CAPITULO 35
Entraron en el Marriott Harbor Beach Resort & Spa. Pedro la llevaba muy pegada a él y con su mano la asía fuertemente a la cintura, para que no le quedaran dudas a nadie de que ella era suya. Una persona que estaba en la entrada los recibió muy amablemente y Pedro se encargó de anunciarse.
En seguida les indicó hacia dónde debían dirigirse, por lo que no les costó trabajo encontrar el hall de entrada del salón Océano, donde se llevaría a cabo la celebración.
Las familias más distinguidas del Fort Lauderdale estaban invitadas. El lugar ya estaba a rebosar de gente cuando ellos llegaron. Alejandro y Paula también se les habían adelantado. Se personaron en el elegantísimo salón y, de pie en la entrada, echaron un vistazo general. Con la actitud decidida de quien está acostumbrado a meterse el mundo en el bolsillo, Pedro tomó de la mano a Paula y la invitó a que lo siguiera.
—Ven. Te invito a que afrontemos juntos las consecuencias, —bromeó con cierto sarcasmo.
En el camino, un grupo de jóvenes salieron a su encuentro.
—Pedro, ¡qué alegría verte, hombre! Te vi esta mañana cuando pasaste por casa con tu bote.
—¿Cómo estás, Harold? —Se estrecharon la mano con fuerza.
—Muy bien. ¿No nos presentas a tu amiga?
—Mi novia. Paula Chaves. —Asombrado, comprendió de pronto cuál era su talón de Aquiles. Esa necesidad de marcarla como suya cada vez se hacía más evidente.
Paula estiró su mano, pero el amigo de Pedro se acercó a darle un beso. Pedro se fastidió por que él no comprendiera que ella no era una más.
—Encantada.
—Harold Coleman, para servirte.
—Él es Frank Powell y él, Russell Owen.
—Hola, Paula. Un placer conocerte —dijo Frank mostrándose muy cortés.
—Compañeros de instituto y de andanzas —se presentó indiscretamente Russell—. ¿Ahora a tus chicas las presentas como tus novias? —lo dijo en un tono cómplice, pero con el suficiente volumen para que todos escucharan.
Las tranquilas palabras sonaron como una condena, pero ella no iba a permitir que nadie sembrara dudas entre ellos.
«¿Qué les pasa a todos estos estirados? ¿Acaso han hecho un máster de cómo ser más groseros?»
—¿Qué ocurre, Russell? ¿Tan temprano y ya se te ha subido el champán? Quiero creer que es eso, porque no me gustaría tener que ponerte en tu sitio y arruinarle la fiesta a mi madre.
—No es necesario, Pedro. Tu amigo solo estaba bromeando.
Paula intentó serenar las aguas. Se sentía muy insegura rodeada de todos aquellos desconocidos que solamente eran unos insolentes con dinero. Intentó serenarse. No quería ni que Pedro advirtiera su turbación ni darles el gusto a todos aquellos estirados de caer en el juego de ser su presa.
—Estás un poco susceptible. Tu amiga tiene razón. Solamente ha sido una broma.
—Te he dicho que no es mi amiga, que es mi novia.
—Disculpa, es que tú con novia... es extraño, nunca creí que te oiría decir eso. ¿Os conocisteis en un desfile? —quiso saber Harold.
—Es la mejor amiga de mi hermana y una experta en arte. Ahora, si nos disculpáis, nos vemos luego. —Apenas se alejaron unos pasos, Pedro le habló al oído—: Lo siento. Son unos energúmenos. Yo antes era uno de ellos y ahora se creen con derecho a pasarse de la raya. Tiempo atrás me hubiera reído de sus bromas. Esta falta de respeto es culpa mía, ya que antes nunca consideré importante a nadie que estuviera a mi lado.
—Tratemos de disfrutar.
De pronto Paula vio a Alejandro y a Paula acompañados por Rebecca, así que no hizo ningún comentario y se quedó apartada, pero esta pareció sentir su presencia y levantó la vista. Una punzada de hostilidad fue inevitable en las dos mujeres al comprobar que ambas iban vestidas del mismo color.— ¡Maldición! ¿No podría haber elegido otro tono de vestido?
—¿Cómo? No te he oído.
Era evidente que Pedro no había reparado en ella, así que no iba a darle el gusto de que lo hiciera.
Paula, con disimulo y sin ninguna culpa, alisó su atuendo y luego le pasó la mano por la solapa a Pedro. «¡Que le den! —pensó— Al fin y al cabo, esta coincidencia guarda cierta relación con lo que ella ha intentado esta mañana conmigo. Por lo tanto, que ahora la incomodidad sea toda suya.»
—Te decía que tengo la boca seca.
En un instante, Pedro tomó dos copas de champán de la bandeja que le ofreció un camarero y le alcanzó una a Paula.
De inmediato, unas cuantas personas se les acercaron a saludarlos. Pedro la presentó a todos como su novia y Paula estaba que no cabía en ella; por suerte, nadie más dijo nada
inapropiado, aunque se notaba claramente que más de uno susurraba a sus espaldas e intentaba ocultar risitas, además de pasear su mirada por ella sin ningún disimulo. Esos ojos la juzgaban. Podía advertirlo.
Pedro estaba enfrascado conversando con empresarios de la náutica, razón por la cual dejó de prestarle un poco de atención.
—Me ha contado Geraldine que es una cazafortunas, que no tiene clase y que es la empleada de Amelia.
Paula escuchó claramente cómo cotilleaban a su espalda. La estaban despellejando y la madre de Pedro era la culpable. No le extrañaba. Cerró los ojos buscando estabilidad emocional para no montar un escándalo.
—¿Cómo se ha atrevido a traerla? Aunque de Pedro no me extraña nada. Hace tiempo que mancilla el honor de su apellido.
Presa de una ira insoslayable, se dio la vuelta; sin embargo, las chismosas mujeres habían desaparecido de su campo visual y le resultaba imposible individualizarlas. Intentó tranquilizarse.
Observó a su alrededor y vio cómo varias mujeres se acercaban a saludar a Amelia y a Rebecca y miraban en dirección a ellos. Alejandro en aquel momento se aproximó y le dijo al oído:
—Veo que no soy el único incómodo en este gran circo.
Ella quiso reprimir la risa, pero no lo logró demasiado, por lo que Pedro y aquellos hombres dejaron de conversar y les prestaron atención.
—Con permiso, Pedro. Ahora te la devuelvo. —Este asintió con la cabeza y ambos partieron hacia la terraza con vistas al océano, donde dieron rienda suelta a las risas.
—¡Por Dios! Qué gente tan falsa.
—Gracias, Alejandro, por salvarme y sacarme de allí.
—Definitivamente, tú y yo no encajamos con nuestros suegros —repuso él arqueando sus oscuras cejas. —Cómo me gustaría vengarme de todos estos arrogantes que se creen con derecho a mirarme por encima del hombro.
El asintió con gravedad mientras esbozaba una sonrisa y Paula murmuró una maldición por lo bajo, con la que provocó otro ataque de risa.
—Cuenta con este fiel servidor —repuso él siguiendo la broma y extendiendo su sonrisa de oreja a oreja mientras sus ojos brillaban de diversión.
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—¿Quién es esa chica que ha venido con Pedro? Qué raro que haya venido acompañado.
—Paula. Es mi mejor amiga —explicó Amelia orgullosa—. Hacen buena pareja, ¿verdad, Josselin? Es su novia.
—Pero... no es de nuestro círculo. Pensé que tú y él vendríais juntos hoy —le dijo a Becca en claro tono de burla—. Geraldine le dio a entender a mi madre que habíais reanudado la relación. Hasta perdí todas las esperanzas de conseguir un buen revolcón con Pedro cuando me enteré. Pero, por lo visto, Rebecca... nos han ganado la partida.
—Geraldine ha soñado con vernos juntos desde que llegué, pero he venido por negocios, Joss.
—Vamos, Becca. No es necesario que finjas con nosotras. He visto cómo lo has mirado cuando llegaron. Pedro es inolvidable. Créeme que te comprendo.
—Yo puedo dar fe de lo que dice Joss. Inolvidable de punta a punta. —La joven de pelirroja cabellera que hasta el momento se había mantenido al margen hizo su afirmación con total rotundidad.
—No niego que Pedro es muy guapo, pero todo lo que hubo entre él y yo ha quedado en el pasado.
—Becca, mientes muy mal, querida. No lo tomes a mal, pero no engañas a nadie con tus argumentos. —Ella frunció el ceño—. Te querías comer a la chica cuando la viste entrar. Y para colmo trae un vestido del mismo color que el tuyo; te ha hecho sombra con todas las de la ley.
Ambas mujeres se le rieron en la cara.
—Además, Becca —volvió a intervenir la pelirroja—, no me digas que no te gustaría repetir con Pedro. Todas las que hemos estado con él, y me incluyo, daríamos nuestra reputación por volver a tenerlo. Pedro es de esos tipos que jamás olvidas.
—Creo que sobro en esta conversación Disculpad, pero no me interesa conocer las proezas sexuales de mi hermano. Además, si me permitís un consejo, id olvidándoos de él porque Pedro está ya fuera del mercado.
Un golpe en la nuca hubiera dolido menos que la comezón que le produjeron las palabras de Amelia a Rebecca.
«Supéralo, Becca. No tienes ninguna oportunidad. Él te superó hace mucho y no siente ni un ápice de atracción por ti.»
Quiso salir corriendo de aquella celebración pero se contuvo.
No iba a dejar que ninguna de aquellas frívolas mujeres disfrutara de su knock out.
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