CAPITULO 34
«Al universo no le gustan los secretos. Conspira para revelar la verdad, para llevarte hasta ella.» LISA UNGER
Ya habían pasado el puente levadizo de Puerto Everglades y se habían abocado en los canales de Fort Lauderdale, donde lentamente Neptuno iba haciendo su ingreso en Las Olas en busca de su atracadero.
—Necesitaré de tu ayuda —le pidió Pedro mientras colocaba el bote de costado junto a la zona de amarre—. ¿Puedes lanzar las defensas de estribor? Más tarde, yo me encargaré de las de babor.
—Oh, claro que sí.
En cuanto Paula se asomó por el pasillo lateral, vio a su amiga Amelia, que ya se había percatado de que ellos estaban arribando a la mansión y se acercaba junto a Alejandro a recibirlos.
—¡Pau! —gritó esta entusiasmada—. Qué ganas tenía de verte, amiga. Por fin llegáis.
—Amelia, Alejandro, ya estáis aquí. Qué alegría veros.
—Veo que mi hermanito ya te ha enseñado su gran pasión.
—Hemos dado un paseo precioso.
—La próxima vez, a ver si nos invitáis —acotó Alejandro, que estaba ayudando a Amelia para que subiera al bote.
Las amigas se abalanzaron a abrazarse.
—Te estropearé la ropa. Debo de tener restos de crema solar.
—Qué importa. Ven aquí —le dijo Amelia mientras la estrechaba en un fuerte abrazo.
Mientras se abrazaban felices, Paula le dijo muy en secreto:
—Volvemos a estar juntos. No lo creerás, pero Pedro parece otra persona.
—Ya lo veo. Estoy muy feliz por verte sonreír nuevamente. No esperaba encontrarte aquí. ¿Por qué no me habías dicho nada?
—Uff, hay mucho que contarte, pero ya nos daremos tiempo para cotillear.
—Hola, Alejandro. Qué morenos estáis.
—Ha sido un mes fantástico. Ya os contaremos.
Entraron en la cabina inferior, donde Pedro estaba apagándolo todo y se saludaron acaloradamente.
—Pedro, qué bonito y renovado está tu bote.
—¿Has visto? Papá se ha encargado de las remodelaciones. Me ha sorprendido.
—Humm, cuando la limosna es grande... hasta el santo desconfía.
—Piensas igual que yo. Creo que nuestro padre se trae algo entre manos. También me ha sabido a soborno.
—Tal vez lo había preparado esperando que lo usaras con la huerfanita. Estoy segura de que, de haber sabido que lo usarías conmigo, lo hubiera llenado de estiércol.
—¿Te refieres a Becca? —preguntó Amelia, y Alejandro miró a Pedro con disimulo, mientras se pasaba la mano por la nuca y recordaba la conversación que habían mantenido en la boda.
—Mejor que cambiemos de tema —dijo el más pequeño de los Alfonso.
—¿Presiento que me estoy perdiendo algo?
—Presientes bien, Amelia. Mejor que esa no se me cruce hoy, porque no quisiera tener que arruinarle la fiesta a tu madre.
—¿Qué te ha hecho Becca? Si es un amor de persona.
—Ah, veo que a ti también te tiene engatusada. Sin embargo, déjame informarte que la cara de angelito ya se ha puesto su traje de maléfica, y a ti —le golpeó el pecho con el revés de la mano a Pedro—, más te vale comportarte.
—¿Qué has hecho ahora? —preguntó Alejandro asustado.
—No, si yo no he hecho nada. —Paula cogió a Pedro del mentón y le plantó un beso en los labios.
—Pero, por si acaso, estás advertido.
—Ya te he dicho que no tendrás quejas por nada. Soy otro Pedro totalmente entregado a ti —dijo mientras le mordía los labios—. Dejadme cerrarlo todo y bajemos del bote.
—Esperad —manifestó Paula deteniendo a su hermano—. Tenemos algo que contaros y queremos que seáis los primeros en enteraros.
—Oh, Amelia, no me digas que es lo que me estoy imaginando...
—Pues tu loca cabeza, amiga, puede imaginar miles de barbaridades, pero presiento que sí, que es lo que te imaginas.
Paula le tocó la barriga a Amelia y se tapó la boca mientras contenía las lágrimas.
—¿Voy a ser tío? —le preguntó Pedro a Alejandro. Este asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa que dejaba escapar con sinceridad toda la alegría que estaba sintiendo.
—¿Qué, no me vas a felicitar?
Se abrazaron con gran ímpetu y se palmearon con fuerza la espalda.
—Mierda, Alejandro. No has perdido el tiempo. Has usado muy bien tu lápiz para escribir la cartita a París.
—Bueno, no es que lo haya usado para escribir una carta. Si quieres te lo explico con todo lujo de detalles —le dijo mientras se mofaba de él.
—No quiero saber nada. Mi hermana es un ser asexual y estoy seguro de que la concepción fue por obra y gracia del Espíritu Santo. ¿Verdad, hermanita, que tú no haces esas cosas? Dame un beso. Ven.
— Dios, estoy hecha una floja. Se supone que la sensible por estar embarazada tienes que ser tú. Nunca creí que me emocionaría tanto saber que serás mamá. He deseado tanto tu felicidad, Amelia. No te imaginas cuánto me alegra saber que la has conseguido —habló Paula muy sinceramente.
—Gracias por estar siempre a mi lado, en los buenos y en los malos momentos. —Engancharon los meñiques.
—Pues a partir de ahora siempre será en los buenos, porque mi caramelito —le dio un beso a Alejandro en el carrillo— siempre te regalará buenos momentos. Creo que tendré que cambiarte el apodo. Tal vez sea más adecuado que te empiece a llamar papi.
—¡Humm, qué compromiso! Será mejor que me vaya mandando a hacer unos calzoncillos de metal, que sé que tienes una muy buena patada.
Los cuatro se rieron.
—Ahora creo que no es justo. Yo estoy advertido de todo, pero tengo que soportar que le andes tirando flores a este.
—No te hagas el celoso, Pedro Alfonso, que sabes muy bien que lo mío con Aleejandro es una simple broma. La advertencia está clara y que no se te olvide.
Alejandro le dio palmadas en la espalda.
—Creo que mejor pediré presupuesto por la fabricación de dos calzoncillos. Sabes que soy un amigo muy solidario.
Bajaron del bote muertos de risa.
—Vamos a contarles a papá y mamá lo del bebé, aunque no espero que se emocionen demasiado —acotó Amelia. Nadie se atrevió a desmentirla. Sin embargo, tampoco lo aseveraron. Claro que todos sabían que los Alfonso eran bastante desapegados y era muy probable que ella tuviera razón.
Dejando con disimulo que las mujeres fueran por delante y se separaran lo suficiente de ellos, Amelia y Paula se pusieron a cuchichear aprovechando la distancia.
—¿Qué ha pasado con Becca?
—Luego te cuento, Ame. Pero le anda tirando los trastos a Pedro y tus padres están más que apoyándola.
Mientras tanto, los hombres también murmuraban:
—Por lo visto Rebecca no le cae nada bien a Paula.
—Tenías razón. Parece que aún le gusto. No quiero tener problemas con Paula ahora que la he recuperado. Hablaré con ella. Hoy ha estado fuera de lugar y no sé con qué fin.
—¿No sabes con qué fin? Quiere repetición. Te quiere entre sus piernas. Eso es obvio.
—No estoy interesado. Se lo dejaré bien claro.
****
Ya estaban acicalados para salir hacia la fiesta.
—Ya estoy lista. Voy a salir —avisó Paula desde el vestidor.
—Estoy muy intrigado. Has creado un buen misterio en torno a tu vestido.
—Espero no defraudarte.
—Estoy seguro de que no.
Paula salió y se quedó boquiabierta al ver a Pedro.
—Estás... guapísimo.
Él estaba de pie junto a la mesilla de noche ajustando el broche de su reloj de pulsera.
Un disparo de acogimiento se le atesoró como un relámpago, pues ese condenado hombre era un maldito paradigma de la raza humana. Paula lo observó: su cuerpo, su cara, eran una perfecta combinación. Tenía estilo y sabía llevar muy bien el esmoquin, que lucía magnífico y soberbiamente elegante enfundado en una chaqueta blanca que combinaba con un pantalón y un chaleco negros.
Los ojos de Pedro contenían un brillo pícaro y deslumbrante, y sus labios se curvaron en una sonrisa casi irreprimible que provocó en ella que su corazón casi dejase de latir. Le hizo un guiño, y la recorrió con la mirada al tiempo que un calor anhelante palpitó también dentro de él.
Paula había elegido ponerse un vestido muy estrecho en color oro muy brillante, con cierta reminiscencia oriental; en la espalda, un escote rotundo resaltaba su poderoso derrière.
Ella giró distraída y le enseñó sus favorecidas curvas a la espera de que Pedro emitiera una opinión.
—¿Y?
—Un poco profundo el escote.
—No me pareció tan profundo cuando lo compré. ¿No lo crees apropiado para el cumpleaños de tu madre? —Paula abrió mucho los ojos y puso un sentido gesto de decepción.
—A decir verdad, no. Porque me gusta demasiado lo que deja ver, y eso significa que no seré el único que pensará lo mismo.
—Eres un tonto. Creí que no te gustaba.
—Vuelve a girar.
Inmediatamente ella le hizo caso, y levantó un poco los bajos del vestido para que también pudiera apreciar las sandalias Charlotte Olympia que llevaba en sus pies.
Pedro la estudió mientras se sostenía el mentón con la mano. Luego se acercó y le dijo al oído:
—Te tengo ya unas ganas... esas malditas sandalias han despertado todos los ratones de mi cabeza; además, quiero marcarte para que nadie se atreva a mirarte más de lo que debe. Quiero que huelas a mí y que en el rostro se te note que estás recién follada.
—Pon a dormir nuevamente a tus ratones y vayamos a la fiesta, o tu madre me crucificará si llegas tarde. —Le acarició el bulto sobre el pantalón—. Deja de mear a mi alrededor. Te aseguro que no es necesario.
Buenísimos los 3 caps.
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