CAPITULO 32
Rebecca pasó delante de Benjamin y Geraldine bastante desencajada. Sus planes para reconquistar a Pedro cada vez estaban más complicados.
—Oh, pero, ¿qué le habrá pasado? Estaba con Pedro, ¿no?
—Sí, Geraldine, pero a tu hijo le gusta la grasa de las capitales, y prefiere eso a comer caviar. Debemos actuar rápido, y hacer que se olvide de Paula. Dios —levantó las manos hacia el cielo—, tu hijo y tu hija van a matarme de un infarto.
—Ni me lo digas. ¿Qué pensarán nuestros amigos cuando se enteren de que tiene amoríos con la empleada de su hermana?
—Eso es lo que menos me preocupa. La gente está acostumbrada a sus correrías amorosas por las revistas y, por mucho que nos pese, se han habituado. Pero lo necesito de nuestro lado, y ya has visto que esa no nos soporta y no hará más que ponerlo en nuestra contra: debemos sacarla de nuestro camino. Pedro debe ser el próximo heredero del sillón presidencial de los astilleros. Debe ceder y acceder a perfeccionarse para llevar nuestra empresa, pero para eso necesito que su mentalidad cambie. Necesito que empiece a pensar como un hombre de negocios y se deje de historias absurdas. Debe entender que cuando uno lleva a cuestas un apellido con historia y poder, el corazón no cuenta.
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Becca había entrado en su habitación. Desde la ventana, fue testigo de cada una de las acciones de Pedro. Su musculatura brotaba exuberante con cada movimiento y resaltaba bajo los rayos del sol, al tiempo que se encargaba de levantar las defensas del lado de babor y soltar amarras.
Verlo tan despreocupado la llenó de ira y el rencor que había acumulado durante años pareció acrecentarse.
Estaba desesperada porque nada de lo que ella hacía para llamar su atención parecía ser lo correcto, y el tiempo se agotaba. Estaba furiosa y la tomó con Paula.
«Maldita infeliz. La odio, la aborrezco con toda mi alma. La quitaré de mi camino como sea.»
Casi ocho años atrás, Pedro y su familia se la habían sacado a ella de encima como quien se deshace de una ropa que ya no piensa usar más, y entonces Rebecca no había tenido más remedio que huir con su pequeño secreto; ahora había regresado a por la revancha.
En un acto de franco desconcierto emocional, probó sacudir la cabeza para aclarar sus ideas pero no parecía conseguirlo. Cogió con las manos su cabeza atormentada y sintió ganas de gritar y de echarse en la cama a llorar, pero aunque sentía que sus fuerzas y determinación la abandonaban, no podía darse ese lujo. Había llegado a Estados Unidos con un plan muy bien orquestado, pero ahora todo estaba yéndose al garete.
Miraba con determinación a través de la ventana. Cada vez que podía Pedro tocaba a Paula.
Habían subido al puente superior y él la tenía sentada en sus rodillas, su mano anclada en el muslo mientras le explicaba para qué servía cada pantalla y cada palanca de mando. Le hablaba muy de cerca y la seducía con su aliento. Rebecca conocía muy bien su ritual. Sin temor a equivocarse, sabía que ahora le haría coger el joystick, y ella, bajo su supervisión, sería la encargada de mover el bote y lo alejaría de la orilla.
Al advertir que la embarcación comenzaba a moverse, una punzada en el estómago pareció atravesarla: se iban juntos, despreocupados de todo lo que a ella le pasaba. Sin darse cuenta sus lágrimas brotaron, pero no se permitió llorar. No podía darse el lujo de ninguna debilidad. Alejo la necesitaba fuerte; además, había prometido hacía mucho que ningún otro Alfonso la haría llorar
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