CAPITULO 25



«Las cosas no son siempre lo que parecen; la primera apariencia engaña demasiado. Solo la inteligencia de unos pocos percibe lo que ha estado cuidadosamente oculto.» GAYO JULIO FEDRO



—Tesoro, me encanta cómo ha quedado tu oficina. No cabe duda del buen gusto que tienes.


—Gracias, Geraldine.


—Me alegra tanto que estés de regreso, Becca.


—A mí también me agrada haber vuelto. Siempre he tenido añoranza por regresar a mi tierra, pero nunca encontraba el momento adecuado.


—¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión? Mira que Benjamin y yo te hemos insistido milveces.


—Mi empresa es mi vida, y considero que es el momento justo para cruzar fronteras. Por cierto, gracias por hospedarme en tu casa. Espero que los decoradores terminen muy pronto en la mía. — Suspiró sonoramente—. Está cerrada desde hace demasiado tiempo y plagada de recuerdos que no me hacen bien. Por eso quiero una renovación total.


—Ahora que lo mencionas —Geraldine se tocó la frente—, Benjamin ya lo ha arreglado todo para que nada se atrase hasta que cambies tus cuentas bancarias; no te preocupes, ya está todo pagado. Pero no le digas nada. Quiere congraciarse él mismo.


—Oh Dios, sois increíbles. No entiendo por qué tantas complicaciones. Y como si fueran pocos los contratiempos con el banco, los trabajadores no me aceptaron el pago con cheque.


—No pasa nada. Luego nos devuelves el dinero y ya está. Bueno, ahora a disfrutar de la buena vida. 


Pasaron una tarde muy entretenida haciendo compras en Bal Harbour Shops. Entraron en las tiendas más lujosas, donde compraron carteras, accesorios, zapatos y ropa. Finalmente, fueron a la tienda de Cavalli, el diseñador preferido de Geraldine Mayer.


—Me encanta este modelo. ¿Qué te parece para mi cumpleaños?


—Me parece perfecto. Además, te queda divino, Geraldine. Está confeccionado para ti, no cabe duda.


— ¿Y tú no te probarás nada?


—No sé si Cavalli es mi estilo.


—Cavalli es el estilo de toda mujer que quiera impactar, y creo que tú ese día querrás impactar. ¿Acaso me equivoco?


—No sé a qué te refieres —sonrió haciéndose la desentendida a lo que Geraldine insinuaba.


—Tesoro, mi cumpleaños y el de su padre es el único evento al que Pedro viene sin excusas. — Becca bajó la vista y la miró entre las pestañas mostrándose tímida— Vamos, pruébate ese vestido en color dorado que has mirado cuando entramos. Te aseguro que te verás impecable en él.


—Me lo probaré, pero soy consciente de que está en Atlantic City con ella, y además no olvido lo que dijo de hacerla una Alfonso.


—¿Tan poca confianza tienes en ti? Tú eres la indicada, siempre lo has sido. Solo que ahora es el momento adecuado; antes erais demasiado jóvenes y no hubiera funcionado. Pruébate el vestido y déjate de vacilaciones.


A la hora de pagar, Rebecca se empeñó en hacerlo.


—Oh, no, no, no. Te dije que yo invitaba a salir de compras, así que bajo ningún concepto hoy pagarás nada. —Geraldine entregó su tarjeta como había hecho en todas las tiendas donde habían entrado—. Deja que hoy tu tía te consienta.


—Eres increíble, Geraldine. Gracias por mimarme de esta forma. No querré irme jamás de Fort Lauderdale. Ya había olvidado cómo era que me mimasen. Es que hace tanto tiempo que soy una persona independiente...


—Eres encantadora, tesoro. Cómo no voy a querer mimarte. Además, compartimos los mismos placeres y gustos. Me siento afortunada de tenerte en casa.


—Lo siento, señora Mayer, pero me marca un error la tarjeta. Debería introducir su PIN para ver si así la acepta. Debe de ser un problema del servidor —explicó el vendedor, apenado por el contratiempo.


—Esta tecnología siempre termina fallando.


«Demasiado fácil el diminutivo de tu nombre. Hay tantos timadores dando vueltas, querida. ¿Cómo puedes poner un PIN tan simple?», pensó Rebecca mientras Geraldine tecleaba 4374, el equivalente en números a Geri.


Ya había anochecido e iban cargadas con muchísimos paquetes, así que metieron todo dentro del maletero del Corvette z06 convertible de Geraldine y salieron del aparcamiento para cruzar con el coche y meterse en el estacionamiento del St. Regis Bal Harbour Resort, donde planeaban cenar como culminación del día.


Entraron en el exclusivísimo restaurante J&G Grill y, tras acomodarse en una mesa privilegiada con vistas al mar, pidieron el menú de degustación con maridaje, que consistía en un aperitivo, plato principal, y postre.


—Oh, Dios. Iré no una sino dos horas al gimnasio después de esta cena. Imposible no sentir culpa.


—Estás hecha una diosa. Tienes una figura agraciada y la piel de tu rostro está increíblemente luminosa.


—Cuesta mucho mantenerse espléndida. Con los años, cada vez es más difícil. Ahora me estoy aplicando unas microinyecciones superficiales de ácido hialurónico no reticulado y de vitaminas que hacen eso: multiplicar la luminosidad del rostro.


—Estás estupenda. Ya quisiera yo cuando tenga tu edad estar como tú. Apuesto a que más de una te debe envidiar.


—En realidad más de una me odia cuando sus maridos me miran, pero me encanta que sea así.


Ambas se carcajearon. Geraldine llamó al camarero y le entregó su tarjeta para que le cobrara. Al cabo de unos pocos minutos el empleado regresó.


—¿Todo bien, Raul?


—Disculpe, señora Mayer, pero, ¿sería tan amable de teclear su PIN en el lector de tarjetas? Hemos tenido problemas todo el día para pasarlas por crédito y no por débito.


—¿Será posible? Ya me ha pasado en otro comercio también.


—Sí, es un problema del servidor. Disculpe las molestias.


—Descuida, Raul, no es nada. Toma una propina extra. Has sido muy amable. Nos has atendido de maravilla.


—Muchas gracias, señora Mayer. Es mi obligación tratar a todos los comensales con cortesía.


—Oh no, no, no. Has sido muy atento. Toma. Guarda el dinero, que no se te caiga.


Geraldine había metido entre la propina una tarjeta personal. 


Ciertamente, no era la primera vez que comía ahí y el apuesto camarero de porte elegante, con espalda amplia y musculosa, que lucía con total sencillez un pelo castaño oscuro, ojos marrones muy pícaros y una sonrisa espectacular, traía loca a la madurita mujer desde hacía ya algún tiempo.


—Descuide, señora. Eso haré. —El muchacho había visto lo que la propina escondía, así que sonrió tácitamente—. Espero verla muy pronto.


—Seguro que así será. Me sienta muy bien este lugar.


—Será un placer volverla a atender.


«Vieja buscona, ¡con que esas tenemos! Te gusta la carne fresca. Ay, mi querida Geraldine. Deberías ser más cuidadosa para conseguir tus caprichitos sexuales. Qué descarada. Creo incluso que tiene menos edad que tu hijo. Y luego te haces la moralista. Habrase visto tu desfachatez.»


Rebecca disimuló estar viendo su móvil y no darse cuenta del intercambio. Su gesto sereno rezumaba tranquilidad, pero lo cierto era que tras esa pose de desinterés ella estaba observándolo todo muy atentamente. Tomó un sorbo de su copa de vino y continuó con la vista fija en su teléfono.
Luego, levantó su mano y se acomodó el pelo tras la oreja, como único gesto que demostraba su disfraz.


El viaje de regreso fue corto. Becca fue la encargada de conducir hasta Fort Lauderdale, ya que Geraldine le había cedido el control del coche tras ocupar tranquilamente el asiento del copiloto.


Rieron durante todo el camino como dos adolescentes. 


Llegaron a la mansión que habitaban los Alfonso en Olas-Islas, un barrio náutico con construcciones ostentosas y yates atracados en los embarcaderos privados, donde el poderío de sus habitantes era más que elocuente. Aparcaron en el garaje y al tiempo que Geraldine rebuscaba en su bolso las llaves, una de las empleadas del servicio doméstico les abrió la puerta.


—Buenas noches, señora Alfonso, señorita Mine.


—Hola, Lily —contestaron las dos a la vez. Luego, Geraldine le dijo—: Deja que coja mi móvil y lleva mi bolso arriba, y ocúpate de sacar los paquetes del maletero. ¿El señor Alfonso aún no ha llegado?


—No, señora.


—Bien. Nosotras ya hemos cenado.


—Muy bien, señora.


—Si no te importa subiré a mi cuarto. Deseo darme una ducha.


—Desde luego, tesoro. Ve tranquila —le contestó a Becca mientras pasaba directo hacia el salón para ir a por un gin-tonic.


—Deja, Lily. Yo llevo el bolso de Geraldine. Ve por los paquetes. Así no subes y vuelves a bajar tantas veces.


—Gracias, señorita.


Contaba con pocos minutos, pero no podía dejar pasar la oportunidad. Rebecca subió la escalera a toda prisa y se metió sin pensarlo en su habitación. Buscó con premura el lector skimmer de tarjetas de crédito con el que contaba, un pequeñísimo aparato que cabía en una mano y que utilizaba la tecnología de los cajeros automáticos para leer la banda magnética de las tarjetas. En este caso, se realizaba la lectura pasándola por una pequeña ranura y los datos quedan almacenados para transferirlos posteriormente a un ordenador.


Mientras lo encendía se internó en el baño. El corazón le latía revolucionado. Las manos le temblaban y sudaban, pero no podía darse el lujo de ninguna demora. Así que, sin pérdida de tiempo, buscó en el bolso la billetera de Geraldine y sacó rápidamente las tarjetas bancarias para pasarlas una a una por la ranura lectora; hurgó en su bolso algo con qué escribir y encontró un pintalabios.


Necesitaba apuntar la información de cada tarjeta. De esa forma, mientras las pasaba iba escribiendo en el espejo los cuatro últimos dígitos de cada cuenta y los códigos de seguridad (CVV) respectivos.


Cuando concluyó, intentó serenarse. Se mojó la cara y mientras se secaba repasó con la vista la información que había plasmado en el espejo.


«Por fin mi plan está en marcha», pensó al tiempo que emitía un sonoro suspiro.


Guardó todo rápidamente en la billetera y en el bolso. Antes limpió con su camiseta cada tarjeta para evitar que quedaran sus huellas impresas. Se mantuvo atenta y, apenas oyó que la empleada se retiraba de la habitación principal, salió a hurtadillas para colocar el bolso de Geraldine sobre la cama.


Los latidos del corazón se le escurrían por la boca. Regresó a su habitación y permaneció apoyada contra la puerta mientras cerraba los ojos con fuerza. Sintió que se le revolvía el estómago.


Al abrirlos, experimentó un leve mareo que la obligó a apoyarse con fuerza en el paño de la puerta.


Dejó su mente en blanco y estabilizó la respiración. Solo entonces volvió a hallar su centro; después de todo, había sido más fácil de lo que había creído.


Cuando se serenó por completo, fue a por la información del espejo, guardó y limpió todo y luego entró a bañarse.


Al salir de la ducha, casi le dio un ataque cardíaco cuando miró el espejo: la parte donde había escrito con pintalabios no se empañaba y podía leerse claramente lo que antes estaba escrito.


Sofocada, pensó con qué limpiarlo para que desapareciera del todo. Fue al cuarto de limpieza procurando no ser vista y buscó un producto multiuso. Regresó a su habitación y trató de limpiar bien el espejo con el líquido. Una vez terminó, volvió a abrir la ducha esperando que el cristal volviera a empañarse con el vapor, pero para su desesperación, y como si fuera un acto de magia, los números volvieron a aparecer.


—Shit, shit, ¿y ahora qué hago? Piensa, Rebecca. ¿Qué puede limpiarlo?


Abrió el mueble que estaba en el baño y encontró una botella de alcohol etílico. Así que probó con eso. Volvió a hacer la prueba y respiró aliviada al ver que finalmente todo había desaparecido








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