CAPITULO 3
Alejandro le besó la coronilla y le dispensó una mirada de reproche a Pedro por sus desafortunados comentarios. Ella sonrió forzada intentando deshacerse de la angustia, pero lo cierto era que Amelia aún recordaba con pesar cada palabra de la conversación mantenida con su madre cuando le informó de que Alejandro y ella se casaban.
—No hace ni dos meses del escándalo que protagonizaste con Manuel y, a pesar de lo candente que sigue todo, me dices así, tan fresca, que nos pondrás en boca de todos con una boda que no hará más que remover la vergüenza que la prensa se encargó de retratar con todo lujo de detalles y hasta con fotos de tus moratones. ¿En qué piensas últimamente, Amelia? Parece que disfrutas denostando nuestro prestigioso apellido.
—Pienso en ser feliz, mamá, feliz como nunca lo he sido. Pero claro, tú no entiendes lo que es eso porque ahora comprendo que nunca lo has sido verdaderamente. Es increíble, ahora me doy cuenta de que en realidad tú eres la que no tiene carácter y prefieres vivir cómodamente cubierta de grandes mentiras. La verdad, me da lástima que no te animes a ser feliz. No sabes lo que te pierdes.
»Esos moratones que he mostrado al mundo, y que a ti te escandalizan tanto, a mí me enorgullecen; me hace feliz saber que me atreví a hablar y a mostrar lo que ningún hombre debe hacerle a ninguna mujer. Rompí el silencio, mamá; pude hacerlo, y gracias a Dios sobreviví para contarlo.
—Eres una insolente. Desde que te has atrevido a desafiar tu destino te comportas de una forma tan vulgar que a veces creo que no eres mi hija, por no hablar de esa fundación estúpida que se te ha ocurrido crear, donde a menudo se te ve rodeada de gente que no es de tu clase. Me avergüenzo ante nuestras amistades cada vez que me preguntan si es cierto. Lo único bueno de todo esto es la posición económica de tu futuro esposo.
—Doy gracias de haberme atrevido a desafiar mi destino, y también doy gracias a Alejandro, pero no como tú por su dinero, sino por ser la persona que creyó en mí y me animó a dar el paso. Doy gracias por tenerlo a mi lado y que me haya dado fuerzas para romper el silencio. Nunca me ha dejado sola; hasta estuvo a mi lado cuando me vi obligada que declarar en contra de Manuel, muerta de miedo, por tener que enfrentarme a él, por tener que mirarlo a los ojos y recordar cada uno de los escarnios a los que me sometió. Lástima que no pueda agradecértelo a ti también, ni a mi padre. Pero eso ya no me quita el sueño. Sé que en tus reglas de esposa perfecta no entra que una alce la voz para decir basta. Ahora creo que Pedro tiene razón. ¿De verdad fuiste tú quien nos parió?
—Eres una grosera. Como si no supieras lo mucho que me sacrifiqué por teneros a ambos.
—Sí, claro, sacrificaste tu figura sin saber si volverías a recuperarla. Eso ya me lo has contado. Lo que nunca me has explicado es si disfrutabas cuando me movía dentro de tu panza. ¡Ah, nooo, claro, eso no es hierático, ni chic!
»Mamá, te enviaré la invitación. Si queréis participar en mi boda, tú y mi padre seréis bienvenidos. Adiós.
Ya me atrapó.
ResponderEliminar