleco cruzado en color azul marino y de corte ajustado, que acompañó con camisa blanca, corbata azul y zapatos negros.
En el momento de leer los votos, Paula, la dama de honor, sostuvo a la novia el ramo de peonías blancas, y después de que Alejandro y Amelia leyeran sus emotivas palabras y de que emocionaran a todos los presentes, Pedro, el padrino —que lucía como un auténtico lord inglés enfundado en un traje de tres piezas en color negro—, les entregó los anillos que estaban bajo su custodia. Con ellos y con la pronunciación y declaración del matrimonio ante la jueza a cargo, se selló la ceremonia civil.
Terminada aquella formalidad, los invitados pasaron a la zona donde se iba a ofrecer el banquete de bodas, y los novios, junto con sus padrinos y damas de honor, fueron a hacerse algunas fotos.
Finalmente, la flamante pareja entró en el banquete, feliz e intercambiando miraditas mientras sonaba Marry You,[1] de Bruno Mars. Durante toda la noche manifestaron su dicha. Sus amigos les prepararon varias sorpresas, y Pedro y Paula les escribieron una carta que leyeron juntos.
—Gracias por acceder a realizar esto conmigo —expresó sinceramente Pedro después de tan emotivos instantes.
—Fue una buena idea, y además se supone que somos quienes más los conocemos. Soy una persona civilizada y puedo separar cada momento.
—Toma mi pañuelo —le ofreció él para que secara las lágrimas que se le habían escapado por la emoción.
—Gracias.
—Estás preciosa —murmuró consciente de que ella no aceptaría el halago.
Paula estaba deslumbrante. Llevaba el pelo suelto con ondas marcadas y el vestido era del color más sutil imaginable: brillaba como un zafiro rosado y estaba confeccionado en varias capas de seda.
La suave tela se ceñía como un guante a su cuerpo, remarcando la plenitud de sus curvas, y el diseño, con un solo hombro y largo hasta los pies, se enlazaba en la parte de la cintura en un drapeado que remarcaba su esbelta figura. Se había pintado los labios en un tono cereza que los hacía tremendamente tentadores, como dejó constancia Pedro al no poder apartar la vista de ellos.
«¿En qué estaba pensando para engañar a esta mujer? —pensó arrepentido—. No es normal desearla tanto.»
Admirarla significaba algo parecido a un guantazo con la guardia baja; era como un knockout en el primer segundo del combate. Continuó contemplándola mientras vacilaba entre el deseo y el reproche.
—No empieces. Toma el pañuelo y ve con tu huerfanita, que ya la has dejado demasiado tiempo sola.
De repente, leyendo su mirada, Pedro advirtió una asombrosa ternura: estaba celosa. Hizo una sutil pausa mientras intentaba esconder su sonrisa jactanciosa. No quería enojarla.
—Prefiero estar aquí contigo —le dijo al pasar—. Hacía mucho que no la veía, y si he estado con ella durante el día ha sido para que no se sintiera sola. No conoce a nadie; tampoco tenía otra opción, ya que tú te encargas de rechazarme constantemente. Ven, bailemos. —La cogió de la mano.
—No, no quiero bailar contigo.
—¿Ves? Tú me echas a su lado.
—Me importa un pimiento al lado de quién estés.
—Vamos. Todos nos miran. ¿Eres consciente? Estamos dando un espectáculo aquí parados forcejeando.
Ella recapacitó unos instantes y luego dejó que Pedro la guiara muy despacio a la pista. Él posó su mano en su espalda baja y la condujo muy pegada a él. Caminaba como siempre, consciente a cada paso de su apariencia, realzando ampliamente su aspecto de dandi.
Comenzó a sonar una canción de Ne-Yo, Never Knew I Needed. Pedro se detuvo frente a Paula, y tomándola por la cintura, la pegó a su cuerpo para bailar al ritmo de la romántica melodía. Notó que ella no hacía ninguna fuerza ante su abrazo y eso lo llevó a pegarla un poco más. Estaba conteniendo sus emociones, ya que tenerla tan cerca era demasiado tentador y tortuoso. Apartó su rostro y la miró a los ojos; entonces, la preocupada expresión de Pedro mutó a una fugaz e irónica sonrisa.
—¿Qué te parece si acordamos una tregua? —le preguntó con cautela.
Paula jugueteó con una caricia en su hombro, hizo circulitos mientras se lo pensaba, y luego se aproximó a su cuello y apoyó su cabeza en la de él. Al cabo de un instante descansó el peso de su cuerpo en el suyo y, respirando audiblemente en su oído, lo desestabilizó por completo. Él aprovechó y le pasó la mano extendida por la espalda en una caricia posesiva, anhelante. Disimuladamente, Paula le lamió el lóbulo de la oreja y luego le dijo:
—No lo creo, no cabe ninguna posibilidad de tregua, Pedro-deshonesto-Alfonso.
Se apartó de él y lo dejó plantado como un árbol en medio de la pista, mientras se alejaba caminando con mucha sensualidad.
Él la miró irse. Sacudió la cabeza ante la inesperada jugada de Paula y no pudo dejar de sonreír; esa mujer no dejaba de aturdirlo, tampoco de provocarlo, y su rechazo solo redoblaba la apuesta por reconquistarla.
Metió una mano en el bolsillo de su pantalón. Se frotó la barbilla y tomó impulso para salir de allí, pero una mano se posó en su hombro y lo detuvo.
—¿Te han dejado solo? —Rebecca movió la mano y la depositó en su nuca, pegándose de inmediato a su cuerpo—. Yo sí quiero bailar contigo. Prometo hacerlo hasta que termine la canción. ¿Bailas conmigo, guapo?
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