CAPITULO 21




Pedro se ocupó de recoger los vidrios rotos y de retirar los restos que habían quedado enganchados en la ventana para evitar que alguien pudiera lastimarse. Luego cerró el postigo, ya que ahora no había cristal.


—Lamento mucho semejante espectáculo.


El modelo se dio la vuelta y se encontró con Paula, que lo miraba avergonzada. Se aproximó hacia ella, la cobijó entre sus brazos abrazándola con fuerza y le acarició la espalda tratando de reconfortarla.


—No te avergüences. Uno no elige la familia que nos toca en suerte —le susurró al oído.


Pedro se apartó y la miró a los ojos. Le repasó los labios con el pulgar y, aunque los deseaba frenéticamente, se contuvo una vez más.


—¡Qué día! Parece interminable.


—Al menos se ha tranquilizado y ha aceptado comer y asearse. Le hacía falta.


—Quisiera sentir la misma compasión que pareces sentir tú.


—No tengo duda de que la tienes. Hubiera sido muy fácil darle dinero y que se marchara.


—Estoy tan cansada... No cesan los problemas. Mi cuerpo está a punto de ceder. Siento que no tengo más fuerzas.


—Me voy. Ya no os molesto más.


Pedro y Paula se separaron y miraron hacia la escalera, desde donde había partido la voz.


—¿No quieres dormir aquí? —El alma misericordiosa de Paula no podía mirar hacia otro lado y dejar a su madre en la calle. Helena agitó la cabeza negando—. Pero... ¿tienes dónde dormir?


—Sí, no te preocupes. Cuando he llegado estaba exaltada, pero verte me ha devuelto la calma. La comida y el baño han sido favorables también. Ahora me marcho. Lamento el escándalo.


—Helena... —la llamó antes de que ella se fuera—. ¿Dónde estás viviendo?


—¿Qué importancia tiene?






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