CAPITULO 26




«Allí donde la vida levanta muros, la inteligencia abre una salida.» MARCEL PROUST




Tras bajar en la terminal de buses, cogió un taxi para dejar de inmediato las maletas en su casa. Sin perder ni un segundo, cogió su coche para ir directo al shooting de fotos donde lo esperaban. Se trataba de una campaña de ropa de la que era la imagen publicitaria. Conducir hasta el lugar no había sido labor fácil, pero eso no era novedad en Nueva York, donde las calles se encontraban a todas horas abarrotadas de coches y diferentes medios de transporte.


El día había sido larguísimo y agotador. No tenía hambre. 


Quería llegar a su casa y acostarse. No obstante, debía mantenerse en buena forma, así que pasó por un deli cercano a su domicilio y se compró una cena rápida. En cuanto llegó, tiró las llaves sobre una mesa auxiliar que estaba en el recibidor de su apartamento y recogió la correspondencia que seguramente el portero había tirado por debajo de la puerta durante los días que había estado ausente. La apoyó en la misma mesa donde había dejado las llaves y le dio una rápida ojeada. Al ver que no había nada verdaderamente urgente, la desestimó. Como un autómata, apoyó la bolsa del deli en la mesa del comedor y se quitó la ropa. El cansancio a causa del intenso día laboral lo tenía fastidiado. Se despojó de la incómoda ropa y, solamente vestido con su bóxer, se trasladó a la isleta de la cocina a comer. En cuanto abrió la bandeja que contenía su cena, el aroma lo invadió y, si antes creía no tener hambre, esa percepción rápidamente se volatilizó, pues terminó devorándolo todo. Después de engullir el alimento, metió todo en el fregadero y se fue a dar una ducha bien caliente para activar su circulación corporal.


Estaba exhausto. El baño había conseguido relajarlo muy poco. Con la toalla enrollada en las caderas, mientras con otra secaba enérgicamente su cabello, se sentó en la cama. 


Pensó en Paula y en las ganas que tenía de volver a estar con ella. Al recordar los momentos vividos en Atlantic City, su entrepierna se agitó ávida, pretenciosa. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por controlar sus ansias y, con un brillo divertido de añoranza y afecto, cogió su móvil y tecleó un mensaje:
Hola nena, ya estoy en casa. He cenado y ahora acabo de darme un baño. ¿Qué haces?


Estoy tumbada con mi abuela, mirando la televisión y oyendo anécdotas de cuando ella y mi abuelo se conocieron.


Quisiera que estuvieras aquí conmigo


Eso mismo deseo yo. ¿Cómo te has portado?


Como un santo. Pero, rubia, dijimos que no más desconfianza


Durante el intercambio de mensajes el móvil de Pedro sonó, y en la pantalla apareció el nombre de su madre.


Fastidiado, sopló sonoramente y atendió:
—Geraldine.


—Buenas noches, Pedro.


—Es tarde, ¿qué pasa?


—Hace dos semanas que no hablamos. Podrías ser más cariñoso.


—Tu saludo tampoco ha sido muy cariñoso que digamos. Te recuerdo que para exigir primero hay que dar, Geraldine. Lo lógico hubiera sido que yo te dijera «hola, mamá», y tú que me hubieras contestado «hola, hijo, te he echado de menos. ¿Cómo estás?». Pero en fin, sabemos que ese no es el trato que tenemos. Así que no perdamos más el tiempo. ¿Qué necesitas?


—¿Estás en Nueva York?


—¿Por qué?


—Simple curiosidad.


—Sí, estoy en Nueva York —le contestó con desdén.


—¿Sabes algo de tu hermana y de Alejandro?


—Lo están pasando genial mientras recorren toda Europa y Asia. Mañana viajan de regreso a América. Van primero a Brasil, luego a Argentina y a Chile, y después de vuelta a Estados Unidos.


—Qué suerte que tu hermana finalmente haya encontrado tan buen partido en Alejandro.


—No tienes remedio... Amelia no encontró un buen partido, encontró al amor de su vida; si Alejandro solamente fuera detective y no poseyera la fortuna que tiene, también estarían juntos, por mucho que te pese. ¿Para eso me has llamado? ¿Para saber el itinerario de Amelia? ¿Por qué no la llamas a ella ya que tanto te interesa?


—No seas grosero, Pedro. Quería saber cómo estabas, y además recordarte que en dos semanas es mi cumpleaños y lo celebro en el Marriott. Me imagino que no tienes ningún compromiso, ¿no?


—Allí estaré. Ya me lo habías dicho. No tenías por qué recordármelo.


—Es que tu vida es tan intensa, tesoro, que no quisiera llevarme ese día un disgusto y que mi hijo no estuviera.


—Me lo imagino. Qué bochorno sería que tu hijo no acudiera. Si no fuera por el qué dirán, apuesto a que no te acordarías ni de mí ni de Amelia.


Pedro, ¿por qué eres así con tu madre? La última vez que nos vimos fuiste muy grosero, y aun así he dejado a un lado mi orgullo y te he llamado. Mejor ni te hago caso. —Pedro intentó interesarse en la conversación con su madre, pero sabía que era imposible. Tenían muy poco que compartir—. Te recuerdo el dress code, cariño. Como siempre, de etiqueta. Pero este año con la variante de que quiero a todos los hombres con chaqueta de esmoquin blanco; sabes que me gusta que mis fiestas sean muy distinguidas.


—Cómo te gusta complicarlo. Está bien. Llegaré de blanco. No quiero que tengas un infarto si me presento de otro color.


—Ni se te ocurra.


—No te preocupes. Y para las mujeres, ¿qué se te ha ocurrido? —preguntó veladamente el modelo. Aunque les pesara, si querían que asistiera tendrían que aguantar que fuera con Paulaa.


—Nosotras, sin preferencia de color. Sabes que a las mujeres no nos gusta ir uniformadas. ¿Por qué lo preguntas?


—Simple curiosidad, y porque pienso en mi hermana, que regresa un día antes de la luna de miel. Avísala con tiempo.


—Estoy ilusionada este año con mi fiesta.


—Me imagino. Esas son las cosas que ocupan tu tiempo.


—¿Te parece poco esfuerzo preparar una fiesta de la magnitud de la que planeo?


—No, claro. Lo sé. Es un esfuerzo titánico.


—Por supuesto, coordinar todo para que salga a la perfección no es tarea fácil.


—Me imagino. Estresante... Geraldine, te dejo. Estaba acostándome cuando me llamaste. Yo sí he trabajado arduamente todo el día.


—Eso es porque quieres. Sabes que tienes un puesto en la empresa cuando decidas ocuparlo.


—Adiós, Geraldine. Nos vemos en tu fiesta. Te llevaré una bonita joya. Sé que eso lo aprecias.


—Es el regalo adecuado para que le lleves a tu madre y que todos queden fascinados.


—Claro. Lo importante es lo que piensen los demás. Todo debe ser protocolariamente perfecto. Lo sé. Adiós, Geraldine.


Fastidiado, cortó la comunicación sin dejarla despedirse. Inmediatamente, marcó el número de Paula.


—Lo siento. Te he dejado colgada con los mensajes —le dijo cuando ella atendió.


Pedro, qué alegría oírte.


—Me ha llamado mi madre y me ha entretenido con sus estupideces.


—No te preocupes. Me alegra que hayas hablado con ella. Intenta entenderla y llevarte mejor.


—Eso es imposible.


—¿Cómo estás? Te noto cansado.


—Estoy cansado. No he parado en todo el día. Claro que, de tenerte aquí junto a mí, todo sería más fácil. Tengo ganas de verte y de dormir abrazado a ti.


—Qué bonito lo que me dices.


—¿Acaso lo dudas?


—No, solamente me has pillado desprevenida. No esperaba una declaración como esa. Estoy un poco asombrada con tanta sinceridad.


—También yo lo esto y, pero esta es una nueva etapa y te prometí que sería todo lo que anhelas.


—Me gustas de todas formas. No quiero que seas alguien que no eres, ni que hagas y digas cosas que no sientes.


—Este también soy yo, rubia. Solo que lo estoy descubriendo a tu lado.


Pedro Alfonso en fase romántica es muy atractivo también.


—Me alegra que te guste. Aunque tampoco deseo ser empalagoso de dulce; sin embargo, creo que decir lo que uno siente no quita mérito. De todas formas, me agrada mi papel de seductor, sobre todo para conseguir meterme en tu cama. Rubia, te deseo. Mis partes más preciadas te  extrañan como nunca creí que te podrían extrañar.


Ella carcajeó coquetamente.


—Espero que tus partes solo me deseen a mí.


—¿Otra vez las dudas?


—No, otra vez las advertencias.


—Paula, basta por favor. Estábamos teniendo una bonita conversación, y hasta estaba pensando que tal vez podíamos conectarnos por Skype y bueno... ya sabes, acariciarnos un poquito y mirarnos.


—No tienes remedio.


—¿Lo hacemos? —le preguntó con esperanza.


—Bueno. Cómo decir que no a semejante invitación, si sabes que muero por tus joyas.


—Una cosa más antes de cortar y conectarnos al Skype: en dos semanas vamos a Fort Lauderdale. Es el cumpleaños de Geraldine y quiero que vengas conmigo. Así que ve arreglando quién se queda con Blanca.


—Si no me soportan, Pedro. Ni lo sueñes. No iré.


—Pues me trae sin cuidado lo que ellos piensen. No te estoy preguntando. Simplemente, te estoy informando para que te compres un vestido. Supongo que te gustará prepararte con tiempo.


—No me hagas esto, Pedro. Me sentiré muy incómoda.


—Si tú no vienes, tampoco iré yo.


—Si no vas me culparán a mí.


—Entonces ponle remedio —contestó tercamente—. Ahora vayamos al Skype, rubia. te aseguro que mis joyas necesitan alivio. Las pones en un estado muy doloroso con solo pensar en ti







Comentarios

Publicar un comentario