CAPITULO 16
Pedro entró en la cocina y no le gustó ver que Paula estaba en brazos de Christian. Cerró los puños con saña y empleó toda su fuerza de voluntad en aparentar serenidad. Cada vez lo abrumaba más la rabia irracional que se despertaba al verla necesitando otro consuelo que no fuera el suyo. La tensión creció en su interior hasta alcanzar un punto doloroso en su pecho, y de pronto descubrió una faceta que antes nunca había tenido; esa sensación de posesión irrefrenable que le hacía hervir la sangre lo agobiaba.
—¿Ya estás lista? —preguntó sin quitar la vista de Crall; tenía la esperanza de que, al verlo, por fin se apartara. Quería llevársela bien lejos y tenerla tan solo para él.
Sus palabras tuvieron el efecto deseado: Paula intentó dibujar una leve sonrisa pero tenía los labios demasiado tiesos.
—Sí, Eduardo ha ido a llevar mi equipaje al maletero de la camioneta —contestó balbuceante.
—Bien, yo ya estoy también. Así que podemos irnos. Es mejor que lleguemos con tiempo al aeropuerto.
Ella asintió con la cabeza y, aunque Pedro utilizó una voz monocorde y pausada, percibió la hostilidad oculta. Lo conocía bien. Tras la fachada de serenidad que intentaba esbozar, su instinto territorial estaba pujando por asomar.
C.C. la tomó del hombro y le dio un beso en la mejilla.
—Tranquilízate. Todo saldrá bien. Estoy seguro —la alentó sinceramente.
—Gracias.
—Te llamaré para saber cómo va todo.
Pedro apretó las mandíbulas. Estaba a punto de hacer estallar su dentadura por la presión que estaba ejerciendo. Sintió que los celos y la rabia estaban borboteando dentro de él, y si Christian no quitaba pronto sus manos de ella él mismo se las arrancaría de encima. Paula se movió mientras frotaba su frente con la mano para aliviar un fuerte dolor de cabeza.
Entonces, el afamado modelo hizo un gesto para dejarla pasar y salió de inmediato tras ella, protegiendo muy de cerca su espalda.
En el vestíbulo de entrada estaban Ana y Josefina para despedirlos; ambas abrazaron y dieron ánimos a Paula, por quien sentían un enorme cariño.
—Cuídala, Pedro —le recomendó Ana mientras le acariciaba el rostro.
—Por supuesto.
—Y llamad en cuanto lleguéis.
—Sí, Jose. Así lo haremos.
—Adiós, Pedro. ¿Te vas sin despedirte de tu familia?
Los Alfonso y su protegida también estaban yéndose.
—Mamá, papá, Rebecca, adiós.
—Que tengáis buen viaje. Espero que tu abuela se mejore pronto —dijo la empresaria editorial en un intento por mostrarse sincera.
—Gracias, Rebecca. —Ambas se miraron con evidente hipocresía.
—Pedro, te llamo para concertar la cita. Aún cuento contigo, ¿no? —Se aproximó a él y lo abrazó.
—Sí, por supuesto.
—Nosotros salimos con vosotros. Vamos también para el aeropuerto. Recuerda, si te queda tiempo te esperamos en casa.
—Lo intentaré, papá.
—De acuerdo, hijo. Adiós, Paula —añadió e hizo una pausa—; deseo que tu abuela en breve recupere la salud. Pedro nos ha hablado de su estado.
—Gracias, señor Alfonso. Que tengan buen viaje. Adiós, Geraldine.
Sin poder disimular su disgusto, la madre de Pedro asintió con la cabeza mientras se colocaba unas gafas de sol, casi ignorándola. Pedro negó con la cabeza y, ofendido, le arrojó una mirada de reproche, mientras acompañaba con su mano a Paula para que salieran.
—Vamos, Becca, tesoro —señaló Geraldine Mayer rebasando a su hijo y a Paula para salir ella delante.
Tras despedirse de Eduardo y de Curt, y una vez en el coche, Paula dijo:
—No te veas obligado a venir conmigo. Me ha parecido que tenías planes con tu familia.
Él la miró fijamente a los ojos y entornó los suyos para recorrer su rostro en un minucioso reconocimiento.
—Quiero ir contigo, quiero acompañarte —le espetó envanecido.
—No tienes ninguna obligación de hacerlo —insistió ella, rogando por que no cambiara de opinión, aunque no pensaba reconocerlo.
—No lo hago por obligación. Lo hago por gusto. Créeme.
—Tu familia no me soporta.
—No le des más importancia de la que tiene. Sabes cómo son. No te agobies.
Paula ladeó la cabeza y evitó continuar en contacto con esos ojos que la traspasaban. Se puso a mirar por la ventanilla mientras arrancaba la camioneta que los trasladaría al aeropuerto. Cuando no se lo esperaba, él deslizó su mano por su rodilla en una sencilla caricia; se sintió transportada por una cálida sensación que se expandía por todo su cuerpo. Intentó parecer imperturbable pero un temblor en lo más profundo de su ser la traicionó. Ansió que Pedro no lo hubiera notado, aunque era poco probable. Él era muy perceptivo, y aun así no hizo ningún intento por detenerlo.
Se mordió los labios sin que él la viera y continuó indiferente mirando por la ventanilla, rogando para que él se detuviera, porque en cualquier momento perdería toda la voluntad, se daría la vuelta y se acurrucaría contra su pecho.
Como si Pedro hubiera adivinado sus pensamientos, cesó sus caricias, pero le pasó uno de sus brazos sobre el hombro para atraerla hacia sí.
—Deja de apesadumbrarte por todo.
Le besó el pelo y la rodeó con su otro brazo también.
—Pedro, gracias por acompañarme. Pero quizá será mejor que guardemos la distancia.
—Lo siento, no quería incomodarte —le dijo al tiempo que ella se alejaba un poco—. Sé lo que te dije anoche. No lo olvido. Lo que sucede es que... —se acercó a su oído— me es imposible no desearte teniéndote tan cerca.
—Si yo no tuviera solidez moral, no estarías aquí a mi lado, —replicó ella por lo bajo—. Sencillamente, no te hubiera permitido acompañarme. Te agradezco todo cuanto estás haciendo por mí, pero me resulta imposible olvidar...
—Lo sé. —La cogió de la mano, besó su palma, los dedos y luego resiguió con su índice las líneas que la surcaban. Seguidamente, volvió a posar sus labios en la muñeca, allí donde su pulso palpitaba intrépido, donde él descubría cuánto le afectaba su contacto.
Paula sintió el calor húmedo de su aliento. «Que me condenen por sentir como siento», recapacitó al tiempo que cerraba los ojos.
—Disculpa —dijo entonces Pedro regocijándose con su temblor.
Atrapada, ella abrió los ojos y se encontró con una sonrisa taimada mientras la miraba por entre las pestañas.
Pedro se apartó y la dejó tambaleante y con la respiración alterada. Se colocó unas gafas de sol que llevaba colgadas en el escote de su camiseta y se concentró en la vista de la ciudad, mientras apoyaba su codo en el reposabrazos y delimitaba con su índice el contorno de sus carnosos labios.
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