CAPITULO 2




«El hombre es el animal que observa sus propios excrementos.» PLATÓN


Estaba seguro de que nunca recuperaría momentos como los vividos junto a Paula; después de haberlo tenido todo, ahora sabía lo que era estar vacío y sin alma. Lo peor era que nadie le creía, y no los culpaba. «Cría fama y échate a dormir», dice el refrán: él se había encargado a lo largo de su vida de que todos creyeran que era un hombre sin compromisos emocionales, así que era el único culpable de su destino.


La había perdido y no podía echarle la culpa a nadie. Paula había confiado en él, pero no había sabido cuidar su amor.


Dos meses no era tanto tiempo, pero para él era una eternidad; cada día se hacía interminable y nada de lo que antes le interesaba parecía tener demasiado sentido.


Lo que más inquieto lo tenía era que en su mente parecía haber un gran agujero negro: se esforzaba, lo intentaba denodadamente, pero no lo conseguía, y cuanto más probaba a recuperar los acontecimientos de aquella noche menos parecía recordar.


Recordaba con nitidez el momento en que llegó a la fiesta y se acercó a saludar al anfitrión, o en el que se encontró con un par de conocidos y, acto seguido, se dirigió a la barra para pedir un martini. Luego, con la copa en la mano, fue hacia la terraza, donde conversó con otros colegas e intercambió algunas bromas. También rememoraba con claridad cuando Julia Stranford se acercó a saludarlo. Era una modelo con la que había compartido varias campañas publicitarias y a la que hacía tiempo que no veía. A partir de ese momento empezaban los traspiés en su memoria, y su mente saltaba a la animada conversación con Juliana, pero no sabía en qué momento ella entró en escena —suponía simplemente que se había acercado y que se había integrado en el grupo—. Esos eran los últimos recuerdos diáfanos; luego, todo era borroso: un pasillo oscuro que recordaba haber transitado apoyado en el hombro de alguien, y, finalmente, un gran misterio hasta que se despertó en su cama con Juliana al lado, con una terrible jaqueca y desnudo por completo.


Llevaba en su haber muchas borracheras a lo largo de su vida, la peor de todas cuando Alejandro, su amigo, lo tuvo que ir a buscar a aquel hotelucho donde lo encontró casi sin conciencia; aun así poseía recuerdos nítidos de aquel día, a diferencia de la noche de la que nada podía recordar, como si todo lo que esa mujer había dicho acerca de lo ocurrido entre ellos no hubiera pasado en realidad.


Ansiaba acordarse, precisaba entender qué había pasado por su cabeza para ligar con otra y llevársela a su casa. 


Había ido a esa fiesta solo por compromiso. Cuando salió de su apartamento tenía el firme propósito de hacer acto de presencia y luego volver a arreglar las cosas con Paula. Era
un gran tormento pensarlo, y quién iba a dar crédito a que Pedro Alfonso estuviera arrepentido de tirarse a una mujer; mucho más si esa mujer era poseedora de una belleza innegable como Juliana.


Sin embargo, su recuerdo no le atraía lo más mínimo y eso hacía que las piezas de ese rompecabezas no terminaran de encajar.


Acababa de llegar de Milán, donde había ido por trabajo, y al finalizar sus obligaciones se había retrasado unos días más su regreso a la realidad, una realidad en la que la mujer a la que amaba ya no estaba a su lado. Hacía días que había dejado de intentar comunicarse con ella, ya que sistemáticamente Paula no atendía a sus llamadas y mensajes. La última vez que lo hizo le gritó que la dejara en paz antes de colgarle, y le ratificó lo dicho aquella mañana antes de cerrar la puerta de su apartamento: «Estás muerto, y como los muertos no hablan, no lo hago contigo».


Ese no había sido el único intento de acercamiento que él había probado; en varias ocasiones había ido a casa de Paula, donde también había sido rechazado, al igual que en la galería de arte de su hermana, donde le había cerrado literalmente la puerta en las narices.


Incluso tuvo que soportar la bronca que le echó su hermana cuando llegó del viaje a Londres.


Apenas Amelia se enteró de lo ocurrido le dijo de todo, lo insultó prácticamente en todos los idiomas con una furia que jamás antes le había conocido.


«No tienes remedio ni sentimientos. ¿Cuándo piensas madurar? La vida se pasa y cuando te quieras acordar estarás solo, sin cariño y sin afectos verdaderos», le había dicho su hermana entre otras cosas. Alejandro Miller, su futuro cuñado, también le había dado un gran sermón —claro que menos riguroso que el de su hermana, pero haciéndole entender que había sido un completo idiota.


De todas formas, y aunque nadie lo creyera, lo cierto era que no tenía que decírselo para que lo supiera.


Se levantó de la cama dejando todos sus pensamientos a un lado, se dio una concienzuda ducha y al salir, con rapidez y sin preocuparse mucho de lo que se ponía, acabó por vestirse de manera informal, con unos vaqueros gastados y una camiseta blanca de mangas largas. A continuación, preparó el bolso de mano y una pequeña maleta con ropa suficiente como para una semana, revisó su documentación, se puso un abrigo y se dispuso a salir sin más demora: debía llegar al aeropuerto en menos de una hora.


Mientras caminaba para conseguir un taxi, pensó que inevitablemente sería una semana difícil; aunque Paula no lo quisiera ver, tendría que hacerlo a la fuerza ya que Alejandro y Amelia se casaban y habían planeado una sencilla boda en la lujosa villa La Soledad, rodeados de quienes ellos consideraban que eran sus verdaderos allegados y testigos de la lucha que había supuesto estar juntos y en paz.


Por ese motivo, algunos de los involucrados en la boda estaban trasladándose a Austin en el avión privado de Industrias Miller, propiedad de su amigo e inminente cuñado.


En el camino, Alejandro lo llamó al móvil:
Pedro, ¿dónde estás? Queremos salir a tiempo.


—Tranquilo, estoy a cinco minutos de llegar.


—Perfecto. Estamos esperándote en el avión. Solo faltas tú.


En cuanto colgó, se percató de que el chófer del taxi se había inclinado para tener una mejor visión por el retrovisor y le señaló un gigantesco cartel que promocionaba un perfume en el que estaba su fotografía; aparecía con el torso desnudo y rodeado de mujeres bellísimas que insinuaban estar lamiéndolo y toqueteándolo, como si fuera una deidad irresistible.


—Ese es usted, ¿verdad?


Él asintió con la cabeza modestamente, sin hacer ningún aspaviento.


—¡Qué envidia, hombre! Apuesto a que tiene todas las mujeres a sus pies.


—No le voy a negar que las cosas así se facilitan y mucho, pero... aunque no me crea, la única que me interesa no me da ni la hora.


El chófer lo miró por el retrovisor, como si efectivamente no pudiera figurarse que existiera una mujer que se le resistiera; además sabía de su fama de donjuán porque a menudo lo veía en las revistas rodeado de diferentes mujeres. Pero no hizo ningún comentario. Tan solo se encogió de hombros y continuó conduciendo.


Al bajar del automóvil, Pedro se encontró con que no tenía cambio para pagar el viaje, de manera que, como se había levantado dadivoso, le dejó una generosa propina al taxista, que le había ayudado a cargar su maleta y ahora también a descargarla.


Estaban en primavera pero la temperatura aún era baja, por lo que se ajustó la chaqueta de cuero y caminó decidido. 


Una vez dentro de la terminal, se quitó las gafas oscuras y, carismático, se acercó al mostrador de facturación con su tarjeta de embarque. Todo fue muy rápido. Tan solo tuvo que
insinuar una sugestiva sonrisa para que la empleada le facilitara con celeridad todos los trámites.


Muy pronto se encontró ingresando en la pista donde aguardaba el jet de Industrias Miller. Subió la escalerilla irradiando una innegable seducción, mientras la azafata de cabellera dorada, que lo esperaba al final, tácitamente lo desnudó con la vista.


—Bienvenido a bordo, señor Alfonso —dijo la joven, que se esforzaba en sonreír más de la cuenta.


—Buenos días —le contestó él lacónica pero educadamente, mientras pasaba por su lado con cierta arrogancia.


El corazón le palpitaba con tal fuerza que parecía desbordársele del pecho, y sus pasos de pronto se tornaron zancadas para atravesar el sector de descanso de la tripulación y poder ingresar en la zona de asientos para así verla por fin. En cuanto entró se fijó con disimulo en la ocupación de los lugares: al ver a Christian sentado junto a Alexa una oleada de celos lo invadió y casi quiso arrancarlo de su lado. Ella hizo como si nadie hubiera llegado, no le dispensó ni siquiera una mirada furtiva.


Pedro intentó encontrar equilibrio y mostrarse sensato, por lo que se limitó a saludar a todos tratando de pasarla por alto —se lo había prometido a Alejandro y Amelia y les iba a demostrar que cumpliría con su palabra.


Sin más dilación, saludó a su cuñado con un gran abrazo y palmadas en la espalda, luego abrazó y besuqueó a su hermana casi interminablemente, se dirigió a la otra fila de  asientos, extendió la mano y aferró con fuerza la ofrecida por Christian Crall y, finalmente, se inclinó para saludar a la pareja que formaban Eduardo y Curt. En otra zona se encontraban la hermana de Alejandro con su novio y la administradora legal de la ONG que presidía Amelia, y también se acercó a saludarlas.



****


Paula miraba por la ventanilla con la vista fija en la pista, sin apartar la mirada ni por un instante.


Su respiración era errática y rogaba serenarse para que él no se diera cuenta de cuánto le afectaba su presencia.


«¡Maldito! Está increíblemente guapo, y su perfume... parece que se hubiera bañado en él. Sabe que me desequilibra.»


Aunque la rubia estaba realmente afectada, se había prometido a sí misma que nadie lo notaría, así que permaneció impertérrita, como si Pedro no estuviera realmente allí. Por suerte, Curt y su incondicional amigo Eduardo, rompieron con histrionismo el silencio y propiciaron una conversación fluida, en la que integraron también al agente Crall del FBI, excompañero de Alejandro, detective del departamento de Policía de Nueva York.


—¿Nerviosos? —preguntó Pedro a su cuñado y a Amelia mientras se acomodaba en uno de los asientos frente a ellos.


—No —contestó su hermana, mientras Alejandro levantaba su mano y se la besaba—, ansiosa en mi caso. 


—Yo lo mismo —ratificó su amigo.


—Todo saldrá muy bien —aseguró Pedro mientras se abrochaba el cinturón de seguridad.


Tras el cierre de la puerta y de que los auxiliares de pista quitaran la escalerilla, el comandante lanzó las indicaciones para comenzar con el despegue.


—¿Qué sabes de tus padres?


Pedro, son los tuyos también. Tú no cambias —lo regañó Amelia mientras él ponía los ojos en blanco—. No pasarán la semana con nosotros, pero llegarán a tiempo para la ceremonia.


—¡Ja! Por supuesto. Cómo iban a confraternizar con la plebe durante una semana.


—Vale... ¿Qué os parece si obviamos comentarios que solo nos amargan? —sugirió Alejandro sabiendo que el apoyo de los padres de Amelia la desmoralizaba.


—No te preocupes, mi amor; a estas alturas del partido, y aunque reprenda a Pedro, sé que tiene razón. He ganado a mi hermano en cuanto a escándalos y manchas al apellido Mayer-Alfonso, y sé que no me lo perdonan.


—Por eso mismo no entiendo para qué los quieres ahí; yo que tú no les hubiera invitado.


Se encogió de hombros sin contestar a su hermano.


—Amelia, dijimos que nada opacaría nuestro momento —le espetó Alejandro elevando ambas cejas.


—Y así será. No me amargo, te lo prometo.







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