CAPITULO 14




Pedro subió hasta la planta donde estaban los dormitorios y, pasando de largo el suyo, se paró frente al de Paula. Ansiaba entrar, tomarla entre sus brazos y consolarla con palabras bellas, pues sabía lo mal que se había sentido con las locuacidades de su madre. Se apoyó en el quicio de la puerta y reposó su cabeza en la dura madera; al cabo de un rato, exhaló con fuerza para deshacerse de todo el pesado aire que inundaba sus pulmones, cerró los ojos y finalmente desistió de la idea. Pero en ese momento, un grito que partió desde dentro reprimió toda su determinación de irse.


—¡No puede ser, mamina, nooooooo!


Pedro abrió la puerta y Paulaa, sin pensárselo siquiera, se lanzó a sus brazos y comenzó a llorar, buscando en su refugio el consuelo y la cura a tanto dolor como sentía.


Entonces él le quitó el móvil y, mientras la sostenía, comenzó a hablar con la persona que estaba al otro lado del teléfono:
—Nosotros en este momento estamos en Austin, lo que significa que tardaremos unas cuantas horas en llegar, pero ahora mismo buscamos un vuelo para ir para allá. Comprendo. No se preocupe, que estoy con ella.


—Os mantendré al tanto de cualquier cambio —dijo la persona que estaba al otro lado de la línea.


Pedro cortó la comunicación y entonces se enfrentó a la tarea de tranquilizar a Paula, que lloraba sin parar. La guio hasta la cama y la obligó a sentarse. Él hizo lo propio.


—Ey, rubia. Sé que suena muy grave, pero concentremos las energías en pensar que se pondrá bien. Debes tranquilizarte.


—Mamina es lo único que tengo.


—No es cierto. Me tienes a mí, a Edu, a Amelia, a Alejandro, que ahora también es tu amigo, a Ana y a Josefina, que te adoran. Hay mucha gente que te quiere.


—Pero ella es mi único familiar. Es todo cuanto he conocido en la vida. Ella es mi madre del corazón.


—Lo sé. Sé cuánto la quieres, pero Blanca es fuerte y se pondrá bien.


—Tengo miedo.


—Ven aquí. —Pedro la subió a su regazo y la acunó contra su pecho.


Alternaba besos en el pelo con lánguidas caricias en su espalda mientras le decía palabras tranquilizadoras que ella aceptó de buena gana. Tras esperar un rato a que se tranquilizara, la ayudó a recostarse y le dijo que conseguiría un vuelo cuanto antes para ir a Atlantic City.


Sin alejarse de ella, sacó el móvil del bolsillo de su pantalón y comenzó a buscar vuelos con insistencia. El más cercano era un chárter que saldría pasado el mediodía. Tras informarle, le solicitó sus datos y se encargó de hacer las reservas. Luego envió un mensaje a Eduardo para comunicarle lo que estaba pasando. El golpe en la puerta no se hizo esperar y Pedro le dejó pasar. Paula, al verlo, se incorporó y comenzó a llorar nuevamente.


—Chis, chis, mi sol, no llores, todo pasará. Mamina es una mujer muy fuerte y pronto se pondrá bien. 


—Quiero ser tan optimista como vosotros, pero te juro que no puedo, Edu.


Paula sentía que el pecho se le cerraba. Un fuego le quemaba en él y el pánico no dejaba sitio para
pensamientos positivos.


—Necesitas descansar y tranquilizarte, tesoro. Aún faltan varias horas para el vuelo, así que lo mejor es que ahora intentes dormir.


—No podré, Edu, estoy desesperada.


La consolaron un tiempo más entre ambos, y cuando pareció tranquilizarse, Eduardo le sugirió:
—Ve y quítate ese vestido de fiesta. Ponte cómoda. Te buscaré ropa.


—Sí, Edu tiene razón. Deshazte de los tacones y de ese vestido, y ponte ropa más simple; necesitas relajarte y descansar. No querrás llegar mañana y que Blanca te vea toda ojerosa.


Eduardo regresó con ropa de cama y se la alcanzó a Paula, que se había metido en el baño a refrescarse la cara.


—Puedes irte a descansar, Eduardo. No la dejaré sola, me quedaré con ella y mañana por supuesto la acompañaré.


—¿Quieres que vaya con vosotros?


—Mira, cuando lleguemos allá te avisaré. Te mantendré al corriente; creo que lo mejor será ver lo grave que es la situación antes de movilizarnos todos. La vecina de Blanca ha dicho que está en cuidados intensivos pero estable.


—Ok. Esperaré a que tú me informes. Creo que lo mejor es que Amelia ni se entere.


—Opino lo mismo.


—Por favor, Pedro, no vuelvas a hacerle daño; sé que te estás aprovechando de las circunstancias.


—No voy a sentir culpa por decirte que sí, que me estoy aprovechando para estar cerca de ella, pero te juro que preferiría que esto no estuviese pasando. No soy tan ruin como todos pensáis y os demostraré que tengo sentimientos verdaderos por Paula


En cuanto Paula cambió de ropa regresó a la habitación y notó que Pedro y ella se habían quedado solos.


—¿Y Eduardo?


—Le he dicho que vaya a descansar. ¿Te parece mal?


Ella se encogió de hombros al tiempo que formulaba un gesto compungido.


—Ven, túmbate. Me quedaré contigo si no te incomoda.


Paula agitó la cabeza a manera de negación y Pedro abrió la cama para que ella se metiera bajo las sábanas, la arropó y se sentó a su lado mientras le sostenía y acariciaba la mano. 


Paula se acurrucó y, bullendo de angustia nuevamente, no pudo contener las lágrimas. La congoja volvió a apoderarse de ella y comenzó a llorar. Pedro se sentó contra el respaldo de la cama y la invitó a que se rebujara contra su pecho; la abrigó con sus brazos y la asió muy fuerte contra él, como si con ese abrazo pudiera disipar todos sus pesares.


—Te estoy mojando toda la camisa.


—¿Crees que eso me importa?


—Gracias por estar aquí conmigo.


—Te juro que no existe otro lugar donde quiera estar. Solo deseo que te calmes y poder ser el consuelo que necesitas.


—Me angustia pensar en las horas que aún faltan para verla. Temo no llegar a tiempo.


—Eso no pasará. Estoy convencido de que Blanca estará bien —dijo Pedro con suavidad.


Sopesó sus propios miedos, pero se los guardó para él; cabía la posibilidad de que Paula tuviera razón, puesto que la vecina de la anciana había dicho que su estado de salud era muy grave. Pedro afianzó más su abrazo en torno a ella y le acarició incesante la espalda hasta que un sopor los invadió a ambos.


Paula descansaba contra su pecho cuando la alarma del móvil comenzó a sonar con insistencia.


Despertaron y se miraron por algunos instantes a los ojos.


Fue raro volver a despertar juntos, y no resultó extraño que los pensamientos de ambos estuvieran eclipsados por los sentimientos que se despertaban tan solo con mirarse y que rehusaban reprimir. Ella esbozó una tímida sonrisa y él deshizo su abrazo y con la mano le acarició el rostro, aún sin hablar. Paula alejó sus demonios y se propuso disfrutar de su compañía, que, por otra parte, necesitaba como si se tratara de un medicamento que impidiera su muerte. Presa de un estremecimiento, se levantó y se dirigió al baño.


«Ningún hombre tiene derecho a ser tan endemoniadamente arrebatador —se dijo para sí, y se quedó perpleja al mirarse al espejo—. Pedro, ¿por qué me resultas tan irresistible?»


El golpeteo en la puerta la sacó de su ensimismamiento.


—Rubia, voy a mi habitación a preparar mis cosas para viajar. ¿Estás bien? —preguntó él desde el otro lado.


Paula abrió de golpe la puerta y se encontró con Pedro apoyado contra el marco. Lucía sumamente irresistible con el pelo desordenado y la camisa desabrochada, al igual que el primer botón de su pantalón, que dejaba al descubierto la goma del bóxer. Intentó centrar sus pensamientos, pues constituía una atracción tan seductora que no podía rehuirla. Cuando por fin pudo recuperarse de su imperturbable mirada, dijo:
Pedro, lo he estado pensando y... anoche estaba muy vulnerable y mis pensamientos estaban muy confusos, pero... no es necesario que vengas conmigo.


—Chis —le puso un dedo sobre los labios para hacerla callar—. Quiero hacerlo. Permíteme acompañarte. Te prometo que no me insinuaré, tampoco intentaré nada. Solo déjame ir en calidad de amigo; ya que no funcionamos como pareja tal vez amigos sí podamos ser.


—Tú tienes compromisos.


—Tengo unos días libres. Déjame ir contigo. ¿Sí?


Cómo resistirse, pensó, si se sentía tan indefensa y él era en ese momento la piedra que la sostenía para no hundirse en el mar de sus miedos.


—Está bien.


—Vale, me daré prisa. Tú también, que tenemos poco tiempo para llegar al aeropuerto.









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