CAPITULO 46




«El pasado nunca está muerto. Ni siquiera está pasado.»
WILLIAM FAULKNER



El móvil de Pedro parpadeó y vibró sobre el escritorio. 


Estaba revisando un control de costes que había pedido. 


Hacía dos semanas que trataba de organizar la información contable, ya que su padre implementaba otros métodos donde había datos que se escapaban.


—Hola, rubia —empleó una voz muy sensual cuando atendió la llamada y se recostó en el sillón mientras aflojaba su corbata.


—He salido en busca de un almuerzo decente y no he podido resistir la tentación de oír tu voz.


—Me parece perfecto que lo hayas hecho y te lo agradezco además. Si no fuera por tu llamada, no me hubiera dado cuenta de la hora que es.


—Muy mal hecho. No debes saltarte las comidas. ¿Mucho trabajo?


—Continúo organizando las cifras. No sé cómo hacía mi padre para que no se le escapara nada. Esto es un caos. Además, debo dejar todo listo para el fin de semana porque viajo a Utah.


—No me lo recuerdes que me vuelvo a amargar. Malditas fotos que no nos permitirán vernos.


—Necesitamos el dinero de esa campaña para cubrir los gastos extra que tenemos en el restaurante.


—Sí, lo sé. Pero serán dos semanas sin verte, porque el próximo también viajarás.


—Te llevaría, pero de esa manera no ahorramos.


—Lo sé, tonto. No te lo digo por eso.


—El martes vienen los de la revista Yachting a hacer una entrevista en el astillero.


—Te vas a sentir como pez en el agua. Sabes manejar muy bien a los medios de comunicación.


—Es diferente. Aquí no tengo que promocionar una prenda de vestir que llevo puesta, sino nuestra manufactura. Si lo hago bien se conseguirán más ventas. Y son muchas las especificaciones que tendré que resaltar. Esperemos que sea el pistoletazo de salida para una buena producción de yates.— Tú padre debe de estar contento. Te tiene donde siempre quiso y estás reactivando la empresa con esa cantidad de ideas que estás poniendo en práctica.


—¿Por qué ese tono?


—No me has dicho nada de las fotos que te envié del restaurante y lo avanzadas que están las obras.


—Lo siento. Anoche, cuando me las mandaste, ya estaba durmiendo. Y esta mañana las he mirado corriendo porque estaba entrando en una reunión. Ahora mismo estoy descargándolas del correo para verlas en el ordenador.


—Espero que te gusten.


—Seguramente. Paula, la empresa también es nuestro futuro; debería alegrarte lo que estoy gestionando.


—Gracias por decir nuestro, pero realmente ahí sí que la pifias. No creo que yo tenga que ver con esa empresa en absoluto.


—Pues yo no estaría tan seguro.


—A no ser que me des un puesto para servirte café, no veo cómo podría ser posible.


—Espérame un momento, que Susane me necesita. —La secretaria de su padre, y ahora también la suya, había irrumpido en el despacho.


—Señor Alfonso, la señorita Mine está fuera. ¿Puede atenderla ahora?


Por suerte, Pedro había tenido el instinto de tapar el móvil. Así que creía poco probable que Paula hubiera oído el nombre.


—Que me espere un momento. Termino de hablar y le aviso para que pase.


—Muy bien, señor.


—Rubia, tengo que colgar.


—Sí, está bien. Atiende.


—En cuanto me desocupe te llamo. Ahora miro las fotografías.


—Está bien, Pedro. Atiende tus asuntos.


—Tú eres todo lo que quisiera atender en este momento, pero está un poco complicado a través del teléfono. No te imaginas las ganas que tengo de tenerte bajo mi cuerpo y darte muchos besitos. ¿Nos conectamos a Skype esta noche?


—¿Para qué lo preguntas si todas las noches lo hacemos?


—Es que me encanta imaginar durante todo el día, esperar el momento. Rubia, un día harás que Susane se dé cuenta de las erecciones que me provocas. Estás metida en mis pensamientos en todo momento. Creo que tendré que hacer cambiar este escritorio por uno de madera. —Aseveró mientras palpaba el cristal.


—Voy a extrañarte mucho estas dos semanas que no nos veremos.


—Ni te imaginas yo. Ahora sí, debo cortar. Te llamo de aquí a un rato.


—Ok. Te mando un beso.


—Y yo otro.


—Antes de que me olvide: ¿la huerfanita ya ha vuelto?


—¿Por qué lo preguntas?


—¿Y tú por qué me contestas con otra pregunta?


—Creo que vuelve estos días.


—¿Y estos días que significa? ¿Hoy, mañana, pasado? ¿Cuándo?


—Creo que llega hoy.


—Sin duda, andará al acecho al enterarse de que estás ahí.


—Me parece innecesaria esta conversación, aunque debo confesar que me gusta que estés... un poquito celosa.


—Tal vez debería buscarme con quién darte celos también. Así sabrás lo que se siente.


—Allí está Crall. Podrías ir a casa de mi hermana y encontrártelo. Sé perfectamente que él y Alejandro se ven a menudo; sin embargo, no voy a ponerme paranoico con eso. Yo no necesito advertirte de nada, pero ese también anda al acecho contigo.


—No veo a Crall desde la boda de tu hermana.


—Me parece perfecto.


—Y no te hagas el digno, que si no tienes que hacerme ninguna advertencia es porque no te doy motivos.


—Yo tampoco te los doy. Te he dado muestras más que suficientes de que he cambiado.


—Espero que tu camino no se vuelva a torcer.


—¿Vas a desconfiar eternamente de mí? ¿Alguna vez me perdonarás?


—El tiempo y tu buen comportamiento lo dirán.


—Paula, me he convertido en un santo por ti.


Tontearon unos instantes más y luego colgaron.


Pedro se levantó, y él mismo abrió la puerta del despacho para darle entrada a Rebecca.


—Hola, Pedro.


—Hola. —Se saludaron con un beso en la mejilla—. Disculpa la espera, estaba ocupado.


—No te preocupes. Veo que te has convertido en un hombre sumamente atareado. Lo cierto es que esto me ha pillado por sorpresa. Nunca creí que te vería tras ese escritorio.


—Ya ves. Aquí estoy. Siéntate.


—Muchas gracias.


—¿Quieres tomar algo? ¿Un café, un té, tal vez algún refresco?


—Te lo agradezco. Quizá podríamos ir a almorzar. Es la hora. —Ella sonrió exuberante. quería tentarlo con la invitación.


—Comeré algo rápido aquí. Tengo cosas pendientes y poco tiempo para salir. Tal vez otro día, Becca.


—Entiendo. Vas a rechazar todo lo que te proponga. ¡No puedo creer lo cambiado que estás! Las revistas deben de estar intrigadas de por qué no pueden retratarte en ninguna fiesta.


—Aún no me dices que te trae por aquí. Ilumíname. ¿Has venido a cuestionar mi vida privada o solo has venido para invitarme a almorzar?


Ella negó con la cabeza.


—Cuando llegué a América no esperaba encontrarme con un hombre tan... ¿sosegado?


—Hace ocho años que no nos vemos. Así que no sabes en realidad cómo soy. No sé en qué te basas para decir que he cambiado.


—Bueno, si te comparo con el que conocí muy bien, es evidente que podría decirse que los años te han hecho sentar cabeza y te han convertido en un hombre centrado. Y más, viéndote tras ese escritorio, donde adquieres un aire avezado y hasta responsable, diría yo. Ahora, si me baso en el trabajo editorial, donde solo se podía ver a un Pedro excéntrico rodeado de compañías ocasionales y esculturales y despreocupado de todo, también puedo asegurar lo mismo. Solo que entonces resulta más asombroso.


—Dicen que el amor obra de forma asombrosa en las personas.


Lo miró mientras estudiaba sus movimientos y una punzada de nostalgia se apoderó de ella. Se imaginó acurrucada sobre su pecho, sintiendo el calor que irradiaba su cuerpo y tuvo ganas de darle la razón. Pero, de alguna manera, y aunque resultara irónico, no creía en ese cuento. Sabía muy bien que «el amor» no existía, que solo era una quimera, un momento ficticio y bonito en el que dos personas simplemente se unían para saciar sus necesidades carnales. Sin embargo, no podía negar que la atracción existiera y que Pedro aún seguía hechizándola.


—No creo en el amor. Hace muchos años que dejé de creer en ese sentimiento.


«Al menos, no creo en el amor entre un hombre y una mujer —guardó el remate de su pensamiento para sí—. Hace muchos años que me arruinaste para volver a creer en semejante cuento.»


Enmudeció. No quería que Pedro pudiera advertir en su voz lo que ocultaba en su pecho:
frustración, soledad, miedo, tristeza, pérdida.


—Me enteré de que estabas en Fort Lauderdale y me pareció oportuno venir para pactar la entrevista que me prometiste para la revista. Aún sigue en pie, ¿verdad? Planeo que el primer número salga en quince días. Con ese shooting tendríamos todo para empezar a maquetar.


Pedro suspiró sonoro y se pasó la mano por la frente.


—Estoy en un momento un poco complicado, pero...déjame ver cuándo podemos hacerla. El lunes vuelvo de Utah y te llamo.


Pensó que ese reportaje sería un buen punto de partida para empezar a promocionar El Templo.


—Perfecto, entonces. ¿De verdad no aceptas almorzar conmigo?


—Me disculpo, pero necesito terminar unos asuntos pendientes.


—Está bien. No te interrumpo más. Lamento haberte quitado minutos.


—No hay problema, Becca.


Se levantó de su asiento para acompañarla a la salida. 


Rebecca se acercó a despedirse y se sintió tentada por el aroma que despedía su piel. Levantó la mano y, casi en un acto inconsciente, le acarició el rostro.


—¿Cómo habrían sido nuestras vidas si ese bebé hubiera nacido? ¿Nunca te lo has planteado?


Él cogió su mano con delicadeza y la quitó de su piel para estrecharla entre las suyas; ella la tenía fría, así que involuntariamente le proporcionó calor.


—No voy a negarte que cuando te marchaste me lo pregunté varias veces, pero luego me convencí de que la opción que tomamos era la mejor; era obvio que no nos amábamos, que el sentimiento no era tan fuerte para que estuviéramos juntos y que solo respondíamos a la llamada de nuestras hormonas; de otro modo, ambos hubiéramos luchado por el sentimiento que creíamos tener.


—En aquella época eras bastante manejable... —analizó ella—. Tu carácter no estaba definido y hacías lo que tus padres decían.


—Eso es cierto. No obstante... creo que fue una de las pocas decisiones que mis padres tomaron por mí y que fueron acertadas. Tú y yo no estaríamos juntos ahora, de eso no me caben dudas; lo siento, aún recuerdo el pánico que sentí cuando creí que tendría que atarme a un matrimonio. Yo también era un adolescente, Rebecca. Te llevaba casi dos años, pero era joven.


—¿Te hubieras casado conmigo?


—Mis padres no hubieran permitido que fuera de otra forma. —Pedro metió las manos en el bolsillo del pantalón y bajó la cabeza. Cuando la levantó, le dijo con convicción—. Nos hubiéramos hecho mucho daño, Becca. Yo no te amaba, aunque me sentía atraído enormemente por ti. Sé que suena cruel, que te hice mil promesas. Quizá en algún momento creí en todo lo que te dije, pero lo nuestro era un amor adolescente, y hoy sé que no era verdadero; hoy, que conozco el verdadero amor, sé cómo se siente en el pecho cuando te alejas de la persona que amas. —Cada una de sus palabras la reconcomía por dentro—. Yo me sentía un poco tu príncipe azul. Había mucho de ficción y de cuento en nuestra relación; también había mucho de prohibido, y no puedes negar que eso la hacía atractiva. Sin embargo, no puedo mentirte. Que tú no quisieras tener al bebé, para mí fue un alivio.


—¿De verdad crees que yo no quería tenerlo? Tenía dieciséis años, Pedro. Estaba aterrada también, pero quería al bebé. Me entregué a ti, fuiste mi primer hombre, pero la tía Geraldine es muy convincente cuando lo desea y le permití pensar por mí. En el fondo, guardaba la esperanza de que me dijeras que tú también fuiste forzado a tomar es decisión. Al menos hubiera sido un consuelo saber que no era la única que lo quería.


—Lo siento. Yo siempre creí que no quisiste tenerlo.
«Te hubiera apoyado de haberlo sabido. Por supuesto que lo hubiera hecho. Hubiera superado mis miedos y habría estado a tu lado de todas maneras», pensó para sí. Sin embargo, dijo: —Te quise, pero las cosas sucedieron así. Te agradezco lo que me entregaste. Te doy gracias por tu inocencia, por haber sido el primero. Fue hermoso mientras duró. Sé que tanto de mi parte como de la tuya fue puro todo lo que tuvimos, pero no resultó.


—No, no resultó.


Tampoco resultaría que se armara de valor para hablarle de Alejo. Acababa de comprobar que nadie quería a su hijo y la ira se abría paso en medio de su desesperación. Había incubado demasiado rencor durante muchos años y, aunque tenerlo frente a ella volvía a hacerle latir el pecho, no podía dejar de lado su resentimiento. De todas formas, era necesario que hablara. Sin embargo, las palabras parecían no querer salir de su boca. Sí, Elisa tal vez tenía razón: su orgullo no le permitía sincerarse; aunque decía que no creía en el amor, soñaba con el cuento completo junto a Pedro y con poder darle así un padre a su hijo. Su padre.


No obstante, no podía eludir la realidad. Era plenamente consciente de que no había manera de conseguir lo que había ido a buscar si no era hablando con él. La vida de Alejo estaba en sus manos y en las de Pedro. De ellos dependía que se salvara.


El móvil de Pedro sonó y él miró la pantalla. Titubeó, pero atendió la llamada.


—Rubia, ya estaba acabando. Iba a llamarte.


Becca, al escuchar quién era, no dudó en abrir la puerta y marcharse. Paula lloraba al otro lado de la línea.


Pedro —dijo entre sollozos.


—¿Qué pasa, Paula? ¿Por qué lloras? Estás asustándome.


—Me he llevado el susto de mi vida.


—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? Habla.


—Dios, he entrado en la tienda a comprar algo para comer y han asaltado el lugar. Eran tres hombres encapuchados con armas. Nos han hecho tirarnos a todos al suelo y nos han amenazado constantemente.


—¿Te han golpeado, te han hecho algo? —preguntó aterrado ante lo que le pudiera decir.


—No, no. Yo estoy bien, pero han matado frente a mí al dueño del lugar. Ha sido horrible. Ahora estoy en la comisaría de policía. Nos han traído a todos para declarar.


—¿Has llamado a Alejandro?


—No, ¿para qué?


—No sé, pero me quedaré más tranquilo si sé que estás con él.


—Ha sido horrible, Pedro, horrible.


Pedro la tranquilizó y él, a su vez, también lo hizo. Al oírla llorar de aquel modo se había sentido aterrado.


Cuando colgó, se dio cuenta de que Rebecca se había ido. 


Tal vez era lo mejor, aunque también era cierto que la conversación que habían tenido era necesaria. Se sentó tras el escritorio, se cogió la cabeza y se planteó renunciar al reportaje en su revista.


«Sí, será lo mejor. Es necesario que de una vez por todas pasemos página. Esta conversación creo que ha servido para eso, para decirnos todo lo que había quedado pendiente.»







Comentarios

  1. Pero qué hdp los padres de Pedro. Y en un punto me da lástima Becca. Está desesperada.

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