CAPITULO 13
«Las verdaderas batallas se libran en el interior.»
SÓCRATES
Los novios habían partido hacía ya un largo rato. Paula lo había evitado por todos los medios y no habían vuelto a coincidir, razón por la cual el humor de Pedro estaba a punto de explotar: la onda expansiva podría ser peor que la de Hiroshima.
Estaba a punto de amanecer. Los primeros rayos de sol intentaban con valentía resplandecer en el cielo y todos estaban exhaustos. Los invitados poco a poco se fueron retirando y en la villa solamente quedaron los más cercanos; algunos permanecían en la sala compartiendo un café.
Había sido una fiesta bellísima, y Alejandro y Amelia se habían mostrado tan resplandecientes durante toda la noche que el esplendor de la pareja había acabado impregnando el ánimo de sus invitados.
—Alejandro y Amelia estaban felices. Nunca he visto a mi hermano tan contento como hoy. La fiesta ha sido preciosa, ¿verdad, mamá?
—Sí Nadia, todo ha salido perfecto —dijo Ana mientras abrazaba a su hija y le besaba el pelo.
—Demasiado sencillo en mi opinión, pero con buen gusto, eso sí; no puedo negar que se notaba la mano de mi hija en todo —puntualizó Geraldine.
—La verdad es que Amelia y Alejandro no han tenido mucho tiempo para ocuparse de la organización —acotó Josefina con sorna—, ya que la ardua actividad en los trabajos de ambos, más la fundación de Amelia y la empresa de mi ahijado absorben sus tiempos por completo.
—Por eso se preocuparon de poner al corriente a Eduardo y a Paula de lo que pretendían, y ellos se han encargado de todo —dijo con orgullo Pedro,Pedro que miró a su madre con desidia; ella vivía en una nube y jamás estaba al tanto de lo que concernía a sus hijos.
—Con razón la sencillez. Ahora entiendo.
—Si bien Ed y yo nos hemos encargado de todo, nada se hizo sin la aprobación de Amelia y Alejandro —se defendió Paula, ya harta de las ironías de Geraldine—. Creo que mejor me voy a dormir. Es tarde y estoy cansada. Que descanséis todos.
Paula se levantó y subió la escalera como un torbellino. No iba a soportar ningún agravio más de parte de los Alfonso.
«Que se metan su orgullo y su alcurnia donde no les da el sol. Me he hartado», pensó mientras se dirigía a su habitación.
—Me ha encantado organizar la boda de mi amiga —puntualizó Edu—. Sé muy bien, Geraldine, que tú hubieras preferido algo con más lujo, pero Amelia no es como tú; a estas alturas del partido ya tendrías que estar resignada.
—¿Mi madre resignada a que Amelia no cumpla con los estándares sociales de su círculo? No, Edu, eso es como pedirle peras al olmo.
—Pedro, ni que fuéramos de otro mundo. Suerte que no han invitado a ninguno de nuestros amigos, porque una boda tan sencilla hubiera sido la comidilla de todos; no quiero imaginarme lo que ahora estarían diciendo de los Alfonso; seguramente estarían pensando que nos hemos vuelto unos tacaños o que estamos en bancarrota.
Ana, Eduardo, Curt, Josefina, Nadia y su pareja se disculparon y se retiraron al ver que la conversación subía de tono.
—Despreocúpate. No estarían pensando eso porque quien lo ha pagado todo ha sido Alejandro. No puedo creer que no entendáis nada —dijo Pedro poniéndose de pie—. Hoy han estado aquí sus verdaderos amigos. No hacía falta nadie más, y me alegro de que lo decidieran así porque en todo momento ha sido muy auténtico. La fiesta que vosotros pretendíais hubiera sido una fusión de negocios.
—Creo que estás exagerando. A mí también me ha parecido demasiado sencillo —dijo Rebecca —. Estoy de acuerdo en que estaban los verdaderos amigos, y agrego que ellos estaban esplendorosos de amor, pero pertenecemos a un estrato social en el que uno debe cumplir en estas cosas. Un acontecimiento como una boda, cuando es fastuosa, demuestra lo grande que es el amor.
—Ya veo cómo piensas, pero déjame disentir contigo: el amor no se mide por el tamaño de una fiesta y lo sé mejor que nadie. Mis padres se pasan la vida dando fiestas enormes, pero su amor es un contrato matrimonial y una empresa.
—Eres un insolente, Pedro. Siempre estás renegando de nosotros, no te entiendo; cualquiera desearía estar en tu lugar y tener el respaldo del apellido que llevas.
—Geraldine, no discutamos. —Benjamin Alfonso dio una palmada con suavidad en la mano de su esposa. Hasta el momento se había mantenido al margen solo asintiendo con la cabeza—. Tarde o temprano Pedro terminará entendiendo nuestra posición; te lo he dicho cuando estábamos viniendo. No dicutamos por tonterías. Todo a su tiempo.
—Si de verdad, Benjamin, esperas que acepte la hipocresía con la que os comportáis vosotros, te digo que estás perdiendo el tiempo.
—Pedro, ¿qué te pasa? ¿Por qué le hablas así al tío?
—Becca, no te metas. Hace mucho que no vives en el país y hay muchas cosas que no sabes; además, me dolería mucho saber que has cambiado y que te has vuelto una persona banal.
—No seas injusto con Becca, Pedro. Ella solo quiere que las aguas vuelvan a su cauce. No la tomes con ella. Prefiero que sigas descargando tus reproches en nosotros. Yo ya estoy acostumbrada a tu desamor.
Pedro levantó las manos hacia el techo y dijo:
—Creo que mejor me voy a dormir. A estas horas de la madrugada no soy capaz de aguantar tu teatralización de madre abnegada, Geraldine. »Y os advierto una cosa: no os atreváis a seguir tratando de forma despectiva a Paula, porque entonces sí que no lo soportaré. Os informo también de que haré todo lo posible por volver a estar con ella, os guste o no. Así que empezad a tratarla mejor, ya que pretendo que muy pronto sea una Alfonso.
—Eso sobre mi cadáver.
—Entonces... —Pedro esbozó una sonrisa burlona—, tendrá que ser sobre tu cadáver, madre — dijo resaltando el título y se marchó de allí.
Comentarios
Publicar un comentario