CAPITULO 36
Amelia vio que Alejandro y Paula habían salido hacia el exterior y fue en su búsqueda. Llegó sigilosamente y se escabulló, metiéndose entre medio de ambos y abrazándolos por la cintura.
—Amelia, ¿te has cansado de charlar con tus viejas grandes amigas?
—Viejas, sí. Grandes, no; solo he tenido una gran amiga en la vida y esa has sido tú. Celosa. No cambias. —Le dio un beso en la mejilla.
—¿Celosa yo? ¿Por qué habría de estarlo? ¿Porque en vez de venir a estar conmigo te has quedado con la huerfanita?
—No seas mala. Se ha acercado justo en el momento en que habéis llegado y luego han venido las demás a saludarme. No podía hacerles el feo. ¿Por qué eres tan celosa?
—Le pateó el hígado a la buscona esa cuando me vio entrar.
—¿Solo a Becca? Déjame decirte que eres el centro de atención de la fiesta, y a ti que no te gusta.
Los tres se rieron.
—Pues no deberías preocuparte tanto por ella. Pedro está contigo.
—¿Está conmigo, Alejandro?
—Dale un poco más de crédito a mi cuñado y amigo. Está portándose bien.
—¡Qué cobardicas habéis resultado los tres! —La voz de Pedro los hizo darse la vuelta. Se aproximaba con una botella de champán en la mano y tres copas.
—Tú no has aguantado mucho más que nosotros, por lo visto —Se burló Amelia.
—Quiero hacer un brindis por mi sobrino o sobrina.
Alejandro cogió las copas mientras él las servía y acotó:
—Me parece fantástico.
—Brindamos por ti, hermanita. Tú no puedes beber.
Alejandro rápidamente se ocupó de conseguirle a su mujer una bebida sin alcohol.
Tras unos instantes, Amelia y Paula se enfrascaron en un cuchicheo apenas a unos pasos de sus hombres.
—Hola, Paula. ¿Qué pasa? Como estoy trabajando de camarero y tú estás de invitada, ¿no piensas saludarme?
—¿Perdona? No te conozco. Me parece que te has confundido.
Pedro dejó de prestarle atención a Alejandro al ver que estaban hablando y se quedó expectante al intercambio.
—Entiendo. No estás sola y por eso quieres disimular. Confieso que me costó reconocerte. Vestida de esta forma casi pareces uno de ellos. ¿Cómo está Blanca? Seguro que mucho mejor. Si no, no estarías aquí.
—Te he dicho que no te conozco, pero Blanca está bien —contestó algo confundida.
—Bueno, si quieres lo dejamos así. Al parecer aquí no te conviene conocerme, aunque en Atlantic City me conocías muy bien.
—¿Pasa algo?
—No, nada —dijo Paula a Pedro, que se acababa de acercar.
—Te llamo al móvil, Paula. Perdón por la interrupción. De haber sabido que te ocasionaría algún problema, no me hubiera acercado. Que se repita pronto la salida y... por favor, dale saludos a Blanca de mi parte.
—¿De qué lo conoces?
—No lo conozco.
—Te pregunta por Blanca, te invita a salir nuevamente. ¿Crees que soy tonto?
—Te digo que no lo conozco, Pedro. Debe de haberse confundido.
Pedro la cogió por un brazo para alejarla de su hermana.
—No seas tonto, Pedro —lo regañó Paula.
—Tú no te metas.
—Me meto todo lo que me da la gana si te vas a comportar como un hombre de las cavernas.
—Amelia, cariño. Ven conmigo. —Alejandro se la llevó a regañadientes.
—No me fastidies, Paula. Ese tipo ha dicho que estuvo contigo en Atlantic City. Estás faltando al respeto a mi inteligencia.
—Perdón. —Paula puso los brazos en jarras—. Si quieres creerme, bien, y si no, es tu problema. Te he dicho que no lo conozco de nada. Además, no me vengas a exigir ninguna clase de respeto, cuando has sido el primero en faltarlo. Y para que te enteres, no tienes por qué exigirlo. Yo misma me respeto. No soy una cualquiera que se revuelca con quien se le cruza.
—Ya veremos si no lo conoces.
—¿Adónde vas? —Lo cogió por un brazo.
—A buscar a ese tipo.
—Pedro, no montes un escándalo. Te he dicho que no lo conozco. Deja de exponerme de esta forma.
—Suéltame.
—Vete a la mierda, Pedro.
—¿Adónde vas, hombre?
—Déjame, Alejandro.
—Estás fuera de sí, ¿por qué no te calmas?
—Déjame buscar a ese infeliz y que me repita a la cara que ha estado con Paula.
—Las cosas en caliente nunca salen bien. ¿No es un poco ilógico que si vive en Atlantic City haya venido hasta aquí a trabajar? Pero bueno, no es improbable. Te ayudo a buscarlo pero si me prometes que refrenarás tu locura.
Lo buscaron por todas partes, pero el tipo había desaparecido.
—Es extraño. El jefe de camareros dijo no conocerlo y parece que se lo ha tragado la tierra. ¿Con qué fin habrá venido?
—No sé. Esto es una putada que nos ha arruinado la noche. ¡Mierda! Parece que no podemos estar tranquilos Paula y yo.
Alejandro volvió la vista y se encontró con la de su suegra, que estaba junto a Rebecca; mientras hablaban, miraban con disimulo hacia donde ellos se encontraban. Con la vista buscó en la fiesta a su suegro, al parecer también pendiente de ellos, porque cuando lo miró levantó la copa para ofrecerle un brindis.
Alejandro se pasó la mano por la frente. Estaba estudiando sus actitudes y una corazonada se le instaló en el pecho. Se la guardó. No quería desatar un vendaval hasta no estar seguro.
—¿Adónde vas?
—Voy a buscar a Amelia. Tú deberías hacer lo mismo: ir al encuentro de Paula y tratar de arreglar las cosas. A las mujeres les agrada ser escuchadas, Pedro, y tú hoy no lo has hecho.
Alejandro dejó atrás a su amigo, pero no fue a buscar a Amelia como le había dicho. En cambio, fue en busca del jefe de camareros. Resuelto a desentrañar el entuerto, le enseñó su placa y le solicitó que necesitaba ver las cámaras de seguridad.
—Lléveme con quien me pueda autorizar.
*****
Paula, mientras tanto, estaba en el baño. Amelia había querido acompañarla pero ella se había negado a que lo hiciera, así que la había dejado un rato sola. La conocía bien y sabía que cuando se perturbaba era mejor aguardar a que se calmara en soledad, pues cualquier palabra podría hacer estallar su volcán interior.
—¿Qué te pasa? ¿Tengo un tercer ojo en la frente que me miras tanto?
—Hola, soy Joss. Has venido con Pedro, ¿no? No he querido incomodarte. Disculpa.
—Hola. Discúlpame tú a mí. He sido una grosera. Mi nombre es Paula.
—No te preocupes, Paula. Es comprensible que estés a la defensiva; no debe de ser nada agradable saber que en esta fiesta más de la mitad de las mujeres hemos estado con tu chico.
«Vaya telita que se trae esta zorra. Así que tú también eres del club de los groseros. ¿¡Qué mierda hago yo aquí!? Sabía que no tendría que haber venido. Qué ganas de arrastrarla de los pelos y enseñarle buenos modales.»
—Me has dicho que te llamas Joss, ¿no?
—Sí.
—Pues... no sé por qué razón no te muelo a palos y te pongo en tu sitio, y de paso pagas los platos rotos de todo el enfado que tengo. Creo que es tu día de suerte. —Hizo ademán de irse—. Ah, sí. Soy todo eso que estás pensando, una ordinaria sin nada de clase, pero a Pedro le gusta lo ordinario, y lo superficial le patea el hígado. Me ha contado que ninguna de vosotras jamás lo satisfizo en la cama. ¿Y sabes qué más? Que todas sois unas mojigatas que ni siquiera os sabéis mover. Ya sabes que Pedro es muy exigente.
Antes de marcharse, se metió un dedo en la boca haciendo el gesto para vomitar.
Cuando salió del baño se encontró con Pedro, que iba en su búsqueda. Amelia lo había enviado allí.
—Fuera de mi camino.
—¿Te puedes calmar?
—¿Que me calme? ¿Ahora me pides que me calme? Me has tratado como a una cualquiera. Les has dado el gusto a todos de pensar lo que ellos anhelan que pienses —habló con los dientes apretados. No quería que Joss los oyera discutiendo—. Y por si fuera poco, entro al baño y me encuentro con una de tus examantes. Me metes en este nido de víboras, ¿y te atreves a pedirme respeto?
Él la cogió por la nuca y le encajó un besazo para hacerla callar. En aquel momento Joss salía del baño y Paula la vio por el rabillo del ojo.
—Me han entrado celos. Lo siento. Ponte en mi lugar. Tú hubieras actuado igual que yo. Estoy seguro de que ya habrías reemplazado mi pajarita por mis huevos; no me caben dudas de que en este momento los tendría en la garganta de la patada que me hubieras dado. Dices que no lo conoces y te creo. Dijimos que tenemos que confiar el uno en el otro, pero entiéndeme, por favor, el tipo parecía conocerte muy bien y ha nombrado a Blanca. Cuando ha dicho que habíais estado juntos me he cegado. Me ocuparé de averiguar quién es. Te lo prometo. El problema es que ha desaparecido.
Ella respiró profundo y lo cogió de las manos, que él mantenía aferradas a su rostro para que lo mirara.
—No lo conozco, Pedro. No lo he visto en mi vida. A mí también me gustaría saber quién es. ¿Acaso no te das cuenta de que estoy demasiado ocupada siendo tuya como para fijarme en alguien más?
Él le acarició el rostro.
—¿Quieres que nos vayamos?
—Sí, por favor. Sé que es temprano, pero no encajo aquí.
—No te aflijas. Pediré una habitación aquí en el hotel. Así tampoco tendremos que volver a la casa de mis padres.
Se abrazaron, pero entonces Pedro sintió la vibración de su teléfono en el bolsillo.
—Espérame. —Sacó el móvil y en la pantalla vio el nombre de Alejandro—. Está bien, voy para allá.
—¿Qué pasa?
—¿Me esperas un ratito? Busca a Amelia y quédate con ella, que yo ya vuelvo y nos vamos.
—¿Qué pasa, Pedro? No quiero que armes ningún escándalo.
—Chis, tranquila. —La serenó con un beso—. Alejandro quiere revisar las cámaras de seguridad pero no se lo permiten y me llama para que lo intente yo. Tal vez por ser el hijo de mi padre me dejen.
Ella asintió con la cabeza. Él le dio otro beso rápido en los labios y se marchó.
En el camino, Rebecca y su madre quisieron detenerlo.
—Lo siento. Ahora no puedo. Vuelvo enseguida.
Al llegar junto a Alejandro y el equipo encargado de la seguridad, dijo:
—Buenas noches. Soy Pedro Alfonso y mis padres han contratado sus servicios en el hotel. No sé si saben quiénes somos los Alfonso, pero por si tienen dudas le informo de que somos los dueños de los Astilleros Mayer en Bradford, o sea, movemos Fort Lauderdale —informó muy calmadamente con una mano en el bolsillo del pantalón mientras ofrecía una mueca muy inmodesta.
—Encantado, señor Alfonso. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Necesitamos ver las cámaras de seguridad.
—Pues, como comprenderá, se necesita autorización para eso. Nosotros garantizamos la privacidad de todos nuestros clientes.
—Y, según tengo entendido, también la seguridad. —Pedro le puso una mano sobre el hombro—. Mis padres contrataron sus servicios para esta noche, y eso incluía que solo quienes eran sus invitados podían entrar en la fiesta de cumpleaños de mi madre; sin embargo, ha entrado un individuo al que no conocemos y ha estado molestando a mi prometida.
Pedro miró a Alfonso y este no pudo disimular su pasmo ante la convincente exposición de su cuñado.
—Lo comprendo, señor Alfonso. Pero esta noche no hay nadie con la potestad suficiente para autorizar lo que pretende. Ya se lo he explicado a su cuñado. Para eso es necesario una orden policial.
—Parece que usted y yo no nos estamos entendiendo.
—Pedro sacó unos cuantos billetes y se los metió en el bolsillo de la chaqueta al encargado—. Reformularé la pregunta —le dijo al oído mientras lo tomaba de las solapas—: ¿podemos ver esas imágenes? No querrá que mis amigos, los que están aquí y los muchos que no han venido, se terminen enterando de que este es un sitio inseguro y acaben descartándolo como opción para sus eventos. Y si lo que necesita es un policía, mire qué casualidad, mi cuñado lo es, y no cualquiera: un condecorado detective del departamento de Nueva York.
—Lo comprendo, pero están poniendo en riesgo mi trabajo.
—Mi querido —Pedro le limpió la solapa al encargado, mientras leía el nombre de su placa— Todd Palmer, sé muy bien cómo se maneja Fort Lauderdale. Le aseguro que lo que acabo de poner en su bolsillo no es poco. No hiera mi inteligencia y no se pase de listo. Puedo hacer que lo dejen sin trabajo. Resolvamos esto pronto y entre nosotros.
****
No sacaron nada revelador: al desconocido no se lo veía hablando con nadie. Primero, estuvo dando vueltas por la mesa de la comida. Allí cogió una bandeja y con ella salió al exterior, donde se lo pudo ver acercándose a Paula. Cuando se alejó, dejó la bandeja sobre una mesa y su rastro se perdió en el baño de servicio. Minutos después, se lo vio saliendo y cambiado con ropa de calle para ir a coger un taxi y marcharse del lugar.
Alejandro guardó algunas imágenes en su teléfono y salieron de allí.
—Vaya poder de convicción el del apellido Alfonso. Más efectivo que mi propia placa.
—Lo efectivo fue el dinero que les metí en el bolsillo. Fort Lauderdale marcha a base de propinas. Solo quiero saber por qué el tipo hizo lo que hizo y quién lo mandó, porque es obvio que alguien lo envió.
—¿Rebecca?
—¿Tú crees? No la veo haciendo eso.
—Humm, podrías asombrarte de lo que es capaz una mujer desengañada. En mi trabajo he aprendido que nada puede resultar descabellado. La mente humana trabaja de una forma que te asombrarías. »Además, sabes que si la descartamos a ella no quedan muchas más opciones...
—Lo sé... sé perfectamente a quiénes te refieres. No soy tonto. —Alejandro le apretó el hombro—. Necesito comprobarlo.
Su amigo asintió con la cabeza.
Comentarios
Publicar un comentario