CAPITULO 40




Era casi mediodía y estaba sentada al escritorio inventariando las nuevas piezas de arte que habían llegado, pero su poder de concentración estaba sumamente afectado. No había parado de recordar el encuentro sexual de la mañana con Pedro. Él se había mostrado sumamente erótico y la había empalado por un largo y extensísimo rato, como si con cada embestida sus ansias, en vez de remitir, se acrecentaran más y más. Lo había hecho suave, fuerte, suave otra vez, más fuerte aún. Había rotado las caderas para un lado, para el otro... Tenía en su mente grabados a fuego sus roncos gemidos, sus dolorosos quejidos cada vez que se enterraba en ella, cambiando el ritmo, dilatando el encuentro, aplazando el estallido.


Entró Eduardo e instintivamente Paula cerró las piernas y comprimió los muslos. Su respiración era entrecortada y un fuerte rubor se apoderó de todo su rostro hasta teñir su piel de color carmesí.


Edu se quedó mirándola y le dijo:
—Deja de soñar con las folladas que te brinda tu chico; se te nota en la cara cómo te hace gozar, perra. No es justo.


Los dos se carcajearon.


—No sé de qué te quejas. Si Curt es un adonis.


—Pero tu chico despierta suspiros. El maldito siempre sale tan desprovisto de ropa en las revistas que activa toda la ratonera.


Fueron interrumpidos por el sonido del móvil de Paula.


—Espérame. Es el aludido.


—No me interesa si tienes un rato libre o no. Te espero en el ONE57. Apunta la dirección: 157 W en la intersección con la 57. No tardes —le dijo Pedro al otro lado de la línea.


—Espera...


—Ven. Estoy esperándote.


—¿Qué pasa? —preguntó Edu al ver su cara de pasmo.


—Debo salir. Pedro no me ha dejado hablar. Estaré de regreso en una hora. Si viene Amelia, dile que me espere. Aunque no creo que venga hasta la tarde.


—¿Qué te traes entre manos?


—Prometo contártelo. Ahora no tengo tiempo.


Cuando Paula llegó, se paró frente al imponente rascacielos y sintió que sus rodillas se volvían de goma y que sus piernas no eran capaces de sostenerla. Con la respiración agitada sacó su móvil y tecleó el número de Pedro.


—Sube. Anúnciate en conserjería y te indicarán.


Cuando el ascensor terminó su viaje, las puertas de acero se abrieron y, de inmediato, divisó a Pedro hablando con otro hombre. Caminó vacilante, No podía creer que fuera cierto lo que estaba pensando y viendo.


Entró y miró a su alrededor. Todo lucía demasiado espacioso y las vistas de la ciudad eran simplemente irreales: desde allí se podía ver todo Manhattan.


—Esto es increíble —dijo mientras giraba en un ángulo de 180º sobre sus pies.


Con un movimiento mecánico, dejó su bolso apoyado en el suelo y abrió los brazos para continuar girando, como si tocara el cielo con las manos. Pedro la miraba extasiado y, sosteniéndose el mentón, sonreía mientras disfrutaba con su satisfacción.


—¿Te gusta? —le preguntó sabiendo de antemano la respuesta, pero debía hacer la pregunta para deleitarse con sus palabras y sus gestos.


Paula estaba muda y eso era verdaderamente infrecuente en ella. Se acercó a una de las paredes de cristal y respiró profundo en busca de más oxígeno; con las manos apoyadas sobre la carpintería metálica, giró para buscar a Pedro y lo encontró a escasos centímetros de ella.


—¿No es mucho? ¿No es soñar demasiado alto?


—Tienes razón. Estamos a gran altura —se rio bromista—. Ningún sueño es demasiado inalcanzable como para no intentarlo.


—Pero... ¿puedes? —preguntó tímidamente.


—No me has dicho si te gusta.


—Es obvio que sí. Me has dejado... sin habla. Este lugar es indescriptible. Me fallan las palabras, Pedro. Es mágico lo que me hace sentir.


—Ven —la cogió de la mano y la guio hacia el sujeto que aguardaba en la estancia, que se había mantenido alejado para que ellos pudieran hablar.


—Señor Olson, le presento a mi socia la señorita Paula Chaves. Él es el agente inmobiliario —le informó.


—Buenas tardes. Encantada —saludó mientras le extendía la mano.


—Como se habrá dado cuenta, nos ha gustado a los dos. Pero debe comprender que tenemos que sentarnos a conversar y a hacer números. Creo que podremos tener una respuesta para el fin de semana.


—No hay problema, señor Alfonso. Si aparece algún interesado, desde luego le informaría.


—Muchas gracias. ¿Le importa si miramos el lugar un poco más?


—Desde luego que no. Los dejo para que miren tranquilos. Voy a la recepción y en unos minutos regreso.


—Pedro, ¿te has vuelto loco? —dijo ella en cuanto se quedaron solos. Se le agarró del cuello y él la cogió en brazos—. Es un proyecto muy ambicioso —continuó diciendo obstinada.


—Lo sé, pero creo que puedo permitírmelo. Debería hablar con mi contable y, claro, tendría que seguir trabajando por lo menos dos años más en la moda. De eso precisamente quería hablarte. Si nos metemos en esto, no me será posible dejar de un día para otro mi carrera.


—Te he dicho que no quiero que la dejes. No deseo que modifiques tu vida por mí.


—Ya las has modificado tú. La has puesto patas arriba —bajó los brazos y la amarró por la cintura para apretarla contra él—. En otro momento, en vez de pensar en cómo invertir mi dinero, estaría pensando en cómo gastarlo. ¿Sabes? Se me ha ocurrido que también podría vender mi bote. Eso dejaría un buen dinero.


—¿El bote que te regaló tu abuelo y que tanto te gusta?


—Necesitamos dinero. De todas formas, habría que pedir un crédito y eso sería lo que me ligaría a mi actual trabajo. Tendré que aceptar contratos que tenía en stand by para garantizar los pagos de los préstamos hasta que esto empiece a funcionar por sí solo.


—No quiero que te deshagas del bote. Sé cuánto cariño le tienes.


—Si es necesario lo venderé. Está atracado en Fort Lauderdale y la mayor parte del tiempo no lo uso. No voy casi nunca allá. Le tengo cariño porque mi abuelo no era muy expresivo y, cuando me lo regaló, lo consideré un acto muy grande hacia mí, pero no me importaría deshacerme de él.


—Me da pena. ¿Y si buscamos inversores? Tal vez Alejandro quiera participar del negocio.


—Quiero que sea nuestro negocio.


—Es tuyo, Pedro. Yo no puedo ni siquiera pensar en soñar con algo así.


La besó con apremio.


—Ven. Terminemos de mirarlo todo.







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