CAPITULO 39
«Parecemos tan libres y ¡estamos tan encadenados!»
ROBERT BROWNING
Poco a poco, todo regresaba a la normalidad. Blanca estaba muy repuesta y, contra su voluntad pero para su propia tranquilidad, su nieta le había conseguido una persona que la acompañaba y la ayudaba con los quehaceres de la casa.
De esta forma, Paula pudo reanudar su trabajo.
De vuelta en Nueva York, verse con Pedro era menos complicado.
Retomando su ritmo y de regreso en la galería, pasó su primer día de trabajo.
—Bien, hermosa. Me voy. ¿Te encargas tú de cerrar?
—Sí, vete. Yo cierro. Ya he terminado con esta base de datos.
—Ok, corazón. Hasta mañana. Qué bien que estés de vuelta. Hoy el día se ha hecho muy corto contigo aquí.
—Te quiero, Edu. Te he añorado mucho.
Se dieron un beso y un abrazo de despedida. Luego, Eduardo se marchó y cerró la puerta con un repiqueteo notorio.
Paula apagó el ordenador y sacó de su bolso un espejo para arreglar su maquillaje, pero fue interrumpida por Eduardo cuando volvió a asomar la cabeza en la oficina.
—Ha llegado un cliente de último momento. Necesita asesoramiento sobre algunas de las obras de Blainville. Le he dicho que ya lo atiendes tú.
—No puedo creerlo —dijo sumamente frustrada—. ¿A esta hora se le ocurre venir, cuando casi estamos cerrando? —Habló entre dientes porque en la galería los sonidos más nimios se expandían a mayor velocidad y miró su reloj contrariada—. Pedro vendrá a buscarme en quince minutos.
Eduardo hizo un gesto penoso. Continuaba asomado en una rendija de la puerta.
—No te preocupes, yo me ocupo. Vete. Pedro tendrá que esperarme. —Le lanzó un beso y este se marchó.
Paula salió de la oficina para asesorar al tardío cliente. En ella no había ni rastro de buen humor por más que intentara ocultar su contrariedad y parecer amable.
Se dirigió al salón caminando con decisión mientras alisaba su falda lápiz, y se apresuró en bajar los escalones para encontrarse con el inoportuno cliente. Lo encontró de pie, admirando una pintura tras una columna. El ruido de sus pasos la delató, por lo que el hombre se dio la vuelta y le ofreció una generosa y astuta sonrisa. Paula se paró a mitad de camino y una mueca de asombro asomó en la comisura de sus labios al advertir que en realidad el inoportuno cliente no era tal, sino Pedro que ya había llegado. Corrió a su encuentro y se lanzó a sus brazos, que la esperaban ansiosos por sujetarla.
—¡Pedro! —exclamó, aferrándose a su cuello y poniéndose de puntillas para darle un beso, porque a duras penas llegaba con los tacones que llevaba puestos al metro ochenta y cinco de él.
Se besaron.
—Así que estás de broma junto a Eduardo. Cómo han cambiado las cosas. Hasta hace un par de semanas no te soportaba y ahora es tu cómplice.
Él la cogió por la cintura con sencilla gracia. Sus manos la oprimieron contra su sólido cuerpo.
—¿No te ha gustado la sorpresa? ¿Acaso hubieras preferido que fuera un cliente y no yo?
—Me encanta que seas tú. Si el amor se midiera en estupidez sería la mayor idiota de la tierra. Me tienes embobada.
—Humm... Me gusta mucho escuchar eso—le dijo mientras saboreaba la piel de su cuello—. ¿Estás lista para ir a ver locales?
—Preparadísima. Espera, que cojo mi bolso. Ojalá que alguno nos guste.
Él la estrechó en otro brevísimo abrazo y luego la apartó para mirarla apreciablemente.
—Ve a por él. Así nos vamos.
****
Por la noche, después de cenar y tumbados en el sillón de la sala de Paula, estuvieron desentrañando los pros y los contras de los locales comerciales que habían visitado por la tarde.
—No quiero irme de Manhattan —dijo él tercamente—. El ático en Brooklyn Heights que tanto te ha gustado me ha parecido precioso. Sus vistas panorámicas del Brooklyn Bridge Park, de la Estatua de la Libertad, del horizonte del centro de la ciudad de Nueva York y del puente de Brooklyn, eran espléndidas. Pero preferiría una entrada individual. Opino que no debemos apresurarnos. Opto por esperar a ver qué nos encuentran; en todo caso, si lo que quieres es un ático, lo escogería en Manhattan.
—No sé. Siempre he creído que las vistas son mejores desde Brooklyn que desde Manhattan.
—Pero sabemos que, comercialmente hablando, es más rentable cualquier cosa en Manhattan.
—En eso tienes razón.
Pedro la besó en la mejilla y terminó el beso olisqueándola y provocándole que ciertas terminaciones nerviosas de su piel se propagaran. Acabaron haciendo el amor en el sillón y luego se fueron a dormir agotados por la perífrasis infinita de sus pensamientos.
La luz jugó con la oscuridad y veló los cuerpos enlazados y los hundió en un profundo sueño.
****
Paula despertó primero que él. Un anhelo creciente palpitó en su pecho cuando se dio la vuelta y lo vio durmiendo a su lado. La luz paulatina del día lo iluminaba y resaltaba su musculatura. Su largo y esbelto cuerpo estaba laxo tendido en la cama; su cabeza, parcialmente enterrada en la almohada; y la boca, entreabierta mientras descansaba.
Aspiró con fuerza para saturarse con su aroma. Admiró con voluptuosidad la sombra de la barba que había crecido por la noche en su rostro y que había adjudicado a su sorprendente cara un inmodesto arquetipo. Nunca antes Paula había experimentado tal emoción al despertar al lado de un hombre. Solo le sucedía con él. Sentía un irrefrenable deseo de meterse hasta en sus sueños. Se apoyó sobre un codo y se quedó algunos instantes admirándolo, tranquilo, relajado, su carne cubriendo cada capa de músculos, su espalda afinándose claramente en la cintura... Admiró la curva de su trasero, apenas cubierto por la sábana.
«Es mío —pensó—, solamente mío, increíblemente mío, y entregado a nuestra relación como nunca creí que iba a entregarse.»
Corrió las sábanas y apreció su desnudez: era perfecto.
Parecía cincelado a mano. Pensó en Miguel Ángel y no tuvo dudas de que si el maestro hubiera vivido en la actualidad, lo habría tomado como modelo, porque su cuerpo merecía ser esculpido. Era más perfecto que el David.
Dejó suavemente la sábana apoyada sobre su piel y se movió con parsimonia para levantarse, pero él atrapó su muñeca y, mirándola, le ofreció una adormilada sonrisa.
—No es justo que te aproveches de un hombre que duerme indefenso. Tu mirada ha gastado mi piel.
—Creí que dormías.
—Ya no. Buenos días —le dijo con la voz rasposa.
—Lamento haberte despertado.
—Me ha encantado despertarme y comprobar que soy presa de tus más lujuriosos pensamientos.
Él rodó con rapidez y la aprisionó bajo su cuerpo.
—Me toca abrir la galería, Pedro. No puedo llegar tarde.
—Esa es otra de las razones por las que te quiero trabajando en el restaurante. Basta de cumplir horarios.
—Es injusto lo que dices. Hablas como si en la galería me explotaran y sabes que no es así.
—Sí, pero ahora no puedes quedarte y yo en este momento tengo una gran necesidad de ti.
—Si por ti fuera, tendrías necesidad a cada hora.
—¿No te gusta? —le preguntó mientras apretaba sus caderas contra las suyas y sus ojos parecían llameantes.
Su boca bajó hasta sus labios sin pensar que ella pudiera escaparse de él. Su lengua se hizo paso para tocar todo el interior de su boca con su punta codiciosa y ella no pudo resistirse a la caliente exploración.
—Tengo que levantarme. Debo ir a trabajar —le informó jadeando en un instante en que pudo apartarse para recobrar el aliento.
—Luego, Paula, luego.
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