CAPITULO 20
«El infierno es esperar sin esperanza.» André Giroux
Estaba malhumorada. El cachondeo incesante de Pedro la había puesto de los nervios. Terminó de arreglarlo todo y luego se dirigió a la habitación. Intentaría descansar.
Mientras se metía en la cama comprendió, por lo que su mal humor se esfumó de golpe y una sonrisa se dibujó en su rostro. Increíblemente, él había conseguido alejar las sombras que la cubrían de miedo y desesperación al pensar en la frágil salud de su abuela.
En la otra habitación, Pedro permanecía a oscuras, pensativo, con las manos tras la nuca y mirando al techo, intentando controlar su frustración. Paula seguía sin ceder y él estaba volviéndose loco.
«Deja de ser tan egoísta. Ella tiene miles de preocupaciones en la cabeza y a ti solamente te preocupa follártela. Mierda, estoy perdiendo el norte, pero es que la deseo tanto.»
Se acomodó en posición fetal aferrado a la almohada y cerró los ojos. Había sido un día muy agobiante. La noche estaba bastante cálida y propicia para un buen descanso, así que se disponía a conseguirlo.
Debido a la proximidad de la playa, el viento se encargaba de traer los murmullos del romper de las olas en la orilla, formando una melodía perfecta, como si se tratara de un cálido arrullo para calmar su estado de ánimo.
Sin embargo, tras la calma que parecía reinar, los monótonos sonidos fueron destrozados por unos gritos que arrastraban palabras vulgares y unos golpes en la puerta de entrada que de inmediato fueron refutados por los ladridos y gruñidos atentos de Otto.
—Abre, vieja miserable. No tienes corazón. ¿No te importa que además de dormir en la calle también me muera de hambre?
La retahíla de groserías parecía no tener fin.
Pedro se levantó de la cama de un salto y salió al pasillo.
Caminó hasta la habitación de Paula y entró sin previo aviso.
La encontró hecha un ovillo, en penumbra, con las piernas recogidas hacia el mentón mientras se tapaba los oídos. Al verlo entrar, le indicó:
—No enciendas la luz y desoye los gritos.
—¿Qué está pasando?
—Es mi madre, Pedro. Qué vergüenza, qué penosa manera de que la conozcas. Pero esto es lo que es.
—¿Piensas dejarla fuera?
—Es su costumbre venir a hacer escándalo cuando se queda sin dinero para comprar alcohol y droga. No quiero verla. Ya se irá.
—No te incomodes por mí. Sé lo que es lidiar con padres indeseables.
—Oh, Dios, créeme que Geraldine y Benjamin son una bendición al lado de mi madre. ¿Crees que soy monstruosa?
—No, Paula. La verdad es que no parece una persona fácil de tratar.
—Te aseguro que si le abro todo será peor. Está desesperada por la abstinencia y empezará a buscar dinero. Lo removerá todo para encontrarlo. No quiero volver a pasar por eso nuevamente. No le abras, por favor.
—Tranquilízate. No lo haré si no quieres.
Los gritos parecían interminables. Pateaba la puerta, vociferaba improperios contra Blanca, incluso la acusaba de haberle robado a su hija.
Paula emitió un suspiro muy profundo y se levantó.
—¿Adónde vas?
—Hablaré con ella.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo?
—No lo deseo, pero si no la detengo los vecinos llamarán a la policía y no tengo ganas de más problemas.
Pedro fue deprisa hasta el dormitorio a ponerse unos vaqueros. Se los embutió mientras regresaba y no los abrochó. Estaba descendiendo la escalera cuando de pronto se escuchó el estallido de unos vidrios; el miedo por lo que pudo haber pasado lo hizo bajar casi expulsado por una propulsión intangible.
—Estás cada día más descontrolada. Vete. Si al fin y al cabo es lo que siempre haces. No sé para qué vienes. Olvídate de que existimos de una vez —voceaba Paula, y Otto parecía querer comerse a la persona que estaba tras el hueco de la ventana.
—Eres una desalmada igual que tu abuela —le espetó la mujer con voz hiriente.
—¿Estás bien?
Pedro llegó sin aliento y la tomó por la cintura. Paula hablaba con una mujer de aspecto desaliñado que llevaba ropas holgadas y sucias. Lo hacía a través de la ventana, que ahora estaba rota.
Constató que se trataba de su madre, pues tenía el mismo color de ojos verdes que ella, solo que deslucido por profundos surcos amoratados debajo del párpado inferior.
Aquella mujer se encontraba fuera de sí, y había lanzado contra el cristal una maceta de las que había en el porche para abrirse paso.
—¿Dónde está tu abuela? —preguntó a gritos la desmejorada mujer, mientras intentaba colarse por la ventana sin importarle la ferocidad que mostraba el perro ante la intrusión—. Blanca, da la cara y ven a atenderme, vieja desalmada.
Paula hizo el amago para impedir que entrara, pero tanto ella como Pedro estaban descalzos y los vidrios se encontraban diseminados por todo el salón de la casa.
—Te vas a hacer daño en los pies, Paula —vociferó Pedro al tiempo que la inmovilizaba.
—Helena, vete ya, estás deplorable —le rogó su hija de forma exaltada.
—Señora, va a hacerse daño con los vidrios. Cálmese. Paula, no te muevas. Iré a por los zapatos o nos cortaremos los pies.
—¡Deja de armar escándalo, Helena, por favor! Como descubra que tú tienes algo que ver con lo que le pasa a Blanca, te juro que no respondo de mí.
Paula intentó hacer callar al perro, pero Otto estaba incontrolable.
—Dame dinero, Pau, hija. Apiádate de tu madre. Necesito dinero.
—¿Para qué? ¿Para seguir destruyéndote? Mira cómo estás.
—Estoy sin comer.
—¿A quién quieres engañar? ¿Acaso te comprarás comida si te doy dinero?
—Te prometo que es para comida. No consigo trabajo.
—En ese caso, te abriré y te daré de comer.
—Deja de insultarme. No soy una mendiga. Pero a ti y a tu abuela os gusta que lo parezca.
—Lo que eres es lo que has elegido ser. Me consta que hemos tratado de ayudarte no una, sino miles de veces, aunque no lo merezcas; pero agradezco no tener tu corazón de piedra y, a pesar de todo, solidarizarme contigo.
—Eres igual que ella. Siempre juzgándome.
—No tienes remedio, Helena. No te entiendo ni te entenderé nunca. Toda tu vida has hecho malas elecciones.
—Dame dinero, Paula, y deja de sermonearme.
Pedro llegó con calzado para ambos, y entonces Paula se aproximó a la ventana.
—Si quieres comer te abriré la puerta, pero dinero no te daré. No voy a fomentar tus vicios.
En aquel momento, su madre se cubrió la cara con ambas manos y se puso a llorar.
«Qué difícil es cuando los roles se intercambian y debes ser la madre de tu madre, y más cuando la persona que tienes enfrente no te despierta ningún sentimiento de cariño. Me siento fatal por pensar así, pero solo puedo sentir por Helena lo que ella se encargó de sembrar en mi corazón», pensó Paula mientras la observaba. Hubo un tenso silencio.
Pedro se aproximó a la puerta y la abrió, pues Paula le había indicado con la cabeza que lo hiciera. Hizo entrar a aquella mujer, que ahora parecía muy acongojada, y la acompañó hasta uno de los sofás, donde la ayudó a que se sentara.
—Cálmate, Helena, deja de chillar. —A pesar del intento, Paula parecía inconmovible—. Te prepararé unos huevos revueltos con beicon.
La mujer parecía haber depuesto su actitud tosca y grosera; sin embargo, la frialdad que se asomaba en sus ojos le restaba credibilidad. Para una mujer que estaba acostumbrada a cuidar de sí misma era sumamente difícil mostrarse dócil, pero lo estaba intentando. Comió en silencio y haciendo un gran esfuerzo por tragar; Paula le preparó también un sándwich tostado de queso, tomate y aguacate.
No le quitaba el ojo de encima. Estaba cruzada de brazos y apoyada contra la encimera mientras la veía comer. En aquel instante, le sobrevino un rencor que le revolvió las entrañas por tantos años de desamor.
Helena había terminado de engullir el alimento y ahora se encontraban nuevamente en la sala.
—¿Quieres darte una ducha? —le preguntó Paula pese a todo, a fin de otorgarle un poco de dignidad a su persona.
—Por favor. Si no es mucha molestia.
—Te prepararé el baño y te dejaré ropa mía sobre la cama de Blanca. La que llevas puesta está para tirar —le contestó ella sin pestañear.
Paula trató de subir hacia la planta superior, pero su madre la detuvo por el codo.
—Lo siento, hija, soy un completo desastre, tú... eres tan buena. Realmente no merezco tu ayuda.
Paula la miró con frialdad, luego se zafó y subió restándole importancia a sus palabras. Helena, en silencio, la siguió.
Mmmm la madre va a traer muchos problemas me parece. Muy buenos los 3 caps.
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